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Homicidio Pasional en Tu Piel

7004 palabras

Homicidio Pasional en Tu Piel

El calor de Guadalajara te envuelve como un amante posesivo mientras caminas por las calles empedradas de la colonia Americana. Las luces de los bares parpadean con promesas de noches locas, y el aroma a tacos al pastor y mezcal te hace salivar. Llevas a ella del brazo, tu morena de ojos fieros, Valeria, con ese vestido rojo que se pega a sus curvas como si quisiera devorarla. Cada paso que da hace que sus caderas se mecean, atrayendo miradas de pendejos que no saben que es tuya. Tuya.

Entras al bar Chapultepec, ese antro chido donde la banda toca corridos alterados y el tequila fluye como río. Valeria se ríe fuerte, su voz ronca cortando el humo y el bullicio. Pides unos tequilas reposados, el cristal frío contra tus labios quema con ese fuego ahumado que te sube por la garganta. Ella baila un poquito, rozando tu pecho con sus tetas firmes, y sientes cómo tu verga se despierta bajo los jeans. Pero entonces llega él, ese cabrón de Diego, el ex que no se cansa de orbitar como mosca cochina.

—Órale, Val, ¡qué gusto verte tan guapa! —le dice con esa sonrisa de mierda, y ella le responde con un abrazo que dura dos segundos de más. Ves cómo sus manos bajan por la espalda de ella, casi tocando su culo redondo. Tu sangre hierve, el pulso te late en las sienes como tambores de mariachi enloquecido. Piensas en las noticias que viste ayer: otro homicidio pasional en Zapopan, un cuerno que mató al amante de su jefa. ¿Serás tú el próximo pendejo en los titulares?

¡No mames, carnal! Si la tocas de nuevo, te parto la madre aquí mismo. Pero ella es mía, y este fuego que me quema por dentro no es de celos... es de ganas de follarla hasta que grite mi nombre.

Valeria nota tu cara de perros, te jala al rincón oscuro del bar donde el bajo retumba en tus huesos. Su aliento huele a limón y tequila, cálido contra tu oreja.

—¿Qué onda, celoso? ¿Quieres cometer un homicidio pasional nomás porque Diego me saludó? Ay, pinche Luis, eres un chingón posesivo.

Sus palabras te encienden más. La agarras de la cintura, tus dedos hundiéndose en la carne suave bajo el vestido. Ella jadea bajito, un sonido que te eriza la piel, y presiona su pubis contra tu erección creciente. El mundo se reduce a su calor, al sudor que perla su clavícula, al sabor salado cuando la besas con hambre de lobo.

Salen tambaleándose del bar, el aire nocturno fresco contra vuestras pieles ardientes. Caminan rápido a tu depa en Providencia, ese penthouse con vista a la catedral iluminada. En el elevador, no aguantas: le subes el vestido, tus manos exploran sus muslos tersos, subiendo hasta encontrar sus bragas húmedas. Ella gime, mordiéndote el labio inferior, el sabor metálico de su saliva mezclándose con el tuyo.

—Fóllame ya, cabrón. Hazme olvidar a todos esos pendejos.

La puerta apenas cierra y la empotras contra la pared del pasillo. Tus bocas chocan en un beso brutal, lenguas enredadas como serpientes en celo. Le arrancas el vestido, exponiendo sus chichis perfectos, pezones duros como piedras de obsidiana. Los chupas con avidez, el sabor lácteo y salado explotando en tu lengua mientras ella arquea la espalda, clavándote las uñas en los hombros. Duele rico, ese ardor que te recuerda que estás vivo, que esta pasión podría ser letal pero elige ser placer.

La cargas al cuarto, el colchón king size los recibe con un plof suave. La desnudas despacio ahora, saboreando cada centímetro: la curva de su cintura, el ombligo piercing que brilla bajo la luz tenue, el monte de Venus depilado reluciendo de jugos. Tu verga palpita, hinchada y venosa, pidiendo entrada. Pero esperas, la torturas con besos bajando por su vientre, inhalando su aroma almizclado de mujer en heat, ese olor que te marea como incienso prohibido.

Le abres las piernas, sus labios mayores hinchados e invitadores. Tu lengua lame despacio, saboreando el néctar dulce y ácido de su panocha. Ella se retuerce, las sábanas crujiendo bajo sus nalgas, gimiendo en mexicano puro:

—¡Ay, wey! ¡No pares, chúpame más duro! ¡Sí, ahí, cabrón!

Este sabor, Dios... es mío, solo mío. Olvida a Diego, olvida el mundo. Si los celos son un homicidio pasional, que sea este: matarla de placer hasta que reviva en mis brazos.

Tu lengua danza en su clítoris, chupando esa perla rosada que late como tu corazón. Introduce dos dedos, curvándolos para tocar ese punto G que la hace gritar. Sus jugos empapan tu barbilla, el sonido húmedo de chapoteo mezclándose con sus alaridos. Sientes sus muslos temblar, apretándote la cabeza, y explota en orgasmo: un chorro caliente que mojas tu boca, su cuerpo convulsionando como poseído.

Pero no paras. La volteas boca abajo, su culo empinado como ofrenda. Le das nalgadas suaves al principio, el clap resonando, dejando marcas rojas que contrastan con su piel canela. Ella empuja hacia atrás, pidiendo más:

—¡Métemela ya, Luis! Quiero sentirte hasta el fondo.

Te posicionas, la punta de tu verga rozando su entrada resbaladiza. Empujas lento, centímetro a centímetro, sintiendo cómo sus paredes vaginales te aprietan como guante de terciopelo caliente. Gime profundo, un sonido gutural que vibra en tu pecho. Empiezas a bombear, primero suave, el roce delicioso de piel contra piel, el sudor lubricando cada embestida.

El ritmo acelera. La agarras del pelo, tirando suave para arquearla, besando su nuca salada. Tus huevos chocan contra su clítoris con cada plaf, el aroma a sexo impregnando el aire, mezclado con su perfume de jazmín. Sus tetas rebotan, tú las amasas desde atrás, pellizcando pezones. El placer sube como ola, tu próstata latiendo, listos para estallar.

—¡Me vengo, pinche amor! ¡Duro, más duro!

Cambias posiciones: ella encima ahora, cabalgándote como amazona salvaje. Sus caderas giran, moliendo su panocha en tu polla, el visual de sus chichis saltando hipnótico. Tus manos en su culo, guiándola, sintiendo el calor irradiar. El clímax te golpea primero: un rugido sale de tu garganta mientras eyaculas dentro, chorros calientes llenándola, el espasmo sacudiéndote entero. Ella sigue, apretándote con contracciones, hasta que su segundo orgasmo la dobla, gritando tu nombre al techo.

Caen exhaustos, enredados en sábanas húmedas. Su cabeza en tu pecho, el latido compartido calmándose. Besas su frente, oliendo su cabello a coco y sudor. El silencio roto solo por respiraciones jadeantes.

—Nunca más celos así, ¿eh? —murmura ella, trazando círculos en tu piel—. Mejor este homicidio pasional en la cama que uno de verdad.

Ríes bajito, abrazándola fuerte. La noche guadalajareña susurra afuera, pero aquí dentro, el mundo es perfecto. La pasión ganó, los celos se disiparon en éxtasis. Mañana será otro día, pero esta noche, eres invencible.

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