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Cuando Quieras Sentir Pasión Rigo Tovar

7357 palabras

Cuando Quieras Sentir Pasión Rigo Tovar

La fiesta en la casa de tus cuates en la Roma estaba en su mero mole. El aire olía a tacos de suadero chamuscados en la parrilla del patio, mezclado con el perfume dulce de las flores de bugambilia que trepaban por las paredes. La cumbia rebajada retumbaba desde los bocinas, y de repente, ¡pum! empezó a sonar Rigo Tovar con esa voz ronca que te eriza la piel. "Cuando quieras sentir pasión Rigo Tovar", gritó alguien desde la pista improvisada, y todos rieron porque era como un grito de guerra para soltarse.

Tú estabas recargado en la barra de la cocina, con una chela fría en la mano, sudando un poco por el calor bochornoso de la noche mexicana. Entonces la viste. Se llamaba Karla, una morra de curvas que te quitaban el hipo, con el cabello negro suelto cayéndole por la espalda como una cascada de medianoche. Llevaba un vestido rojo ajustado que marcaba sus chichis firmes y sus caderas anchas, listas para menearse al ritmo. Sus ojos cafés te clavaron cuando pasó cerca, oliendo a vainilla y algo más salvaje, como deseo crudo.

Órale, carnal, esta noche no me la voy a perder, pensaste. Me late cañón.

Te acercaste con una sonrisa pícara, ofreciéndole tu chela. "Prueba esta, está bien fría como para enfriar lo que traes ahí adentro", le dijiste, señalando su escote con la mirada. Ella soltó una carcajada que sonó como música, tomó un trago y te miró de arriba abajo. "Simón, pero si quieres algo que queme de verdad, ponme a bailar con Rigo Tovar". Y así, sin más, la tomaste de la mano. Su piel era suave, cálida, como terciopelo caliente bajo tus dedos callosos.

En la pista del patio, bajo las luces de colores que parpadeaban como estrellas chuecas, empezaron a mover las caderas. El bajo de la cumbia te vibraba en el pecho, y ella se pegó a ti, su culo redondo rozando tu entrepierna. Sentías el calor de su cuerpo filtrándose a través de la tela delgada, su sudor mezclado con tu propio aroma a hombre después de un día largo. "Me encanta cómo bailas, Karla", le susurraste al oído, inhalando el olor de su cuello, salado y dulce. Ella giró la cabeza, sus labios carnosos a centímetros de los tuyos. "Tú tampoco estás tan pendejo, guapo".

La tensión crecía con cada vuelta. Sus manos subían por tu espalda, arañando levemente con las uñas pintadas de rojo, enviando chispas por tu espina. Tú bajaste las tuyas a su cintura, apretando esa carne firme, imaginando cómo se sentiría desnuda. El ritmo de Rigo Tovar los mecía, y en un momento de la canción, ella se inclinó hacia atrás, arqueando la espalda, ofreciéndote la vista de sus tetas subiendo y bajando con la respiración agitada. Qué chingón, esto apenas empieza, pensaste, mientras tu verga empezaba a endurecerse contra sus nalgas.

La noche avanzaba, las chelas corrían, pero entre ustedes dos el mundo se reducía a ese baile pegajoso. De pronto, ella te jaló del brazo. "Ven, quiero algo más privado". Su voz era un ronroneo, cargada de promesas. Subieron las escaleras hacia el cuarto de huéspedes, dejando atrás el jolgorio. El pasillo olía a incienso y a algo más íntimo, como anticipación.

Adentro, la luz tenue de una lámpara de lava pintaba sus cuerpos en rojos y naranjas. Cerraste la puerta, y ella se volteó, presionando su boca contra la tuya. El beso fue fuego puro: labios suaves, húmedos, saboreando a cerveza y a menta de su chicle. Su lengua danzó con la tuya, explorando, reclamando. Sentías su aliento caliente en tu cara, el pulso acelerado latiendo en su cuello bajo tus labios.

