Pasion Prohibida Capitulo 36 Parte 3
Ana sintió el pulso acelerado mientras subía las escaleras del hotel en Polanco, el aire cargado con el aroma a jazmín de los jardines abajo. Era la tercera parte de su pasion prohibida capitulo 36 parte 3, como lo llamaba en su mente, ese capítulo interminable de deseo que la consumía desde que conoció a Diego, el carnal de su esposo. No era pendejo el asunto; su matrimonio con Luis era estable, chido en la superficie, pero Diego... ay, Diego era el fuego que le hacía arder las entrañas.
La puerta de la suite se abrió con un clic suave, y ahí estaba él, alto, moreno, con esa sonrisa pícara que le derretía las rodillas. Vestía una camisa blanca desabotonada hasta el pecho, oliendo a colonia fresca y a algo más primitivo, como sudor limpio después de un día largo.
¿Cuántas veces más voy a caer en esto? Neta, Ana, eres una tonta, pero qué rico se siente ser tonta por él.
—Ven, mi reina —murmuró Diego, jalándola adentro con manos firmes pero tiernas. La puerta se cerró con un chasquido que resonó como un secreto sellado.
El cuarto era lujo puro: sábanas de algodón egipcio, luces tenues que pintaban sombras suaves en las paredes color crema, y una botella de tequila reposado esperándolos en la mesita. Ana se quitó los tacones con un suspiro de alivio, sintiendo el piso fresco bajo sus pies. Diego se acercó por detrás, sus labios rozando su cuello, inhalando el perfume de vainilla que ella usaba solo para él.
—Te extrañé tanto, carnalita —susurró, sus manos grandes subiendo por sus caderas, apretando la tela de su vestido rojo ceñido.
Ana giró, mirándolo a los ojos oscuros, llenos de hambre contenida. —Yo más, pendejo. Luis ni se imagina...
Se besaron entonces, lento al principio, como si saborearan cada segundo robado. Sus lenguas danzaron, el gusto salado de su boca mezclándose con el dulzor de su labial. Ana sintió el calor de su cuerpo presionado contra el suyo, el bulto endurecido en sus pantalones rozando su vientre. Un gemido escapó de su garganta, y Diego sonrió contra sus labios.
—Tranquila, mi amor. Vamos a ir despacio esta noche. Quiero sentirte toda.
Acto primero de su noche: la seducción. Diego la llevó a la cama, sentándola en el borde mientras él se arrodillaba. Deslizó el vestido por sus hombros, revelando la lingerie negra de encaje que ella había elegido con tanto cuidado. Sus pechos se alzaron con la respiración agitada, pezones endurecidos bajo la tela fina. Él los besó por encima, el roce de su barba incipiente erizando su piel como electricidad.
—Qué chingones están —dijo con voz ronca, lamiendo un pezón hasta que Ana arqueó la espalda, clavando las uñas en su cabello negro revuelto.
El sonido de sus respiraciones llenaba la habitación, entrecortadas, sincronizadas. Ana olió su aroma masculino, mezclado con el tequila que vertió en un vaso y le ofreció. Bebieron a sorbos, el líquido quemando sus gargantas, avivando el fuego interno.
Pero la tensión crecía. Ana pensó en Luis, en la cena familiar que había inventado para escaparse. Esto es prohibido, pero qué neta delicioso. No puedo parar. Diego lo notó en su mirada distante.
—¿En qué piensas, preciosa?
—En nosotros. En que esto no debería ser, pero no quiero que termine.
La llevó al baño, donde la tina humeaba con sales de lavanda. El vapor empañaba los espejos, y el agua caliente envolvió sus cuerpos desnudos como un abrazo líquido. Diego la sentó en su regazo, su verga dura presionando entre sus nalgas. Lavó su cuerpo con manos expertas, jabón espumoso resbalando por sus curvas, dedos explorando cada pliegue. Ana jadeó cuando tocó su clítoris, hinchado y sensible, círculos lentos que la hicieron retorcerse.
—Diego... órale, no pares —suplicó, mordiendo su hombro para acallar los gemidos.
El agua chapoteaba rítmicamente, salpicando el piso de mármol. Ella giró, montándolo frente a frente, sus pechos aplastados contra su pecho velludo. Se besaron con furia ahora, lenguas enredadas, dientes chocando. Ana sintió su pulso latiendo en la sien, el corazón de él tronando bajo su palma.
Salieron de la tina, secándose con toallas suaves, gotas resbalando por sus pieles tostadas. En la cama, el acto segundo escaló. Diego la tumbó boca abajo, besando su espinazo, lamiendo el hueco de su cintura. Sus manos amasaron sus nalgas, separándolas para besar el centro de su deseo. Ana se arqueó, el placer punzante como agujas dulces.
Su lengua ahí... ay, Dios, es un pinche maestro. Me va a volver loca.
—Sabes a miel, mi reina —gruñó él, su aliento caliente en su chocha húmeda. La penetró con la lengua, chupando su néctar, mientras un dedo entraba y salía, curvándose para tocar ese punto que la hacía ver estrellas.
Ana se volteó, jalándolo encima. Quería devorarlo. Tomó su verga gruesa, venosa, palpitante en su mano. La lamió desde la base hasta la punta, saboreando el precum salado. Diego maldijo en voz baja, "¡Chingada madre, Ana!", sus caderas empujando instintivamente. Ella lo mamó profundo, garganta relajada por la práctica de sus encuentros pasados, bolas en su palma suave.
La tensión era insoportable ahora. Sus cuerpos sudados se pegaban, el olor a sexo impregnando el aire, mezclado con lavanda y tequila. Ana lo miró, ojos brillantes de lujuria.
—Cógeme ya, Diego. No aguanto más.
Él la penetró de un solo empellón, llenándola por completo. Ana gritó, uñas arañando su espalda, piernas envolviéndolo como tenazas. Ritmo lento al inicio, savoring cada centímetro, el sonido húmedo de sus sexos uniéndose, piel contra piel. Aceleraron, la cama crujiendo bajo ellos, cabeceras golpeando la pared.
—Más fuerte, carnal —jadeó ella, mordiendo su labio inferior.
Diego obedeció, embistiéndola con fuerza animal, pechos rebotando, sudor volando. Cambiaron posiciones: ella encima, cabalgándolo como amazona, clítoris frotándose en su pubis. Él pellizcaba sus pezones, tirando suavemente, enviando ondas de placer directo a su núcleo.
El clímax se acercaba. Ana sintió el orgasmo construyéndose, como una ola gigante. Es ahora, en esta pasion prohibida, capítulo 36 parte 3 de nuestra locura. Gritó su nombre cuando explotó, chocha contrayéndose alrededor de su verga, jugos inundándolos.
Diego la siguió segundos después, gruñendo como bestia, llenándola con chorros calientes, profundo dentro de ella.
Acto tercero: el afterglow. Se derrumbaron entrelazados, respiraciones calmándose, corazones latiendo en unisono. Diego besó su frente sudorosa, acariciando su cabello desordenado.
—Eres lo mejor que me ha pasado, Ana. Aunque sea prohibido.
Ella sonrió, lágrimas de emoción en los ojos. —Y tú el mío, pendejo. Pero neta, algún día...
No terminaron la frase. Se quedaron así, pieles pegajosas enfriándose, el aroma de sus cuerpos amados flotando. Afuera, la ciudad zumbaba indiferente, pero en esa suite, su mundo era perfecto, aunque efímero.
Ana cerró los ojos, sabiendo que volverían por más. Esta pasion prohibida era su adicción, su capítulo eterno.