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Que Actor Hizo La Pasion De Cristo En Mi Piel

6580 palabras

Que Actor Hizo La Pasion De Cristo En Mi Piel

Estaba en ese bar chido de Polanco, con luces tenues y música suave de fondo, un martini en la mano helada que me refrescaba la garganta seca. El calor de la noche mexicana me tenía sudando bajo el vestido negro ajustado, pegado a mi piel como una promesa. Yo, Ana, treintañera divorciada y lista para echármelas de loca, escaneaba el lugar buscando algo que me prendiera el fuego que llevaba días acumulando. Y entonces lo vi: alto, moreno, con esa mirada intensa y unos ojos verdes que cortaban como navaja. Parecía sacado de una película, güey, neta que me quedé clavada.

Me acerqué a la barra, fingiendo pedir otro trago, y él volteó. Hola, ¿qué onda? le dije, con mi sonrisa más pícara. Se presentó como Javier, actor de teatro en el DF, con una voz grave que me erizó la nuca. Hablamos de todo: de tacos al pastor en la Condesa, de lo pinche caro que está todo ahora, y de películas que nos volaban la cabeza. Yo, que soy fanática del cine épico, solté de repente: Oye, Javier, ¿qué actor hizo La Pasión de Cristo? Esa película me marcó cañón.

Él se rio bajito, un sonido ronco que vibró en mi pecho. Jim Caviezel, preciosa. Pero esta noche, yo soy el que te va a hacer sentir esa pasión en cada centímetro de tu piel. Sus palabras me cayeron como tequila reposado, ardientes y directas al estómago. Lo miré de arriba abajo: hombros anchos, manos grandes que imaginaba recorriéndome, y un bulto sutil en los jeans que prometía. Chin güey, este vato está pa’l desmadre, pensé, mientras mi pulso se aceleraba y un calor húmedo empezaba a formarse entre mis muslos.

Salimos del bar tomados de la mano, el aire nocturno oliendo a jazmín y escape de coches. Caminamos hasta su depa en una colonia fancy, con vista al skyline. Adentro, todo minimalista: cama king size, sábanas blancas crujientes, velas ya encendidas que parpadeaban sombras en las paredes. Me sirvió un vino tinto, denso y afrutado, que saboreé mientras nos sentábamos en el sofá de cuero suave. Nuestras rodillas se rozaban, y cada roce mandaba chispas por mi espina.

¿Qué carajos estoy haciendo? Hace meses que no me siento así de viva, deseada. Javier me mira como si fuera la única mujer en el mundo, y yo solo quiero que me devore.

Empezó lento, como buen actor. Sus dedos trazaron mi brazo, dejando un rastro de fuego. Eres preciosa, Ana, murmuró, su aliento cálido contra mi oreja, oliendo a menta y hombre. Lo besé primero, mis labios hambrientos contra los suyos carnosos, lenguas danzando en un tango húmedo y salvaje. Sabía a vino y deseo puro. Me levantó en brazos, fuerte como un toro, y me llevó a la cama, donde caí sobre las sábanas frescas que contrastaban con mi piel ardiente.

Acto dos, el despelote gradual. Se quitó la camisa despacio, revelando un pecho velludo y definido, músculos que se contraían bajo la luz ámbar. Yo me incorporé, jalándole el cinturón con urgencia, pero él me detuvo con una mano firme en la muñeca. Tranquila, mami, vamos a saborearlo todo. Me desvistió como si fuera un ritual: el vestido resbaló por mis hombros, exponiendo mis tetas llenas, pezones duros como piedras. Sus labios bajaron por mi cuello, chupando suave, mordisqueando hasta que gemí bajito, un sonido gutural que llenó la habitación.

El olor a su sudor mezclado con mi aroma almizclado de excitación flotaba pesado, embriagador. Sus manos expertas masajearon mis muslos, abriéndolos despacio, dedos rozando mi tanga empapada. Puta madre, ya estoy chorreando por él, pensé, arqueando la espalda. Me quitó la prenda con los dientes, su lengua caliente lamiendo el interior de mis piernas, subiendo hasta mi centro palpitante. Jadeé cuando tocó mi clítoris, círculos lentos que me hicieron retorcer. Sí, Javier, no mames, ahí... Su boca devoró mi coño, succionando jugos dulces, lengua hundiéndose profunda mientras yo tiraba de sus mechones oscuros.

Pero no era solo físico; había algo más. Mientras me lamía, sus ojos subían a los míos, intensos como los de Caviezel en esa película. ¿Qué actor hizo La Pasión de Cristo? Yo, esta noche, te la hago a ti, gruñó contra mi piel, vibrando directo en mi alma. Me volteó boca abajo, nalgas al aire, y sentí su verga dura presionando mi entrada. Entró despacio al principio, centímetro a centímetro, estirándome delicioso. El dolor placer inicial se convirtió en éxtasis puro cuando empezó a bombear, lento y profundo, sus bolas chocando contra mí con palmadas húmedas.

El ritmo subió: yo a cuatro patas, él atrás, agarrando mis caderas con fuerza, uñas clavándose leve. Sudor goteaba de su frente a mi espalda, salado al lamerlo. Gemidos míos altos, suyos roncos, mezclados con el crujir de la cama y el slap slap de carne contra carne. Más duro, cabrón, chingame como si fuera la última vez, le rogué, perdida en la niebla del placer. Cambiamos posiciones: yo encima, cabalgándolo como amazona, tetas rebotando, sus manos amasándolas, pellizcando pezones hasta el borde del dolor exquisito. Sentía su polla gruesa pulsando dentro, rozando mi punto G, ondas de calor subiendo por mi vientre.

La tensión crecía como tormenta: mis paredes se contraían alrededor de él, ordeñándolo, mientras él gruñía Vente conmigo, Ana, déjame sentirte explotar. El clímax llegó como avalancha: yo grité su nombre, cuerpo convulsionando, jugos chorreados por sus muslos, olas y olas de placer que nublaron mi vista. Él se hundió una última vez, corriéndose dentro con un rugido animal, semen caliente llenándome, mezclándose con el mío en un río pegajoso.

Acto final, el afterglow. Colapsamos enredados, pieles pegajosas brillando bajo la luz tenue. Su pecho subía y bajaba contra mi mejilla, corazón latiendo fuerte como tambor. Besos suaves ahora, lenguas perezosas. El cuarto olía a sexo crudo, a nosotros: sudor, semen, esencia femenina. Eres increíble, Javier, susurré, trazando sus abdominales con uñas. Él sonrió, besándome la frente. Y tú, mi pasión privada.

Neta que nunca olvidaré esta noche. ¿Qué actor hizo La Pasión de Cristo? No importa, porque Javier me dio la mía propia, ardiente y eterna.

Nos quedamos así horas, hablando susurros, riendo de tonterías, hasta que el sueño nos venció en brazos del otro. Al amanecer, con el sol filtrándose por las cortinas, supe que esto era solo el principio de algo chingón.

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