"Cuando quieras sentir pasión Rigo Tovar", murmuró ella contra tu boca, riendo bajito mientras te quitaba la camisa. Sus manos eran expertas, desabrochando botones con prisa juguetona. Tú no te quedaste atrás: bajaste el vestido por sus hombros, revelando sus chichis perfectas, pezones oscuros ya duros como piedras preciosas. Los tomaste en tus manos, pesados y cálidos, amasándolos mientras ella gemía suave, un sonido que te ponía la piel de gallina.

Pinche Karla, eres una diosa, no mames. Quiero comerte entera.

La tumbaste en la cama deshecha, el colchón hundiéndose bajo su peso. Te quitaste el resto de la ropa, tu verga saltando libre, gruesa y palpitante, con una gota de pre-semen brillando en la punta. Ella se lamió los labios, ojos fijos en ti. "Ven acá, papi, déjame probarte". Se arrodilló, su boca caliente envolviéndote. El calor húmedo de su lengua lamiendo la cabeza, succionando con fuerza, te hizo gruñir. Olía a su excitación ahora, ese aroma almizclado subiendo desde entre sus piernas abiertas. Sus manos masajeaban tus huevos, su garganta relajándose para tomarte más profundo. Qué rico chupas, mamacita.

Pero no querías acabar así. La levantaste, volteándola boca abajo, su culo en pompa invitándote. Le separaste las nalgas, viendo su coño rosado, mojado, goteando jugos que brillaban. "Estás empapada, ¿eh?", le dijiste, pasando un dedo por sus labios hinchados. Ella jadeó, empujando contra ti. "Sí, métemela ya, no seas mamón". Rozaste la punta contra su entrada, sintiendo el calor abrasador, la humedad resbalosa. Empujaste despacio, centímetro a centímetro, su carne apretada cediendo, envolviéndote como un guante de terciopelo vivo.

Empezaste a bombear, lento al principio, saboreando cada embestida. El sonido de piel contra piel llenaba la habitación, chapoteos húmedos mezclados con sus gemidos roncos. "¡Más duro, cabrón! ¡Dame todo!", gritaba ella, clavando las uñas en las sábanas. Sudor corría por tu espalda, goteando sobre sus nalgas, el olor a sexo crudo impregnando el aire. Le jalaste el pelo suave, arqueándola más, golpeando profundo, sintiendo su coño contraerse alrededor de tu verga, ordeñándote.

Cambiaron posiciones: ella encima, cabalgándote como una amazona. Sus tetas rebotaban con cada salto, pezones rozando tu pecho. Tú las chupabas, mordisqueando suave, probando el salado de su piel. Sus caderas giraban en círculos, moliendo su clítoris contra tu pubis. "¡Ay, qué rico! ¡Me vengo!", chilló, su cuerpo temblando, coño apretando en espasmos que te llevaron al borde. El clímax la sacudió, jugos calientes empapando tus bolas.

No aguantaste más. La volteaste de nuevo, embistiendo como poseído, el placer subiendo por tu espina como lava. "¡Me corro, Karla!", rugiste, y explotaste dentro de ella, chorros calientes llenándola, pulso tras pulso. Ella gemía contigo, ordeñando cada gota.

Se derrumbaron juntos, jadeantes, cuerpos pegajosos de sudor y fluidos. El eco de Rigo Tovar aún se oía lejano desde abajo, como un susurro de complicidad. Ella se acurrucó contra tu pecho, su mano trazando círculos en tu piel húmeda. "Eso fue chingón, ¿verdad? Cuando quieras sentir pasión Rigo Tovar, ya sabes dónde encontrarme".

Tú sonreíste, besando su frente salada. El cuarto olía a ellos, a pasión consumada. Afuera, la fiesta seguía, pero aquí, en este nido caliente, el mundo era perfecto.

Pinche vida chida, con noches así, ¿pa' qué más?
Su respiración se calmó, sincronizándose con la tuya, y cerraste los ojos, saboreando el afterglow, el peso dulce de su cuerpo, el latido compartido que prometía más.

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