El Color de la Pasión Capítulo 104 Fuego Bajo la Luna
La noche en Guadalajara se sentía como un abrazo caliente, con el aire cargado del aroma a jazmín y tierra húmeda después de la lluvia. Yo, Amalia, estaba parada en el balcón de mi departamento en la colonia Providencia, mirando las luces de la ciudad que parpadeaban como estrellas traviesas. Llevaba un vestido rojo ceñido que se pegaba a mi piel como una promesa, y el viento juguetón me erizaba la piel de los brazos. Hacía semanas que no veía a Rodrigo, mi amor imposible, el pendejo que me volvía loca con solo una mirada.
Recordaba esa vez que vimos juntos El Color de la Pasión, esa telenovela que nos tenía pegados a la tele como chismes de vecinas. "Capítulo 104", dijo él esa noche, con esa voz ronca que me ponía los vellos de punta, "es cuando todo explota, ¿no?". Yo reí, pero en el fondo sabía que nuestra propia historia ardía con el mismo fuego. Ahora, sola en el balcón, sentía un vacío en el pecho que solo él podía llenar. Mi teléfono vibró en la mano: un mensaje suyo. "Ya voy, mi reina. Prepárate para el capítulo 104 de nosotros". El corazón me latió fuerte, como tambores de mariachi en fiesta.
Minutos después, la puerta se abrió con un clic suave. Rodrigo entró, alto, moreno, con esa camisa blanca desabotonada que dejaba ver el vello oscuro de su pecho. Olía a colonia fresca mezclada con sudor de hombre trabajado, y sus ojos cafés me devoraban desde la entrada. "Órale, Amalia, estás para comerte viva", murmuró, acercándose con pasos lentos, como un lobo hambriento. Yo me giré, apoyando las manos en la barandilla, sintiendo cómo mi cuerpo respondía al instante: pezones endurecidos rozando la tela del vestido, un calor húmedo entre las piernas.
Nos quedamos mirándonos en silencio, el aire espeso de tensión. Él se paró detrás de mí, tan cerca que sentí su aliento caliente en mi nuca, su pecho duro contra mi espalda. "Te extrañé, carnala", susurró, y sus manos grandes subieron por mis caderas, apretando con esa fuerza que me hacía gemir bajito. Yo arqueé la espalda, presionando mi culo contra su entrepierna, donde ya sentía su verga dura como piedra. El roce era eléctrico, un cosquilleo que subía por mi espina dorsal hasta el cerebro.
¿Por qué siempre me hace esto? Es un cabrón, pero mío. Quiero que me rompa en mil pedazos y me arme de nuevo.
Acto primero de nuestra noche: el beso. Rodrigo me giró con rudeza juguetona, sus labios capturaron los míos en un beso salvaje, lenguas enredándose como serpientes en celo. Sabía a tequila y a deseo puro, su barba raspándome la piel suave de la barbilla. Gemí en su boca, mis manos enredándose en su pelo negro revuelto. Bajamos al sofá sin soltarnos, tropezando con la mesita, riendo entre besos. El vestido se subió por mis muslos, revelando la liga negra que usé solo para él. "¡Qué chula estás, pinche diosa!", gruñó, mordisqueando mi cuello, dejando marcas rojas que mañana dolerían delicioso.
En el sofá, el mundo se redujo a nosotros. Sus dedos expertas desabrocharon el vestido, deslizándolo por mis hombros hasta que quedé en brasier y tanga. La piel expuesta temblaba bajo su mirada hambrienta. Él se quitó la camisa de un jalón, mostrando ese torso marcado por horas en el gym, músculos que se contraían con cada respiración agitada. Yo tracé sus abdominales con las uñas, bajando hasta el botón de su pantalón. Lo abrí lento, torturándolo, sintiendo cómo su verga saltaba libre, gruesa y venosa, palpitando en mi palma. "Chúpamela, mi amor", pidió con voz ronca, y yo obedecí, arrodillándome entre sus piernas.
