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Abismo de Pasión Paloma

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Abismo de Pasión Paloma

Paloma caminaba por la playa de Playa del Carmen, el sol del atardecer tiñendo el mar de un naranja ardiente que se reflejaba en su piel morena. El aire salado le rozaba las piernas desnudas bajo el vestido ligero de algodón blanco, que se pegaba sutilmente a sus curvas con la brisa marina. Hacía calor, pero no como el bochorno de la Ciudad de México; aquí todo era fresco, invitador, como una promesa de algo prohibido pero irresistible. Llevaba meses soltera, trabajando en su tiendita de artesanías en Polanco, pero este viaje era su escape, su chance de soltarse el pelo.

¿Por qué no? se dijo, mientras el sonido de las olas chocando contra la arena le aceleraba el pulso. Quería sentir algo real, algo que la sacara de la rutina. Ahí, en la orilla, vio a Alejandro, un moreno alto con ojos negros profundos, camisa guayabera abierta dejando ver su pecho tatuado con un águila mexicana. Estaba solo, bebiendo una cerveza fría, mirándola con una sonrisa pícara que le erizó la piel.

Órale, güerita, ¿vienes a mojar los pies o a buscar problemas? —le dijo él, con esa voz grave que sonaba a tequila y noches largas.

Paloma se rio, sintiendo un cosquilleo en el estómago. —Problemas no sé, pero aventura sí. Soy Paloma, de la CDMX.

Charlaron un rato, él era de Mérida, arquitecto que andaba de vacaciones. La química era cañona, neta. Sus risas se mezclaban con el rumor del mar, y cuando él le rozó la mano al pasarle la cerveza, un calor le subió por el brazo directo al centro de su cuerpo. Este wey me prende, pensó, oliendo su colonia mezclada con sal marina, un aroma que le hacía agua la boca.

La noche cayó rápida, como siempre en la costa. Fueron a un palapa con música de cumbia rebajada, bailando pegaditos. El sudor de sus cuerpos se fundía, sus caderas chocando al ritmo. Paloma sentía su dureza contra ella, y no se apartó; al contrario, se apretó más, jadeando bajito. —Me traes loca, Alejandro, le susurró al oído, mordiéndole el lóbulo suave.

Él la miró, ojos brillantes. —Ven conmigo a mi cabaña, Paloma. Quiero comerte entera.

El deseo era un imán. Caminaron por la playa oscura, solo iluminados por la luna llena. Sus manos entrelazadas, el tacto áspero de la arena bajo los pies, el viento fresco lamiendo su piel húmeda de sudor. Llegaron a la cabaña de madera, con hamaca afuera y velas adentro. Olía a coco y jazmín del incienso que él prendió. Se besaron en la puerta, labios urgentes, lenguas danzando con sabor a cerveza y sal. Paloma gimió cuando él le bajó el vestido, exponiendo sus senos firmes, pezones duros como piedras.

Esto es el principio del abismo de pasión, Paloma, se dijo ella, mientras él lamía su cuello, bajando lento por su clavícula. Cada roce era fuego líquido; sentía su aliento caliente en la piel, el vello erizado, el pulso latiéndole en las sienes.

La llevó a la cama king size, sábanas de hilo fresco contra su espalda desnuda. Alejandro se quitó la camisa, revelando músculos definidos por el gimnasio y el sol yucateco. Paloma lo miró, lamiéndose los labios. —Quítate todo, carnal. Quiero verte completo.

Él obedeció, su verga erecta saltando libre, gruesa y venosa, apuntando a ella como un arma de placer. Paloma se mojó al instante, su panocha palpitando de anticipación. Se arrodilló, oliendo su masculinidad almizclada, y lo tomó en la boca despacio. El sabor salado de su prepucio la volvió loca; chupó con hambre, lengua girando alrededor del glande, manos masajeando sus huevos pesados. Alejandro gruñó, ¡Qué chido, Paloma! ¡No pares, mamacita!

Pero ella quería más. Lo empujó a la cama y se subió encima, frotando su concha húmeda contra su verga dura. El roce era eléctrico, clítoris hinchado rozando la piel tensa. —Fóllame ya, Alejandro. Quiero sentirte adentro.

Él la penetró de un solo empujón suave, llenándola por completo. Paloma gritó de placer, el estiramiento perfecto, cada vena pulsando contra sus paredes internas. Cabalgaron lento al principio, mirándose a los ojos, sudor goteando de su frente a sus senos. El sonido de carne contra carne, chapoteo húmedo, gemidos roncos llenando la habitación. Olía a sexo crudo, a jugos mezclados, a piel caliente.

Paloma aceleró, tetas rebotando, uñas clavadas en su pecho. ¡Más fuerte, pendejo! ¡Dame todo! Él la volteó, poniéndola a cuatro patas, embistiéndola desde atrás con fuerza controlada. Sus nalgas chocaban contra su pubis, el slap-slap rítmico como tambores mayas. Le metió una mano entre las piernas, frotando su clítoris hinchado, mientras lamía su espalda arqueada. Paloma temblaba, el orgasmo construyéndose como una ola gigante.

En su mente, todo era un torbellino:

Caigo en el abismo de pasión, Paloma, y no quiero salir. Este placer me consume, me hace libre.
Sus músculos se tensaron, el calor explotando desde el vientre hacia afuera. Gritó su nombre, convulsionando alrededor de su verga, chorros de placer mojando las sábanas.

Alejandro no tardó; con un rugido gutural, se corrió dentro, semen caliente inundándola, pulsos interminables. Colapsaron juntos, jadeantes, piel pegajosa de sudor y fluidos. Él la abrazó por detrás, besando su hombro, mientras el ventilador giraba lento arriba.

Eres increíble, Paloma. Neta, me volaste la cabeza.

Ella sonrió, girándose para besarlo suave. —Tú tampoco estás tan pendejo, wey. Esto fue... el abismo de pasión total.

Se quedaron así, escuchando las olas lejanas, cuerpos entrelazados. Paloma sentía una paz profunda, como si hubiera tocado el fondo de su propio deseo y salido renovada. El aroma de sus cuerpos mezclados la arrullaba, el tacto de su piel áspera contra la suya suave. Mañana volvería a la ciudad, pero este recuerdo la acompañaría, un fuego latente listo para encenderse de nuevo.

En la quietud, con la luna filtrándose por la ventana, Paloma cerró los ojos, saboreando el afterglow. Qué chingón es soltarse así, sin miedos. El abismo de pasión Paloma me espera siempre.

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