Pasión Capítulo 90 Fuego en la Piel
El sol de Puerto Vallarta se colaba por las cortinas de lino blanco, tiñendo la habitación de un dorado suave que hacía brillar el sudor en mi piel. Yo, Ana, acababa de llegar de la playa, con el cabello todavía húmedo oliendo a sal marina y coco. Me quité el pareo, dejando que cayera al piso de madera pulida, y me miré en el espejo de cuerpo entero. Mis curvas, bronceadas por días de sol, me recordaban por qué Javier no podía quitarme los ojos de encima desde que nos reencontramos hace una semana. Neta, este viaje había sido como el guion perfecto de una telenovela, pero con toques reales de deseo que me ponían la piel chinita.
La puerta se abrió con un chirrido suave, y ahí estaba él, Javier, con su camisa de lino desabotonada hasta el pecho, revelando ese vello oscuro que siempre me volvía loca. Traía una botella de tequila reposado en la mano y dos vasos. Sus ojos cafés, intensos como el café de olla de mi abuela, me recorrieron de arriba abajo. "Mamacita, ¿ya estás lista para pasión capítulo 90?", dijo con esa voz ronca, juguetona, que me hacía sentir mariposas en el estómago. Reí bajito, porque siempre bromeaba con eso, como si nuestra historia fuera episodios numerados de pura intensidad.
Me acerqué, sintiendo el calor de su cuerpo antes de tocarlo. El aire olía a su colonia cítrica mezclada con el salitre del mar. Le quité la botella de las manos y serví dos shots, el líquido ámbar brillando bajo la luz. "Órale, wey, bríndanos por lo que viene", le dije, chocando mi vaso contra el suyo. El tequila bajó ardiente por mi garganta, despertando un fuego que ya latía entre mis piernas. Sus labios capturaron los míos en un beso salado, con sabor a mar y promesas. Sus manos, callosas de tanto remar en la playa, se posaron en mi cintura, atrayéndome contra su dureza creciente. El roce de su piel contra la mía era eléctrico, como chispas en la noche.
Esto es lo que necesitaba, neta. Después de tanto tiempo separados, cada toque es como redescubrir un tesoro enterrado en la arena caliente.
Nos movimos hacia la cama king size, con sábanas de algodón egipcio que crujían bajo nuestro peso. Javier me recostó con gentileza, sus besos bajando por mi cuello, lamiendo el sudor salado que perlaba mi clavícula. Gemí bajito cuando su boca encontró mis pechos, succionando un pezón endurecido mientras su mano libre exploraba mi vientre plano, bajando despacio hacia el calor húmedo entre mis muslos. "Estás empapada, mi reina", murmuró contra mi piel, su aliento caliente enviando ondas de placer por mi espina dorsal. Deslicé mis dedos por su cabello negro revuelto, tirando suave para guiarlo más abajo.
El sonido de las olas rompiendo en la playa se colaba por la ventana abierta, mezclándose con mis jadeos entrecortados. Su lengua trazó senderos de fuego en mi ombligo, en mis caderas, hasta llegar a mi centro. El primer roce de su boca en mi clítoris fue como un rayo: suave, insistente, chupando con esa maestría que solo él tenía. Olía a mi propia excitación, almizclada y dulce, mientras sus dedos se abrían paso dentro de mí, curvándose para tocar ese punto que me hacía arquear la espalda. "¡Ay, Javier, no pares, pendejo!", grité entre risas y gemidos, mis uñas clavándose en sus hombros anchos.
Pero no quería que terminara tan pronto. Lo empujé hacia arriba, volteándonos para quedar yo encima. Su erección presionaba contra mi entrada, dura como el tronco de una palmera. Me incliné para besarlo, probando mi sabor en su lengua, mientras frotaba mi humedad contra él. "Ahora me toca a mí, carnal", le susurré al oído, mordisqueando su lóbulo. Bajé despacio, lamiendo su pecho salado, deteniéndome en cada músculo definido por horas en el gimnasio. Cuando llegué a su miembro, lo tomé en mi mano, sintiendo su pulso acelerado bajo la piel aterciopelada. Lo lamí desde la base hasta la punta, saboreando la gota salada de pre-semen, mientras él gruñía como un animal en celo.
Acto de tensión: Ahí empezó lo bueno, el verdadero escalamiento. Javier me levantó como si no pesara nada, poniéndome de rodillas en la cama. Sus manos amasaron mis nalgas, separándolas para exponerme al aire fresco de la brisa marina. "Te voy a hacer mía despacio, Ana, hasta que ruegues", prometió, y sentí la cabeza de su verga rozando mi entrada. Entró centímetro a centímetro, estirándome deliciosamente, llenándome hasta el fondo. El placer era abrumador: su grosor pulsando dentro, mis paredes contrayéndose a su alrededor, el slap-slap de piel contra piel sincronizado con las olas. Olía a sexo puro, a sudor mezclado con tequila y mar.
¿Por qué nos separamos antes? Esto es puro fuego, capítulo 90 de nuestra pasión infinita. Cada embestida me acerca más al borde.
Me giró de nuevo, esta vez de lado, una pierna sobre su hombro para penetrarme más profundo. Sus caderas chocaban contra las mías con ritmo creciente, sus bolas golpeando mi trasero en un sonido obsceno y excitante. Sudábamos como locos, el olor almizclado llenando la habitación. Mis pechos rebotaban con cada thrust, y él los atrapaba con una mano, pellizcando pezones mientras la otra frotaba mi clítoris hinchado. "¡Más fuerte, Javier, dame todo!", le exigí, mis paredes apretándolo como un puño. Él aceleró, gruñendo mi nombre, su aliento jadeante en mi oreja. Sentí el orgasmo construyéndose, una ola gigante desde mis pies hasta la cabeza: músculos tensos, corazón latiendo como tambor de mariachi, visión borrosa.
Exploté primero, gritando su nombre mientras contracciones poderosas me sacudían, chorros de placer mojando sus muslos. Él no se detuvo, prolongando mi éxtasis con embestidas precisas. "¡Ana, mi amor, te vengo!", rugió, y sentí su calor inundándome, pulsos calientes que me llenaron hasta rebosar. Colapsamos juntos, cuerpos entrelazados, piel pegajosa contra piel, respiraciones entrecortadas sincronizadas.
En el afterglow, yacíamos mirando el techo de vigas de madera, con el sol poniente tiñendo todo de naranja. Javier trazaba círculos perezosos en mi vientre, su cabeza en mi pecho escuchando mi corazón calmarse. "Eso fue el mejor capítulo 90 de pasión que hemos tenido, ¿verdad?", murmuró con una sonrisa satisfecha. Reí, besando su frente sudorosa. "Neta, wey, y hay más por venir. Esta noche, en la playa, repetimos". El aroma a sexo persistía, mezclado con el jazmín del jardín. Me sentía empoderada, amada, completa. Fuera, las olas susurraban promesas de más noches así, en este paraíso mexicano donde nuestro deseo era eterno.
Sus dedos bajaron de nuevo, jugueteando con mi sensibilidad post-orgasmo, despertando chispas nuevas. "No tan rápido, pendejo", bromeé, pero ya mis caderas se movían solas. La tensión volvía a subir, gradual, deliciosa. Javier rodó sobre mí, besando mi cuello con ternura. "Te amo, Ana. Cada capítulo contigo es mejor que el anterior". Y mientras el crepúsculo nos envolvía, nos perdimos de nuevo en el ritmo ancestral del placer, piel contra piel, almas entrelazadas en pasión capítulo 90.