Pasiones de Bach
La noche en el Palacio de Bellas Artes estaba cargada de esa electricidad que solo la música clásica sabe despertar. Me senté en la fila del medio, con el programa en la mano, oliendo a papel fresco y a esa mezcla de perfumes caros que flotaba en el aire. Pasiones de Bach, decía el título del concierto. Neta, qué chido, pensé, mientras las luces bajaban y el órgano empezaba a rugir como un animal herido de pasión. Yo, Ana, una morra de veintiocho que trabaja en diseño gráfico, no era de las que van a conciertos de música barroca todos los días, pero esa noche algo me jaló. Quizás el estrés del pinche trabajo, o nomás ganas de sentir algo que me erizara la piel más allá de un café caliente.
Ahí estaba él, dos asientos a mi derecha. Alto, moreno, con camisa blanca ajustada que marcaba unos hombros anchos y unos brazos que gritaban quiero tocarte. Javier, supe después. Sus ojos cafés se clavaron en los míos cuando el violinista soltó la primera nota aguda, y sentí un cosquilleo en el estómago, como si el cello estuviera vibrando directo en mi entrepierna. El aire olía a madera pulida del escenario y a un leve aroma masculino que se colaba desde su lado. Me mordí el labio, ajustándome en la butaca de terciopelo rojo, sintiendo el roce suave contra mis muslos desnudos bajo la falda negra corta que me había puesto esa tarde pensando ¿y si pasa algo?
Durante el intermedio, no pude aguantar. Me levanté, fingiendo ir por un trago, y él hizo lo mismo.
"¿Te late Bach?"me dijo con una sonrisa pícara, voz grave como el bajo continuo de la orquesta.
"Neta, sus pasiones me prenden fuego", respondí, riéndome bajito, sintiendo el calor subir a mis mejillas. Charlamos de cómo la Mateo Passion te revuelve el alma, de cómo esas notas te hacen sentir viva, deseada. Su mano rozó la mía al pasarme un vasito de vino tinto del bar, y fue como una descarga: piel cálida, pulgar áspero que prometía más. Olía a colonia cítrica y a hombre limpio, sudado por la emoción de la música.
Volvimos al asiento, pero ya la tensión estaba ahí, palpable. Cada acorde de los coros me hacía apretar las piernas, imaginando sus manos en mí. Al final del concierto, aplausos retumbando como latidos acelerados, nos miramos.
"¿Quieres seguir la noche? Tengo un departamento cerca, con un buen equipo de sonido para poner más Bach", propuso, ojos brillando.
"Órale, wey, vamos", dije, el corazón tronándome en el pecho. Salimos al fresco de la Alameda, el bullicio de la ciudad envolviéndonos: cláxones lejanos, olor a elotes asados de los vendedores ambulantes, pero nada importaba más que su mano en mi cintura, guiándome hacia su coche.
En su depa, minimalista y chulo en la Roma Norte, con ventanales que daban a las luces neón, puso el vinilo de las Pasiones de Bach. La música llenó el espacio, grave y sensual, mientras nos servía mezcales ahumados. Nos sentamos en el sofá de piel gris, tan cerca que sentía su aliento en mi cuello. ¿Esto va a pasar de verdad? pensé, mientras su dedo trazaba un camino lento por mi brazo, erizándome la piel.
"Eres preciosa, Ana. Desde que te vi, quise esto", murmuró, labios rozando mi oreja. El sabor del mezcal en su boca cuando me besó fue dulce y ardiente, lenguas danzando como un fugato de Bach, complicadas y perfectas.
Sus manos bajaron por mi espalda, desabrochando el sostén con maestría, mientras yo le quitaba la camisa, oliendo su piel salada, tocando el vello oscuro de su pecho que bajaba en una línea tentadora hasta su abdomen marcado. Qué rico, pendejo guapo, se me escapó en un gemido. Me recostó en el sofá, besos bajando por mi cuello, lamiendo el hueco de mi clavícula donde el pulso latía desbocado. El sonido del aria llenaba la habitación, la soprano gimiendo notas altas que se mezclaban con mis suspiros. Sus dedos exploraron bajo mi falda, encontrando mi humedad,
"Estás chingona de mojada, mi reina", dijo con voz ronca, y yo arqueé la espalda, sintiendo el roce áspero de su barba en mis pechos.
La tensión crecía como un crescendo interminable. Lo empujé al piso, alfombra persa suave bajo mis rodillas, y le bajé el pantalón. Su verga saltó libre, dura y venosa, oliendo a deseo puro. La tomé en la boca, saboreando la sal de su pre-semen, lengua girando alrededor del glande mientras él gruñía, manos enredadas en mi pelo. Esto es mejor que cualquier pasión de Bach, pensé, mientras la música arreciaba con los coros furiosos. Me levantó, nos quitamos todo, piel contra piel en la penumbra, su cuerpo pesado y caliente sobre el mío.
Me abrió las piernas con gentileza, ojos en los míos pidiendo permiso.
"Sí, Javier, métemela ya", supliqué, y entró lento, centímetro a centímetro, llenándome hasta el fondo. El estiramiento ardiente, placentero, me hizo jadear. Empezó a moverse, embestidas profundas que chocaban con mi clítoris, sonidos húmedos mezclándose con el órgano tronante. Sudor perlando su frente, goteando en mi pecho; yo clavándole las uñas en la espalda, oliendo nuestro sexo en el aire, ese almizcle embriagador. ¡Qué chido, no pares! gritaba en mi mente, mientras él aceleraba, caderas chocando con un ritmo que rivalizaba con el allegro de la suite.
Cambié de posición, montándolo como amazona, controlando el vaivén, pechos rebotando, sus manos amasándolos, pellizcando pezones duros como piedras. La música llegó al clímax con un coro exaltado, y yo sentí el mío venir: olas de placer subiendo desde el vientre, contrayéndome alrededor de él.
"Me vengo, Ana, ¡joder!", rugió, y su leche caliente me inundó, pulsos calientes que me llevaron al éxtasis, gritando su nombre mientras el mundo se volvía blanco, cuerpo temblando, piernas flojas.
Nos quedamos así, jadeantes, la aguja del tocadiscos crujiendo al final del vinilo. Su peso sobre mí era reconfortante, piel pegajosa de sudor, corazones latiendo al unísono. Me besó la frente, suave,
"Eres increíble, neta". Rodamos al lado, envueltos en una manta, el aroma de sexo y mezcal flotando. Afuera, la ciudad murmuraba indiferente, pero adentro, las pasiones de Bach seguían resonando en nuestros cuerpos exhaustos.
Al amanecer, con el sol filtrándose por las cortinas, nos despertamos enredados. Preparamos café en su cocina moderna, riéndonos de lo rápido que había pasado todo.
"¿Repetimos con la Pasión según San Juan?", bromeó, guiñándome el ojo. Yo sonreí, sintiendo un nuevo cosquilleo. Esa noche, Bach no solo había avivado pasiones musicales; había encendido las nuestras, reales, carnales, inolvidables. Y supe que esto era solo el principio.