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Pelicula Diario de una Pasion

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Pelicula Diario de una Pasion

Entré al cine en el corazón de la Roma, con el olor a palomitas recién hechas invadiendo mis fosas nasales, ese aroma dulce y mantecoso que siempre me hace agua la boca. Era una noche de viernes, y yo, Ana, de veintiocho años, soltera y con ganas de algo que me sacara del pinche tedio de la oficina. Elegí Diario de una pasión, esa película que todas mis amigas juraban que te dejaba el corazón hecho trizas y el cuerpo encendido. Me senté en la fila del medio, con mi chamarra de mezclilla sobre las rodillas, sintiendo el fresco del aire acondicionado erizándome la piel de los brazos.

La sala se oscureció, y el proyector cobró vida con esa luz parpadeante que ilumina las caras ansiosas. Ahí estaba él, dos asientos a mi derecha: Diego, con su perfil marcado por una barba de tres días, ojos cafés intensos que brillaban con la pantalla. Vestía una playera negra ajustada que dejaba ver los músculos de sus hombros, y olía a colonia fresca, a madera y algo cítrico que me llegó directo al estómago. Nuestras miradas se cruzaron durante los trailers, y sentí un cosquilleo en el vientre, como si mi cuerpo ya supiera lo que vendría.

Hoy empecé mi diario de esta pasión que apenas nace. Fui al cine a ver pelicula diario de una pasion, y encontré más que una historia en pantalla. Ese wey a mi lado me miró como si ya me conociera de toda la vida. Neta, mi chingada, el corazón me late como tambor.

La película avanzaba: las caricias robadas bajo la lluvia, los besos que sabían a desesperación y promesas. Yo no podía concentrarme del todo; Diego se inclinó un poco hacia mí cuando Noah y Allie se entregaban en esa escena de la laguna. Su rodilla rozó la mía, un toque accidental que no lo fue. Sentí el calor de su piel a través del denim, y mi pulso se aceleró, latiendo en mis sienes como un bajo en una rola de rock. ¿Qué chingados me pasa? pensé, pero no me aparté. Al contrario, dejé que el contacto se prolongara, que esa electricidad subiera por mi muslo.

Salimos del cine envueltos en la bruma de la noche capitalina, el ruido de los coches en Insurgentes de fondo, luces neón reflejándose en los charcos de la acera. "Qué película tan cabrona, ¿no?", dijo él con esa voz grave, ronca, que me vibró en el pecho. "Sí, wey, me dejó con un chorro de ganas", respondí, juguetona, mordiéndome el labio. Caminamos hacia un puesto de elotes, el vapor caliente subiendo con olor a mayonesa y chile, y platicamos como si nos conociéramos de años. Diego era de Coyoacán, arquitecto, con un tatuaje de un águila en el antebrazo que asomaba cuando se rascaba la nuca. Yo le conté de mi pinche jefe pendejo y mis sueños de viajar a la playa.

Terminamos en su departamento, un loft chido con ventanales enormes que daban a la ciudad iluminada. El aire olía a incienso de sándalo y a él, ese perfume que ya me tenía mareada. Nos sentamos en el sofá de piel suave, con una chela fría en la mano, el condensado goteando sobre mis dedos. Hablamos de la película, de cómo esas pasiones eternas nos hacen sentir vivos. Su mano rozó mi rodilla otra vez, intencional ahora, y subí la mirada a sus ojos. Órale, esto va en serio, pensé, mientras mi piel se ponía de gallina.

Segundo día de mi diario. Diego me trajo a su depa después de la pelicula diario de una pasion. Sus manos son fuego puro. Quiero que me toque toda, que me haga suya como en esas escenas que vimos. Estoy mojada solo de pensarlo, neta.

