La Pasión Carnal Según San Juan de Johann Sebastian Bach
Ana se acomodó en su butaca del auditorio Bellas Artes, el corazón latiéndole con esa anticipación que solo la música barroca le provocaba. El aire olía a madera pulida y perfume caro, mezclado con el leve aroma a café de los intermedios. Vestida con un vestido negro ceñido que abrazaba sus curvas, sintió un cosquilleo en la piel al ver las luces bajar. Qué chido este lugar, neta, pensó, mientras el director subía al escenario.
Entonces lo anunció: La Pasión según San Juan de Johann Sebastian Bach. Las notas iniciales del coro inundaron el espacio, graves y urgentes, como un latido acelerado. Ana cerró los ojos, dejando que la música se colara por sus poros. El tenor cantaba el sufrimiento, la traición, pero para ella, era pasión pura, un fuego que le subía por el vientre.
De reojo, notó a un hombre dos filas adelante. Alto, moreno, con camisa blanca arremangada que dejaba ver antebrazos fuertes. Giró la cabeza y sus ojos se encontraron. Oscuros, intensos, como si la música también lo hubiera atrapado. Sonrió levemente, y Ana sintió un calor en las mejillas.
¿Qué güey tan guapo? Me está viendo como si quisiera comerme, se dijo, mordiéndose el labio.
La aria de la Magdalena llenó el auditorio, voz soprano dulce y dolida. Ana imaginó esas manos de él sobre su piel, tocándola con la misma delicadeza. El perfume de su loción llegó hasta ella en una corriente de aire, masculino, con notas de sándalo. Su pulso se aceleró al ritmo de los violines, y cruzó las piernas para calmar la humedad que empezaba a formarse entre sus muslos.
Intermedio. Ana se levantó para estirarse, y ahí estaba él, en la barra, pidiendo un vino. Se acercó, fingiendo casualidad.
—Qué pieza tan intensa, ¿no? —dijo ella, con voz ronca por la emoción.
—Sí, La Pasión según San Juan siempre me pone la piel de gallina —respondió él, Javier, se presentó. Su voz grave vibró en el pecho de Ana—. ¿Vienes seguido?
—Cuando tocan Bach, no me lo pierdo. Esa pasión... te cala hasta los huesos.
Charlaron de música, de la Ciudad de México, de cómo el tráfico infernal contrastaba con esta paz. Javier la miró a los ojos, y Ana sintió sus pezones endurecerse bajo el vestido. Neta, este carnal me trae loca.
Volvieron a sus asientos, pero ahora cerca, él se había cambiado de lugar. Sus rodillas se rozaron accidentalmente, y ninguno se apartó. La segunda parte empezó con el recitativo de la crucifixión, cuerdas tensas como nervios a punto de romperse. Ana jadeó bajito cuando la mano de Javier rozó la suya en la oscuridad. Entrelazaron dedos, sudor cálido entre palmas.
Al final, aplausos atronadores. Javier se inclinó:
—No quiero que termine esta noche. ¿Vienes a mi depa? Vivo cerca, en Reforma. Tengo el disco de La Pasión según San Juan de Johann Sebastian Bach para seguirla.
Ana asintió, el deseo ardiéndole en el bajo vientre. ¡Chíngame, sí!
En el auto de él, un BMW negro reluciente, la ciudad nocturna pasaba en luces neón. Javier puso el aire acondicionado, pero el calor entre ellos era sofocante. Su muslo rozaba el de ella al cambiar marchas, y Ana inhaló su olor: sudor limpio, colonia y hombre. Estacionaron en un edificio elegante, ascensor privado subiendo en silencio, solo roto por respiraciones pesadas.
Adentro, lo primero: el estéreo. Bach volvió a sonar, el coro inicial envolviéndolos como una manta ardiente. Javier la atrajo por la cintura, labios rozando su oreja.
—Desde que te vi, quería esto —murmuró.
Ana giró, besándolo con hambre. Sus bocas se fundieron, lenguas danzando al ritmo de la música. Sabía a vino tinto y menta, fresco y embriagador. Manos de él bajaron por su espalda, apretando nalgas firmes bajo la tela. Ella gimió contra su boca, sintiendo su erección dura contra el vientre.
Qué rico se siente, pendejo, me vas a volver loca, pensó Ana mientras le desabotonaba la camisa. Piel morena, pecho velludo, pezones oscuros que lamió con deleite. Salado, cálido, oliendo a deseo.
Javier la llevó al sofá de cuero negro, suave contra su piel al quitarse el vestido. Quedó en lencería roja, tanga empapada. Él se arrodilló, besando su cuello, bajando a senos plenos. Chupó un pezón, tirando suave con dientes, mientras dedos exploraban su entrepierna.
—Estás mojada, mi amor —dijo, voz ronca.
—Por ti, güey. Tócame más.
Dedos se colaron bajo la tela, rozando clítoris hinchado. Ana arqueó la espalda, uñas clavándose en sus hombros. El sonido de Bach, lamentos y coros, se mezclaba con sus jadeos. Olía a sexo incipiente, a feromonas y velas de vainilla que él encendió.
La tendió, quitándole todo. Piernas abiertas, vulva reluciente. Javier besó interior de muslos, lengua trazando caminos húmedos. Llegó al centro, lamiendo lento, saboreando su néctar dulce y salado. Ana gritó, caderas moviéndose al compás de la aria.
—¡Sí, así, no pares!
La música subía, tensión en las cuerdas como la suya. Dos dedos entraron, curvándose, tocando ese punto que la hacía temblar. Chupó clítoris, vibrando con gemidos. Ana se corrió primero, olas de placer rompiéndola, gritando su nombre mientras el coro clamaba misericordia.
Javier se levantó, pantalón cayendo. Pene grueso, venoso, goteando precum. Ana lo tomó en mano, piel aterciopelada sobre acero. Lo masturbó lento, lamiendo glande, probando su esencia salobre. Él gruñó, barroco en su agonía placentera.
—Te quiero adentro —suplicó ella.
Se puso encima, cabalgándolo. Entró de un jalón, llenándola. Paredes vaginales apretándolo, resbalosas. Cabalgaron al ritmo de Bach, senos rebotando, manos en caderas. Sudor perlando cuerpos, slap de piel contra piel, olores mezclados: sexo, perfume, música etérea.
Es como la pasión misma, sufrimiento y éxtasis.
Cambiaron: él atrás, perrito, embistiendo profundo. Manos en pelo, jalando suave, consensual. Ana empujaba contra él, clítoris rozando sus bolas. Gemidos sincronizados con el recitativo final, crescendo imparable.
—Me vengo, Ana...
—Dame todo, carnal.
Explosión: él eyaculando dentro, caliente, pulsátil. Ella segunda ola, contrayéndose, ordeñándolo. Colapsaron, jadeantes, música apagándose en aplausos grabados.
Después, en la cama king size, sábanas de algodón egipcio frescas contra pieles calientes. Javier la abrazó, besos suaves en frente.
—Fue increíble, como si Bach nos hubiera bendecido.
Ana sonrió, dedo trazando su pecho. Neta, la mejor noche. Olía a ellos, a satisfacción. Mañana, quién sabe, pero esta pasión carnal según San Juan de Johann Sebastian Bach quedaría grabada en su alma.
Se durmieron así, cuerpos entrelazados, el eco de la música en sueños eróticos.