Como Avivar La Pasion En La Cama
La rutina nos había atrapado como a tantos matrimonios en esta ciudad que no duerme. Yo, Ana, con mis treinta y cinco años bien llevados, y Luis, mi carnal de toda la vida, nos mirábamos a veces como extraños en nuestra propia casa en Polanco. Hacíamos el amor de vez en cuando, pero era mecánico, sin ese fuego que nos consumía cuando éramos novios. Neta, necesitaba como avivar la pasion, algo que nos sacara de este letargo. Esa noche, después de una cena en el restorán de la esquina con tacos al pastor jugosos y una chela fría, decidí que era el momento. El aire olía a jazmín del jardín y a la tierra húmeda por la lluvia reciente de la tarde.
Entramos riendo, con las llaves tintineando en mi mano. Luis se quitó la chamarra de cuero, esa que le queda como anillo al dedo, y yo sentí un cosquilleo en el estómago.
Órale, Ana, hoy lo vas a volver loco. Recuerda esos trucos que leíste, como avivar la pasion con toques inesperados, me dije mientras me acercaba por detrás. Mis manos subieron por su espalda, sintiendo los músculos tensos bajo la camisa. Olía a su colonia favorita, esa con notas de sándalo y cítricos, mezclada con el humo de la parrilla de la cena. Le mordí suave el lóbulo de la oreja, y él se giró sorprendido, con esa sonrisa pícara que me derrite.
—¿Qué traes, mi reina? —preguntó con voz ronca, sus ojos cafés clavados en los míos.
—Nada, carnal, solo quiero recordarte quién manda aquí —le contesté, empujándolo juguetona hacia el sillón de la sala. La luz tenue de las lámparas de cristal proyectaba sombras suaves en las paredes blancas, y el sonido lejano de los coches en Reforma era como un murmullo de fondo. Me senté a horcajadas sobre él, sintiendo su dureza crecer bajo mis jeans ajustados. Nuestros labios se encontraron en un beso lento, explorador. Su lengua sabía a tequila y a limón, dulce y áspera a la vez. Gemí bajito cuando sus manos grandes me apretaron las nalgas, el calor de sus palmas traspasando la tela.
El deseo empezó a bullir despacio, como el agua en una olla a fuego lento. Lo desabotoné la camisa, besando cada centímetro de su pecho moreno, inhalando el olor salado de su piel. Él me quitó la blusa con urgencia, exponiendo mis senos al aire fresco. Qué chulo se ve así, todo mío, pensé mientras lamía sus pezones duros. Sus manos subieron por mis muslos, desabrochando mi bra, y cuando me rozó el centro con los dedos, un jadeo se me escapó. Estaba mojada ya, el calor entre mis piernas palpitando como un corazón acelerado.
—Ven, vamos a la recámara —me susurró, levantándome en brazos como si no pesara nada. Caminamos por el pasillo, sus pasos firmes sobre el piso de madera que crujía levemente. La cama king size nos esperaba con sábanas de algodón egipcio frescas, y el aroma a lavanda de las velas que encendí antes flotaba en el aire. Me tumbó con gentileza, pero sus ojos ardían de hambre. Se arrodilló entre mis piernas, bajándome los jeans y las tangas de encaje negro. El roce de sus dedos en mi piel sensible me erizó los vellos.
La tensión crecía con cada caricia. Él besó el interior de mis muslos, subiendo despacio, torturándome con su aliento caliente.
Esto es como avivar la pasion, paso a paso, sin prisa, reflexioné mientras mis caderas se arqueaban solas. Cuando su lengua finalmente tocó mi clítoris, grité su nombre. Era un torbellino de placer: húmedo, resbaloso, con chupadas suaves y círculos precisos. Saboreaba mi esencia, esa mezcla salada y dulce que lo volvía loco. Mis manos se enredaron en su pelo negro revuelto, tirando suave mientras olas de calor me recorrían el cuerpo. El sonido de sus labios contra mi sexo era obsceno, húmedo, sincronizado con mis gemidos que rebotaban en las paredes.
Pero no quería correrme aún. Lo empujé hacia arriba, volteándolo para quedar encima. Ahora yo mando. Le bajé el pantalón, liberando su verga erecta, gruesa y venosa, palpitando en mi mano. La olí, ese olor almizclado de hombre excitado, y la lamí desde la base hasta la punta, saboreando la gota perlada de pre-semen salado. Él gruñó, profundo, como un animal. —¡Neta, Ana, estás de fuego! —dijo entre dientes, sus caderas empujando hacia mi boca. La chupé con ganas, succionando, girando la lengua alrededor del glande sensible. Sentía su pulso en mi lengua, rápido, desbocado.
La intensidad subía como la marea. Nos giramos en un enredo de extremidades sudorosas, piel contra piel resbalosa. Él me penetró despacio al principio, centímetro a centímetro, llenándome hasta el fondo. Qué rico se siente, tan duro, tan mío. Empezamos a movernos en ritmo, lento al inicio, saboreando cada embestida. El slap slap de nuestros cuerpos chocando llenaba la habitación, mezclado con nuestros jadeos y el crujir de la cama. Sudábamos, el olor a sexo impregnando el aire, almizcle y deseo puro. Aceleramos, mis uñas clavándose en su espalda, dejando marcas rojas. Él me mordía el cuello, chupaba mis tetas, y yo le arañaba las nalgas para que empujara más profundo.
El clímax se acercaba como un tren.
Como avivar la pasion es esto: perder el control juntos. Grité cuando el orgasmo me golpeó, contracciones violentas apretando su verga dentro de mí, jugos calientes resbalando por mis muslos. Él se corrió segundos después, gruñendo mi nombre, su semen caliente inundándome en chorros pulsantes. Nos quedamos temblando, unidos, respiraciones entrecortadas sincronizadas.
Después, en el afterglow, nos acurrucamos bajo las sábanas revueltas. Su cabeza en mi pecho, mi mano acariciando su pelo húmedo. El cuarto olía a nosotros, a sexo satisfecho y velas apagadas. —Mi amor, ¿dónde aprendiste eso? —preguntó risueño.
—Un secretito para como avivar la pasion, carnal. Pero hay más noches así —le contesté, besando su frente. Sentí una paz profunda, como si hubiéramos redescubierto nuestro fuego. Afuera, la ciudad seguía su ritmo, pero aquí, en nuestra cama, la pasión ardía de nuevo, lista para más.