El beso llegó natural, como si la película nos hubiera escrito el guion. Sus labios carnosos, suaves pero firmes, sabían a chela y a menta. Me tomó la nuca con una mano grande, enredando los dedos en mi cabello, mientras la otra bajaba por mi espalda, apretándome contra él. Gemí bajito contra su boca, sintiendo su lengua explorar la mía, un baile húmedo y caliente que me dejó sin aliento. Lo empujé suave hacia atrás, montándome a horcajadas sobre sus piernas, frotándome contra el bulto duro que crecía en sus jeans. "Eres una chingona", murmuró él, mordisqueándome el lóbulo de la oreja, su aliento cálido enviando ondas de placer directo a mi centro.

Me quité la blusa con prisa, dejando que mis tetas rebotaran libres, pezones duros como piedras bajo su mirada hambrienta. Él las tomó en sus manos callosas, masajeándolas, pellizcando justo lo necesario para que un jadeo se me escapara. Bajé las manos a su cinturón, desabrochándolo con dedos temblorosos, liberando su verga gruesa, venosa, palpitante. La tomé, sintiendo su calor aterciopelado, el pulso latiendo contra mi palma. "Métetela en la boca, Ana", pidió con voz ronca, y yo obedecí, lamiendo desde la base hasta la punta, saboreando el precum salado, chupando con hambre mientras él gruñía y me enredaba el pelo.

La tensión crecía como una tormenta, mi panocha palpitando, empapada de jugos que corrían por mis muslos. Me puse de pie, me quité los jeans y las calzas de un jalón, quedando desnuda ante él. Diego se levantó, nos fuimos a la cama king size, sábanas frescas de algodón egipcio rozando mi piel sensible. Me recostó, besando mi cuello, bajando por mi clavícula, lamiendo mis pechos hasta que arqueé la espalda. Sus dedos encontraron mi clítoris, frotándolo en círculos lentos, metiendo dos adentro de mí, curvándolos para tocar ese punto que me hacía ver estrellas. "Estás chorreando, mi reina", dijo, y yo solo pude gemir: "¡Fóllame ya, pendejo!".

Se colocó entre mis piernas, la cabeza de su verga rozando mis labios hinchados, untándose de mis mieles. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándome deliciosamente, llenándome hasta el fondo. El placer era cegador, su grosor pulsando dentro, nuestras pelvis chocando con un slap húmedo. Aceleró, embistiéndome fuerte, mis uñas clavándose en su espalda, dejando marcas rojas. Sudor perlando su frente, goteando sobre mis tetas; el olor a sexo crudo, almizclado, llenando la habitación. "¡Más duro, Diego! ¡Sí, así!", gritaba yo, mis paredes contrayéndose alrededor de él.

Tercer entrada. Después de la pelicula diario de una pasion, vivimos nuestra propia escena. Me folló como animal, me hizo correrme tres veces. Su semen caliente dentro de mí, su cuerpo pesado encima. Esto es pasión de verdad, wey.

Corrí primero, un orgasmo que me sacudió entera, estrellas explotando detrás de mis párpados, mi grito ahogado en su hombro. Él siguió, prolongando mi placer con embestidas profundas, hasta que se tensó, gruñendo mi nombre mientras se vaciaba dentro, chorros calientes inundándome. Colapsamos juntos, jadeantes, piel pegajosa de sudor, corazones martilleando al unísono. Me besó la frente, suave ahora, acunándome contra su pecho ancho.

Despertamos enredados al amanecer, la luz dorada filtrándose por las cortinas, oliendo a café que él preparó. Nos duchamos juntos, jabón espumoso deslizándose por nuestros cuerpos, risas y besos perezosos bajo el chorro caliente. "Esto no termina aquí, ¿verdad?", pregunté, envuelta en su toalla. "Ni madres, Ana. Esto es nuestro diario de una pasión", respondió él, guiñándome el ojo.

Y así, lo que empezó como una noche de cine se convirtió en algo eterno, como esa película que nos unió. Mi cuerpo aún guarda el eco de sus toques, mi alma el fuego de su mirada. Neta, qué chingón es encontrar pasión en lo inesperado.

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