El sabor salado de su piel me invadió la boca, el olor almizclado de su excitación me mareaba. Lo lamí desde la base hasta la punta, girando la lengua alrededor del glande hinchado, oyendo sus gemidos guturales que resonaban en la sala. "¡Así, güey, no pares!", jadeaba, sus caderas empujando suave contra mi rostro. Yo succionaba con hambre, mis manos masajeando sus huevos pesados, sintiendo cómo se tensaban. El calor de mi propia panocha era insoportable; me frotaba los muslos, buscando alivio, el jugo resbalando por mis piernas.
Pero no quería acabar así. Lo empujé al sofá, montándome a horcajadas. Nuestros ojos se clavaron: los suyos oscuros de lujuria, los míos nublados de necesidad. "Te quiero adentro, Rodrigo. Ahora", exigí, y él sonrió pícaro, rasgando mi tanga con un dedo. El aire fresco tocó mi coño húmedo, expuesto y ansioso. Me bajé sobre su verga despacio, centímetro a centímetro, sintiendo cómo me abría, me llenaba hasta el fondo. Un grito ahogado escapó de mi garganta; era grueso, perfecto, rozando ese punto dentro que me hacía ver estrellas.
Empezamos a movernos, yo cabalgándolo con furia, mis tetas rebotando libres del brasier que él quitó de un tirón. El slap-slap de piel contra piel llenaba la habitación, mezclado con nuestros jadeos y "¡Sí, cabrón, más duro!". Sudor nos cubría, brillando bajo la luz tenue de las velas que encendí antes. Sus manos amasaban mi culo, guiándome, mientras yo clavaba las uñas en su pecho, dejando surcos rojos. El olor a sexo nos envolvía, espeso y adictivo, con toques de mi perfume floral y su colonia.
Esto es nuestro capítulo 104, el color de la pasión en carne viva. Cada embestida es una página nueva, cada gemido un secreto compartido.
La tensión crecía como tormenta en el horizonte. Cambiamos posiciones: él me puso a cuatro patas en el suelo mullido, entrando por detrás con un golpe profundo que me hizo gritar. Sus bolas chocaban contra mi clítoris hinchado, enviando chispas de placer por todo mi cuerpo. "Eres tan chingona, Amalia, me vuelves loco", gruñía, jalándome el pelo suave para arquearme más. Yo empujaba hacia atrás, follándolo con el culo, sintiendo cada vena de su verga pulsando dentro. Mis paredes se contraían, ordeñándolo, acercándome al borde.
Inner struggle: por un segundo, dudé. ¿Y si mañana todo se complica de nuevo, como en la telenovela? Pero su mano bajó a mi clítoris, frotándolo en círculos perfectos, y el pensamiento se evaporó. Solo existía el placer, el latido acelerado de mi corazón en los oídos, el sabor de su sudor cuando lamí su brazo. Aceleramos, salvajes, el sofá crujiendo bajo nosotros ahora que rodamos ahí. "Vente conmigo, mi reina", ordenó, y obedecí: el orgasmo me golpeó como ola gigante, mi coño convulsionando alrededor de él, chorros de jugo empapando sus muslos. Él rugió, llenándome con chorros calientes de semen, su cuerpo temblando contra el mío.
Caímos exhaustos, enredados en el sofá, respiraciones entrecortadas calmándose poco a poco. Su cabeza en mi pecho, oyendo mi corazón volver a normal. El aire olía a nosotros, a pasión consumada, con velas parpadeando sombras en las paredes. Besó mi piel sudorosa, suave ahora. "Te amo, Amalia. Esto es nuestro color de la pasión, capítulo 104 y todos los que vengan".
Yo sonreí, acariciando su espalda, sintiendo el afterglow como manta tibia. Fuera, la ciudad seguía su ritmo, pero nosotros flotábamos en nuestra burbuja. Mañana habría dramas, como siempre, pero esta noche era perfecta. Cerré los ojos, saboreando el eco del placer en mi cuerpo adolorido dulcemente, lista para el próximo capítulo.