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Abismo de Pasion vs Cañaveral de Pasiones

6963 palabras

Abismo de Pasion vs Cañaveral de Pasiones

La luna llena iluminaba el cañaveral de Veracruz como si el cielo quisiera bendecirnos. Yo, Ana, caminaba tomada de la mano de Marco, mi carnal desde la prepa, ese güey que siempre me hace sentir viva con solo una mirada. El aire olía a tierra húmeda y caña dulce, ese aroma que te envuelve como un abrazo pegajoso. Sus dedos entrelazados con los míos eran cálidos, ásperos por el trabajo en la finca familiar, y cada roce me erizaba la piel. Habíamos escapado de la fiesta en la hacienda, donde la banda tocaba cumbias y la gente bailaba con chelas en mano. Pero aquí, solos en medio de las altas varas verdes que susurraban con el viento, el deseo empezaba a bullir.

¿Por qué carajos siempre termino cediendo a este wey? pensé, mientras su aliento caliente me rozaba el cuello. Marco era mi abismo de pasión, ese amor profundo que me tragaba entera, oscuro y adictivo como un pozón en la selva. Con él no había medias tintas; era todo o nada, besos que duraban horas y noches en que nos perdíamos el uno en el otro. Pero esta noche, rodeados por este cañaveral de pasiones, sentía que algo salvaje despertaba en mí. Las cañas se mecían como amantes en celo, rozándose con un frufrú que parecía gemir bajito.

—Ana, mami, ¿qué traes en esa mirada? —me dijo con esa voz ronca que me deshace, deteniéndose para jalarme contra su pecho firme. Su camisa de franela olía a sudor limpio y colonia barata, esa mezcla que me pone loca. Lo miré a los ojos, negros como la noche, y sin decir nada, le mordí el labio inferior. Él gruñó, un sonido gutural que vibró en mi vientre, y sus manos bajaron a mis caderas, apretándome con fuerza contra su dureza creciente. El corazón me latía como tamborazo en fiesta, y el calor entre mis piernas ya era un incendio.

Nos besamos ahí mismo, con hambre de lobos. Su lengua invadió mi boca, saboreando a tequila y a mí, mientras yo le clavaba las uñas en la espalda. El viento jugaba con mi falda ligera, subiéndola un poco y dejando que el aire fresco lamiera mis muslos. Marco me levantó en brazos como si no pesara nada, y yo envolví mis piernas alrededor de su cintura. Caminamos tropezando entre las cañas, riendo como pendejos, hasta encontrar un claro donde la luna pintaba todo de plata.

Me dejó en el suelo suave de hojarasca, y nos miramos jadeantes.

"Tú eres mi abismo de pasión, Marco, pero este cañaveral de pasiones me está llamando"
, le susurré, quitándome la blusa con lentitud. Mis pechos se liberaron al aire nocturno, los pezones endurecidos por la brisa y la anticipación. Él se lamió los labios, ojos fijos en mí como si fuera la única mujer en el mundo. Se desabrochó la camisa, revelando ese torso moreno, marcado por músculos que olían a hombre de campo. Lo jalé hacia mí, besando su pecho, lamiendo el sudor salado que perlaba su piel. Sabía a sal y a deseo puro, neta que me volvía loca.

En el medio del acto, la tensión subió como la marea en la costa. Marco me recostó sobre una capa de cañas secas, suaves como una cama improvisada. Sus manos expertas exploraron mi cuerpo, deslizándose por mis curvas con una ternura que contrastaba con la urgencia en sus ojos. Tocó mis senos, pellizcando los pezones hasta que gemí alto, un sonido que se perdió en el susurro del viento. Bajó más, besando mi ombligo, mi vientre tembloroso, hasta llegar a mi panocha ya empapada. El olor a excitación nuestra flotaba pesado, mezclado con la dulzura de la caña machacada.

Qué chingón se siente esto, wey, pensé mientras él separaba mis piernas con cuidado. Su lengua encontró mi clítoris hinchado, lamiéndolo con círculos lentos que me arquearon la espalda. Sentí cada roce como electricidad, pulsos calientes subiendo por mi espina. Gemí su nombre, agarrando mechones de su pelo negro. —¡Marco, no pares, cabrón! —le rogué, y él obedeció, chupando más fuerte, metiendo un dedo grueso dentro de mí, curvándolo justo donde duele de placer. Mis jugos lo cubrían, resbalosos y calientes, y el sonido húmedo de su boca en mí era obsceno, delicioso.

Pero yo quería más, quería devorarlo. Lo empujé hacia arriba, volteándolo como en lucha libre. Ahora yo encima, besando su cuello, mordiendo su oreja mientras le bajaba los pantalones. Su verga saltó libre, dura como palo de caña, venosa y palpitante. La tomé en mi mano, sintiendo el calor y el pulso rápido bajo la piel suave. La olí, ese aroma almizclado de hombre excitado, y la lamí desde la base hasta la punta, saboreando la gota salada de precum. Marco jadeaba, —Ana, qué rica estás, mija—, y yo la tragué entera, sintiéndola golpear mi garganta. Lo chupé con ganas, succionando, usando la lengua para volverlo loco, mientras mis manos masajeaban sus huevos pesados.

La intensidad crecía, el cañaveral parecía vivo alrededor nuestro, testigo de nuestro fuego. Me subí sobre él, frotando mi chocha mojada contra su verga, lubricándola con mis fluidos. Nuestros ojos se clavaron, y en ese momento sentí el contraste: el abismo de pasión en su mirada profunda, ese amor que nos unía desde siempre, versus este cañaveral de pasiones salvaje, múltiple, donde cada caña parecía un amante más rozándonos. Despacio, me hundí en él, centímetro a centímetro, gimiendo al sentirlo llenarme por completo. Era grueso, estirándome deliciosamente, tocando ese punto que me hace ver estrellas.

Cabalgue despacio al principio, sintiendo cada embestida profunda, el roce de su pubis contra mi clítoris. El sudor nos unía, piel resbalosa contra piel, y el sonido de carne contra carne se mezclaba con nuestros jadeos y el frufrú de las cañas. Aceleré, rebotando fuerte, mis tetas saltando, él agarrándolas con manos firmas. No aguanto más, se siente demasiado bueno, pensé, mientras el orgasmo se acercaba como tormenta. Marco se incorporó, sentándome en su regazo, y nos movimos juntos, besándonos con furia. Sus caderas subían, clavándose hondo, y yo me vine primero, gritando su nombre, contrayéndome alrededor de él en olas de placer que me nublaron la vista. El mundo se redujo a pulsos en mi centro, a su calor explotando dentro de mí segundos después, llenándome con chorros calientes que desbordaron.

Nos quedamos así, abrazados en el afterglow, cuerpos temblorosos y pegajosos. El viento secaba nuestro sudor, y el olor a sexo y caña impregnaba el aire. Marco me besó la frente, suave. —Te amo, Ana, en el abismo o en el cañaveral, siempre tuyo—. Yo sonreí, sintiendo el corazón lleno. Ese contraste entre mi abismo de pasión profunda con él y el cañaveral de pasiones locas que habíamos desatado esa noche nos hacía más fuertes. Regresamos a la hacienda de la mano, con la promesa de más noches así, sabiendo que nuestro amor era invencible, chingón y eterno.

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