Capitulo del Abismo de Pasion Donde Muere Augusto
El sol del atardecer teñía de naranja la hacienda en las afueras de Guadalajara, donde el aire olía a jazmín y tierra húmeda después de la lluvia. Elisa caminaba por el jardín, su vestido ligero de algodón mexicano ondeando con la brisa, pegándose a sus curvas generosas. Hacía meses que no veía a Augusto, su amor prohibido, el hombre que la hacía temblar con solo una mirada. Él era el capataz de la finca vecina, alto, moreno, con manos callosas que prometían placeres intensos. Pero esta noche, todo cambiaría. Lo sentía en el pulso acelerado de su corazón, en el calor que subía por su vientre.
¿Por qué carajos me pongo así con él? se preguntaba Elisa mientras se acercaba al establo donde habían acordado encontrarse. Augusto la esperaba allí, recargado en una viga de madera, su camisa blanca abierta dejando ver el pecho velludo y bronceado. Sus ojos negros la devoraban desde lejos, y ella sintió un cosquilleo en los pezones que se endurecían bajo la tela fina.
—Ven acá, mi reina —murmuró él con esa voz ronca, jalándola hacia sí con fuerza juguetona—. Te extrañé tanto, wey. Mira cómo me tienes.
Elisa rio bajito, un sonido gutural que vibraba en su garganta. Sus labios se encontraron en un beso hambriento, lenguas danzando con sabor a tequila y menta. Las manos de Augusto bajaron por su espalda, amasando sus nalgas redondas, apretándolas contra su entrepierna dura como piedra. Ella jadeó, sintiendo la verga palpitante a través de los jeans ásperos.
—Augusto, mi amor... no aguanto más —susurró ella, mordisqueándole el lóbulo de la oreja. El olor a sudor masculino mezclado con cuero de montura la mareaba de deseo.
La llevó adentro del establo, donde el heno fresco crujía bajo sus pies. La luz mortecina de una lámpara de aceite pintaba sombras danzantes en las paredes. Él la recargó contra un montón de heno suave, levantándole el vestido hasta la cintura. Sus dedos expertas encontraron la tanga empapada, frotando el clítoris hinchado con círculos lentos.
Elisa arqueó la espalda, un gemido escapando de sus labios.
Esto es el abismo, puro fuego que me quema por dentro, pensó, mientras sus jugos corrían por los muslos. Augusto se arrodilló, inhalando su aroma almizclado, ese olor a mujer en celo que lo volvía loco.
—Qué rica hueles, Elisa. Tu panocha es mi perdición —gruñó, lamiendo desde el tobillo hasta el interior del muslo, saboreando la sal de su piel. Su lengua llegó al centro, abriendo los labios vaginales con delicadeza, chupando el botón rosado con succiones que la hacían gritar.
—¡Ay, cabrón! Más fuerte, no pares —suplicó ella, enredando los dedos en su cabello negro revuelto. El sonido húmedo de su boca devorándola llenaba el aire, mezclado con sus jadeos entrecortados. Sus tetas subían y bajaban con cada respiración agitada, pezones duros pidiendo atención.
Augusto se incorporó, desabrochándose los pantalones. Su verga saltó libre, gruesa y venosa, con la cabeza brillante de precum. Elisa la tomó en la mano, sintiendo el calor pulsante, el grosor que apenas cabía en su palma. La masturbó despacio, deleitándose en el gemido gutural que él soltó.
—Te la chuparé hasta que ruegues —dijo ella con picardía mexicana, arrodillándose ahora ella. Su boca lo envolvió, lengua girando alrededor del glande, saboreando el sabor salado y ligeramente amargo. Lo succionó profundo, hasta la garganta, mientras sus manos masajeaban las bolas pesadas. Él gruñó, embistiendo suave en su boca cálida y húmeda.
Pero el deseo era demasiado. La levantó, girándola de espaldas contra el heno. Le bajó la tanga de un tirón, y su verga encontró la entrada resbaladiza. Entró de un solo empujón, llenándola por completo. Elisa gritó de placer, el estiramiento delicioso quemando en lo mejor.
—¡Sí, así, fóllame duro, Augusto! —exigió, empujando las caderas hacia atrás. Él obedeció, clavándose con ritmo salvaje, el sonido de carne contra carne resonando como tambores. Sus manos subieron a amasar las tetas, pellizcando pezones, mientras besaba su cuello sudado.
El sudor les chorreaba por la piel, mezclándose en un olor embriagador de sexo puro. Elisa sentía cada vena de su verga rozando sus paredes internas, el glande golpeando el fondo con cada embestida. Esto es pasión de verdad, no esa mierda de novela, pensó, recordando esas telenovelas que veía con su carnala.
En el clímax de la tensión, Augusto la volteó para mirarla a los ojos. Sus cuerpos se movían en sincronía perfecta, ella envuelta en sus brazos fuertes. El orgasmo la alcanzó primero, un tsunami que la hizo convulsionar, chorros de placer escapando alrededor de su verga. Gritó su nombre, uñas clavadas en su espalda.
—¡Me vengo, wey! ¡No pares!
Él la siguió segundos después, gruñendo como animal, llenándola de semen caliente que goteaba por sus piernas. Colapsaron juntos en el heno, respiraciones entrecortadas, pieles pegajosas unidas.
Pero la noche no terminaba. Después de un rato, con el corazón aún latiendo fuerte, Elisa sacó un cuaderno viejo de su bolso. Era su diario secreto, donde escribía sus fantasías más calientes. Hojeó las páginas y sonrió.
—Mira, amor. Este es el capitulo de abismo de pasion donde muere augusto —leyó en voz alta, riendo—. Lo escribí pensando en ti, imaginando que mueres de placer en mis brazos.
Augusto la miró con ojos brillantes, besándola suave.
Aquí muero yo cada vez que te tengo, mi reina. En este abismo de pasión, pensó él, mientras sus manos volvían a explorar su cuerpo laxo y satisfecho.
Se amaron de nuevo, esta vez lento, saboreando cada caricia. Él la penetró de lado, cucharita en el heno, susurrando guarradas al oído: Tu coñito me aprieta tan chido, Elisa. Eres mi vicio. Ella respondía gimiendo, lamiéndole el cuello salado, sintiendo el roce lento que construía otra ola de placer.
El aire del establo se cargaba de nuevo con sus aromas: semen seco, jugos frescos, sudor fresco. Los caballos relinchaban a lo lejos, como testigos mudos de su éxtasis. Elisa sintió sus paredes contraerse alrededor de él, ordeñándolo hasta la última gota. Esta vez, el orgasmo fue compartido, un estallido silencioso que los dejó temblando.
Acostados bajo las estrellas que asomaban por el techo abierto, Elisa apoyó la cabeza en su pecho. El latido de su corazón era un tambor suave, su piel cálida contra la suya. En este momento, nada más existe. Solo nosotros, este abismo de pasión donde Augusto muere y renace conmigo.
Augusto la abrazó fuerte, inhalando el jazmín en su cabello. —Te amo, morra. Mañana y siempre.
El amanecer los encontró así, entrelazados, con promesas de más noches en ese abismo. El capítulo de abismo de pasion donde muere augusto no era el fin, sino el comienzo de su eternidad ardiente.