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Pasión Carnal por Chiapas

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Pasión Carnal por Chiapas

El sol de la selva chiapaneca me acariciaba la piel como un amante impaciente mientras bajaba del camión en Tuxtla Gutiérrez. Hacía años que soñaba con pasión por Chiapas, esa tierra de selvas espesas, cascadas furiosas y ruinas mayas que susurran secretos ancestrales. Yo, Ana, una chilanga harta del concreto y el tráfico de la CDMX, había decidido perderme aquí para reconectar con algo salvaje en mí. El aire olía a tierra húmeda, café recién molido y flores tropicales que me mareaban un poco, prometiendo aventuras que mi cuerpo ya anticipaba con un cosquilleo traicionero entre las piernas.

En la oficina de turismo, lo vi por primera vez. Diego, el guía, era un moreno alto con ojos negros como el petróleo de la sierra y una sonrisa que destilaba picardía chiapaneca. Órale, güeyita, ¿vienes a conquistar la selva o qué? me dijo con esa voz ronca, extendiendo una mano callosa que olía a madera y sudor fresco. Su toque fue eléctrico; sentí sus dedos ásperos rozar mi palma y un calor subirme por el brazo directo al pecho. Pinche hombre, ¿por qué me miras así? pensé, mientras mi corazón latía como tambor maya.

¿Será que esta pasión por Chiapas me va a joder la cordura? Solo vine por la naturaleza, no por un vato que me hace mojarme con solo olerlo.

El primer día lo pasamos en el Cañón del Sumidero. El bote surcaba el río Grijalva, con acantilados que se elevaban como gigantes guardianes. Diego narraba historias de la región con pasión, su aliento cálido rozando mi oreja cuando se inclinaba para señalar un cocodrilo perezoso. Mira, carnala, ahí está el rey del río. Como yo en estas tierras, bromeó, y su risa retumbó en mi vientre. El viento traía el olor salobre del agua y el verde intenso de la vegetación; toqué su brazo para equilibrarme cuando el bote se meció, y su músculo duro bajo mi palma me dejó sin aliento. Esa noche, en el hotel de San Cristóbal, me masturbé pensando en él, el sonido de mi propia respiración ahogada por el zumbido de los grillos fuera de la ventana.

Al día siguiente, escalamos hacia la cascada de Agua Azul. El camino era un paraíso de barro resbaloso y raíces traicioneras; Diego me ayudaba en cada paso, sus manos firmes en mi cintura, apretándome lo justo para que sintiera su fuerza. Cuidado, reina, no vaya a ser que te caigas y te tenga que cargar hasta arriba, murmuró cerca de mi cuello, su aliento caliente oliendo a menta y tabaco. Sudábamos juntos, el olor almizclado de nuestros cuerpos mezclándose con el dulzor de las orquídeas. En la cima, el agua caía en cortinas cristalinas, rugiendo como un amante en éxtasis. Nos quitamos la ropa empapada; yo en bikini, él en boxers que marcaban su verga semierecta. Nos metimos al pozo natural, el agua fría mordiendo mi piel caliente.

Flotábamos cerca, nuestras piernas rozándose bajo el agua. ¿Sabes qué es la verdadera pasión por Chiapas? me preguntó, sus ojos devorándome. Es esto: el agua que te envuelve, el sol que te quema, y un cuerpo que te pide más. Su mano subió por mi muslo, suave al principio, explorando. Yo no lo detuve; al contrario, arqueé la espalda para que sus dedos rozaran mi clítoris hinchado a través de la tela. Chingado, qué rico se siente, gemí en silencio. El vapor subía del agua termal cercana, cargado de azufre y deseo; el tacto de su piel curtida contra la mía era como terciopelo áspero.

Este pendejo me tiene al borde. ¿Quiero que me coja aquí mismo, con la selva como testigo? Sí, carajo, sí.

La tensión creció como la niebla matutina. Bajamos a una cabaña aislada que él conocía, rodeada de cafetales en flor. Adentro, el aire era denso, perfumado con incienso de copal y el aroma de nuestra excitación. Nos besamos por primera vez: sus labios gruesos devoraron los míos, su lengua invadiendo con sabor a café y hambre. Eres una chingona, Ana. Me tienes bien puesto desde que te vi, gruñó, arrancándome el top. Sus manos amasaron mis tetas, pulgares rozando pezones duros como piedras de obsidiana. Yo le bajé los pantalones, liberando su verga gruesa, venosa, palpitante. La tomé en la mano, sintiendo su calor y el pulso acelerado; olía a hombre puro, a selva.

Me arrodillé, el piso de madera crujiendo bajo mis rodillas. Lamí su glande salado, saboreando el pre-semen que brotaba como néctar. ¡No mames, qué mamada tan rica! jadeó él, enredando dedos en mi cabello húmedo. Lo chupé profundo, garganta relajada, el sonido obsceno de succión mezclándose con suaves gemidos y el canto de aves tropicales. Luego me levantó como si nada, depositándome en la cama de petate. Sus besos bajaron por mi cuello, mordisqueando, dejando marcas rojas que ardían delicioso. Lamió mi ombligo, mi monte de Venus, hasta enterrar la cara en mi coño empapado.

El primer roce de su lengua fue fuego líquido. Estás chorreando, mi amor. Qué sabor tan dulce, como mango maduro, murmuró contra mis labios vaginales. Lamía con maestría, succionando mi clítoris, metiendo dos dedos gruesos que curvaba justo en mi punto G. El placer subía en olas: el roce áspero de su barba en mis muslos internos, el olor almizclado de mi propia excitación, el sabor salado cuando me besó después. Me vine gritando, piernas temblando, chorros calientes salpicando su pecho. ¡Ay, cabrón, me matas!

Esta pasión por Chiapas es más que turismo; es un incendio que me consume por dentro.

Pero no paró. Me volteó boca abajo, azotando suave mi culo redondo. Qué nalgas tan perfectas, para partirlas en dos. Entró despacio, su verga estirándome delicioso, centímetro a centímetro. El dolor inicial se fundió en placer puro cuando empezó a bombear, lento al principio, profundo. El slap-slap de piel contra piel resonaba en la cabaña, mezclado con nuestros jadeos y el viento susurrando en las palmeras. Agarré las sábanas, oliendo a lavanda silvestre; su sudor goteaba en mi espalda, caliente como lluvia tropical.

Acabó encima, misionero, mirándonos a los ojos. Sus embestidas se aceleraron, brutales, posesivas. Vente conmigo, Ana. Déjame llenarte, rogó ronco. El orgasmo nos golpeó juntos: yo contrayéndome alrededor de él, ordeñándolo, él gruñendo como jaguar mientras su semen caliente inundaba mi útero. Colapsamos, pegados, pieles resbalosas, respiraciones entrecortadas. El afterglow fue mágico: besos suaves, risas compartidas, el olor de sexo impregnando el aire.

Días después, en el avión de regreso, reviví cada sensación: el tacto de sus callos, el sabor de su piel, el rugido de la cascada ahogando nuestros gemidos. Pasión por Chiapas no era solo un lema turístico; era mi despertar, un fuego que ardería para siempre en mis venas. Diego me mandó un mensaje: Vuelve pronto, mi reina. La selva te extraña... y yo más. Sonreí, sabiendo que lo haría. Chiapas no solo me dio naturaleza; me dio vida.

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