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El Crimen Pasional Que Es Tu Piel Contra La Mia

6937 palabras

El Crimen Pasional Que Es Tu Piel Contra La Mia

En el corazón de Polanco, donde las luces de neón bailan sobre las fachadas elegantes de los bares, Ana se arreglaba frente al espejo de su departamento. El vestido rojo ceñido a su cuerpo como una segunda piel, realzando las curvas que Marco tanto adoraba. Neta, esta noche lo voy a volver loco, pensó mientras se pasaba los dedos por el escote, oliendo su perfume de jazmín que flotaba en el aire cálido de la noche mexicana.

Marco llegó puntual, como siempre, con esa sonrisa pícara que le hacía cosquillas en el estómago. Alto, moreno, con ojos que prometían travesuras. La besó en la puerta, su boca cálida y demandante, saboreando a tequila reposado mezclado con su colonia fresca. Estás chida, mi reina, murmuró contra sus labios, y ella sintió el pulso acelerarse, el calor subiendo por sus muslos.

La fiesta en el rooftop era de esas que vibran con ritmos electrónicos y risas de la crema y nata. Copas de champagne chocaban, el humo de cigarros puros se mezclaba con el aroma de tacos gourmet. Ana y Marco bailaban pegados, sus cuerpos moviéndose al compás, sus caderas rozándose en promesas silenciosas. Pero entonces lo vio: una morena despampanante, ex de Marco, acercándose con una sonrisa coqueta. ¿Qué pedo con esta pendeja? El celos le mordió el pecho como un perro callejero.

Él le habló, riendo, tocándole el brazo un segundo de más. Ana sintió la sangre hervir, el sudor perlando su nuca bajo el viento nocturno. Se alejó a la barra, pidiendo un margarita doble, el limón picante en la lengua no calmaba la tormenta dentro de ella.

La noche avanzaba, y la tensión crecía como el calor de un comal. Marco la buscó, la encontró con los ojos echando chispas. ¿Qué onda, güey? ¿Por qué la armaste? le dijo ella, voz ronca de coraje y deseo contenido. Él la jaló por la cintura, su mano firme en su nalga, el roce enviando descargas eléctricas. Es que me traes en la penita, Ana. Tú sabes que solo te quiero a ti.

El viaje de regreso en el coche fue un infierno dulce. Sus manos exploraban bajo la falda de ella mientras él manejaba por Insurgentes, los semáforos parpadeando rojos como sus mejillas. Ana jadeaba, el cuero del asiento pegándose a su piel húmeda, el olor a su excitación llenando el espacio cerrado. Si no paras, te voy a morder, cabrón, amenazó juguetona, pero sus dedos ya desabrochaban el cinturón de él.

Al llegar al depa, la puerta se cerró con un portazo que retumbó como un trueno. Se devoraron en el pasillo, bocas chocando, lenguas enredándose con sabor a sal y alcohol. Marco la levantó contra la pared, sus muslos envolviéndolo, el vestido subiéndose como una bandera de rendición. Esto es lo que pasa cuando me provocas, pendejo, pensó ella, arañando su espalda, sintiendo los músculos tensos bajo la camisa.

En la recámara, la luz tenue de las velas parpadeaba sobre sus cuerpos. Él la tumbó en la cama king size, las sábanas de algodón egipcio crujiendo bajo su peso. Ana lo miró, el pecho subiendo y bajando, el corazón martilleando como tambores de mariachi. Sabes qué es un crimen pasional, ¿verdad? susurró ella, voz entrecortada mientras él besaba su cuello, mordisqueando la piel sensible. ¿Qué es? respondió él, manos deslizándose por sus senos, pellizcando los pezones endurecidos hasta arrancarle un gemido.

Es cuando el deseo te quema tanto que harías cualquier cosa... como matarme de placer ahora mismo, dijo Ana, arqueándose. Marco rio bajito, ese sonido gutural que le erizaba la piel. Sus labios bajaron, trazando un camino ardiente por su vientre, el vello púbico rozando su barbilla. El olor de ella, almizclado y dulce, lo enloquecía. Lamía despacio, saboreando cada pliegue húmedo, la lengua girando en círculos sobre el clítoris hinchado. Ana gritó, uñas clavadas en su pelo, el placer como olas rompiendo en la playa de Puerto Vallarta.

Pero ella quería más, quería control. Lo empujó, volteándolo boca arriba. Ahora me toca, carnal. Se montó sobre él, frotando su sexo mojado contra su verga dura como piedra, el prepucio retrayéndose con cada roce. El calor de sus cuerpos se fundía, sudor perlando frentes, el aire cargado de gemidos y el slap slap de piel contra piel. Lo miró a los ojos, esos pozos oscuros de lujuria. Esto es un crimen pasional... que es devorarte entero, jadeó, hundiéndose en él centímetro a centímetro.

El ritmo empezó lento, torturante. Sus caderas giraban, sintiendo cada vena pulsando dentro, llenándola hasta el fondo. Marco gruñía, manos en sus nalgas, amasando la carne suave, guiándola más rápido. ¡Órale, qué rico! pensó ella, el placer construyéndose como una tormenta en el desierto sonorense. Besos salvajes, dientes chocando, saliva mezclándose. Él se incorporó, chupando sus tetas, la lengua áspera en los pezones, enviando chispas directas a su centro.

La tensión escalaba. Ana cabalgaba furiosa, el colchón rebotando, sus pechos saltando al compás. Sudor goteaba de su frente al pecho de él, salado en su lengua cuando lo lamió. ¡Más duro, pinche loco! ¡Dame todo! exigía, y él obedecía, embistiéndola desde abajo, el sonido obsceno de sus cuerpos uniéndose llenando la habitación. El olor a sexo crudo, a feromonas mexicanas puras, impregnaba todo. Sus paredes internas se contraían, ordeñándolo, el orgasmo acechando como un jaguar en la selva.

Marco la volteó sin aviso, poniéndola a cuatro patas, el espejo del clóset reflejando su entrega. Entró de nuevo, profundo, sus bolas golpeando su clítoris con cada estocada. Eres mía, Ana. Solo mía, rugía, voz ronca. Ella empujaba hacia atrás, perdida en el éxtasis, el cabello pegado a la espalda sudada. Esto es el crimen pasional que es... puro fuego que no se apaga. El clímax la golpeó primero, un tsunami de placer que la hizo gritar su nombre, el cuerpo convulsionando, jugos corriendo por sus muslos.

Él la siguió segundos después, gruñendo como toro en la plaza, llenándola con chorros calientes que la hicieron temblar de nuevo. Colapsaron juntos, enredados en sábanas revueltas, el corazón latiendo al unísono. El aire olía a ellos, a pasión consumada, el silencio roto solo por respiraciones agitadas.

Después, en la calma del afterglow, Ana trazaba círculos en su pecho con la uña, el sabor de sus besos aún en los labios. ¿Ves? Un crimen pasional que es solo nuestro... sin muertos, solo vivos de placer, murmuró perezosa. Marco la besó la frente, riendo suave. Simón, mi amor. Y lo repetiremos hasta que el sol salga.

Se durmieron así, cuerpos entrelazados, el amanecer tiñendo las cortinas de rosa. La pasión, ese crimen dulce que los unía más que nunca, latía aún en sus venas.

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