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Pasión Mame que Arde en la Noche

6953 palabras

Pasión Mame que Arde en la Noche

En el corazón de la colonia Roma, donde las luces neón parpadean como promesas susurradas, Lucía caminaba por las calles empedradas con el pulso acelerado. El aire de la noche traía el olor a tacos al pastor asándose en la esquina, mezclado con el perfume dulce de las bugambilias que trepaban por las fachadas. Llevaba un vestido negro ajustado que rozaba su piel morena con cada paso, recordándole lo que vendría después. Hacía semanas que coqueteaba con Alejandro en las redes, pero esta era la primera vez que se veían en carne y hueso. "No seas pendeja, Lucía", se dijo a sí misma, sintiendo el calor subirle por el cuello. Él era alto, con esa barba recortada que le daba un aire de galán de telenovela, y ojos que prometían travesuras.

Se encontraron en un bar escondido, con mesas de madera oscura y velas titilando. Alejandro la vio entrar y su sonrisa se ensanchó, como si ya supiera el secreto que ella guardaba entre las piernas. ¡Qué chida verte en persona, nena! dijo, levantándose para abrazarla. Su cuerpo duro contra el de ella, el olor de su colonia cítrica invadiendo sus sentidos. Se sentaron cerca, las rodillas rozándose bajo la mesa. Hablaron de todo: de la pinche tráfico de la ciudad, de cómo odiaban el frío del invierno, de sueños locos que nunca cumplirían. Pero el aire entre ellos crepitaba, cargado de esa tensión que hace que el corazón lata como tamborazo zacatecano.

Lucía sentía su mirada bajando por su escote, y no le molestaba; al contrario, le encendía un fuego en el vientre.

Quiero que me mire así toda la noche, que me coma con los ojos antes de hacerlo con la boca, pensó, mordiéndose el labio.
Pidieron tequilas, el líquido ardiente bajando por su garganta como un presagio. Sus manos se encontraron sobre la mesa, dedos entrelazados, pulgares acariciando la piel suave. ¿Sabes qué me contaste en el chat? Sobre esa pasión mame que te vuelve loca, murmuró él cerca de su oreja, su aliento cálido erizándole la nuca.

Acto uno cerrado, la noche avanzaba y decidieron salir. Caminaron hasta su departamento en Insurgentes, el bullicio de la ciudad como banda sonora: cláxones lejanos, risas de borrachos, el zumbido de los neones. Dentro, el lugar era acogedor, con posters de Frida Kahlo y una cama king size que gritaba invitación. Alejandro la besó apenas cerraron la puerta, sus labios firmes y urgentes, lengua explorando con maestría. Lucía gimió suave, el sabor a tequila en su boca mezclándose con el suyo. Sus manos bajaron por su espalda, apretando su culo redondo bajo el vestido.

Despacio, carnal, jadeó ella, pero su cuerpo decía lo contrario, arqueándose contra él. Se quitaron la ropa con prisa juguetona, risas entre besos. Su piel desnuda brillaba bajo la luz tenue de la lámpara, el olor a sudor fresco y excitación empezando a llenar el cuarto. Alejandro era puro músculo, su verga ya dura y palpitante, venosa como una promesa. Lucía la miró con hambre, lamiéndose los labios. Es hora de esa pasión mame que tanto anhelaba.

La llevó a la cama, acostándola con gentileza. Sus besos bajaron por su cuello, mordisqueando la clavícula, dejando rastros húmedos que se enfriaban al aire. Lucía temblaba, las sábanas frescas contra su espalda caliente. Él chupó sus pezones oscuros, duros como piedras de obsidiana, tirando suave con los dientes hasta que ella arqueó la espalda, un gemido gutural escapando. ¡Ay, wey, qué rico! exclamó, enredando los dedos en su pelo negro.

El medio acto escalaba. Alejandro descendió más, besando su vientre suave, lamiendo el ombligo. El aroma de su arousal lo golpeó: almizclado, dulce como miel de maguey. Separó sus muslos con manos firmes pero tiernas, admirando su concha depilada, labios hinchados y húmedos brillando. Eres una chulada, Lucía, gruñó, antes de hundir la cara. Su lengua plana lamió desde el ano hasta el clítoris, saboreando su jugo salado y dulce. Ella gritó, caderas levantándose, el sonido de su lamida chasqueante llenando el cuarto.

Pero ella quería más, quería dar. Lo empujó suave, volteándose. Ahora yo, déjame darte esa pasión mame que sueñas. Alejandro se recostó, verga erguida como bandera. Lucía se arrodilló entre sus piernas, el colchón hundiéndose. Tomó su miembro con mano temblorosa, sintiendo el calor pulsante, las venas saltando bajo su palma. Lo miró a los ojos, traviesa, y sacó la lengua para lamer la punta, saboreando la gota precúm salada. Sabe a hombre puro, a deseo acumulado, pensó, el olor almizclado subiéndole a la nariz.

Abrió la boca y lo engulló despacio, labios estirándose alrededor de la cabeza gruesa. Alejandro jadeó, manos en su cabeza guiando sin forzar. Ella succionó, lengua girando en la uretra, bajando más hasta que tocó la garganta. El sabor se intensificaba, mezcla de piel y excitación. Movía la cabeza rítmicamente, saliva chorreando por el eje, sonidos húmedos y obscenos: slurp, glug, pop. Él gemía ronco, ¡Órale, mámamela así, pinche diosa!, caderas empujando leve.

Lucía aceleró, una mano masajeando sus bolas pesadas, la otra bombeando la base. Sentía su propia concha chorreando, jugos bajando por los muslos, el aire cargado de olor a sexo. Internalmente luchaba:

No quiero que acabe aún, pero su verga palpita tanto, está cerca.
Cambió ritmo, lamiendo los huevos, chupándolos uno a uno, piel arrugada en su boca cálida. Volvió a la verga, deepthroating hasta las arcadas placenteras, lágrimas de esfuerzo en los ojos.

La intensidad subía. Alejandro la jaló arriba, volteándola en 69. Ahora mutuo placer: su lengua en su clítoris mientras ella mamaba con fervor. El cuarto resonaba en gemidos, cuerpos sudados pegándose. Lucía sentía su lengua perforándola, saboreando adentro, mientras ella tragaba centímetros. El clímax se acercaba como tormenta sonorense. ¡Me vengo, cabrón! gritó ella primero, orgasmos explotando en olas, concha contrayéndose en su boca, jugos inundándolo.

Él no tardó, verga hinchándose en su garganta. ¡Trágatela toda, mi reina! rugió, chorros calientes golpeando su paladar, salados y espesos. Ella succionó cada gota, garganta trabajando, hasta vaciarlo. Colapsaron jadeantes, cuerpos entrelazados, piel pegajosa de sudor y fluidos. El olor a corrida y coño satisfecho impregnaba todo.

En el afterglow, Alejandro la besó profundo, saboreándose mutuo. Esa pasión mame fue legendaria, Lucía. ¿Repetimos? Ella rio suave, mano acariciando su pecho. Esto no es el fin, es el principio de muchas noches locas, pensó, mientras el sueño los envolvía en la calidez de las sábanas revueltas. La ciudad seguía rugiendo afuera, pero adentro reinaba la paz del placer compartido.

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