En los Brazos del Actor del Diario de una Pasión
Estaba en ese bar chido de la Condesa, en la Ciudad de México, con unas chelas heladas y el corazón latiéndome a mil por hora. Yo, Sofia, una morra de veintiocho pirulos que se la pasa escribiendo cuentos eróticos para un blog que armé hace rato, nunca imaginé que esa noche mi vida daría un vuelco de película. Ahí estaba él, el actor del Diario de una pasión, con esa mirada que te derrite como mantequilla en comal caliente. Ryan Gosling en persona, güey, neta que no lo podía creer. Había venido a México a filmar una serie, decían las chismes en las redes, y por pura chiripa, coincidimos en el mismo antro.
Lo vi desde la barra, platicando con unos cuates, su camisa blanca ajustada marcando esos pectorales que me habían hecho suspirar mil veces viendo la peli. El olor a tequila y cigarros flotaba en el aire, mezclado con el perfume masculino que él desprendía, algo woodsy y fresco que me llegó directo al alma. Me armé de valor, ¿por qué no? Tomé mi chela y me acerqué, sintiendo el piso vibrar con la música de cumbia rebajada.
—Hola, ¿te molesta si me uno? Soy fan tuya desde el Diario de una pasión —le solté, con la voz un poquito temblorosa pero fingiendo seguridad.
Él volteó, sonrió con esa mueca que hace que las rodillas flaqueen, y dijo en un inglés suave con acento canadiense:
—Claro que no, siéntate. ¿De dónde eres?
Ahí empezó todo. Le conté que era de aquí, de la CDMX, que escribía historias calientes inspiradas en pelis como la suya. Reímos, pedimos más tragos, y el roce accidental de su mano en mi brazo mandó chispas por mi piel. Su toque era cálido, firme, como si ya supiera lo que provocaba. Olía a deseo puro, a hombre que sabe lo que quiere.
¿Esto está pasando de veras? El actor del Diario de una pasión aquí, coqueteando conmigo. Neta, mi concha ya palpita solo de imaginarlo encima.
La plática fluyó como río en creciente. Hablamos de la peli, de cómo esa historia de amor eterno me había hecho mojarme más de una noche sola en la cama. Él se rio, pícaro, y me confesó que le gustaba México por la pasión de la gente. "Tú pareces tener mucha", me dijo, mirándome fijo a los ojos. Sentí su aliento cerca, con sabor a mezcal, y mi corazón tronaba como tamborazo zacatecano.
Salimos del bar caminando por las calles empedradas, el viento fresco de la noche rozándonos la piel. Mi departamento estaba cerca, en una colonia hipster con luces tenues y olor a tacos al pastor de la esquina. Lo invité a subir por "un último trago", pero los dos sabíamos que era pretexto. En el elevador, el silencio era espeso, cargado de tensión. Nuestras miradas se cruzaron, y de repente, sus labios estaban en los míos. Beso suave al principio, explorando, luego feroz, con lenguas danzando como en una rumba caliente. Sabía a tequila y a promesas sucias. Sus manos en mi cintura, apretando, bajando a mis nalgas, y yo gimiendo bajito contra su boca.
Entramos tambaleándonos, riendo como pendejos. Cerré la puerta y lo empujé contra la pared del pasillo. Mi blusa voló, su camisa se desabotonó con dedos ansiosos. Su pecho desnudo, suave pero musculoso, olía a sudor limpio y loción. Lamí su piel, sintiendo el salado en mi lengua, mientras él gemía "Dios, Sofia". Me cargó como si no pesara nada y me llevó a la recámara, donde la luz de la luna se colaba por las cortinas, pintando sombras sexys en las sábanas revueltas.
Caímos en la cama, él encima, besándome el cuello, mordisqueando suave. Sus manos expertas desabrocharon mi brasier, liberando mis chichis que él devoró con hambre. Sentí su lengua en mis pezones, círculos húmedos que me arquearon la espalda. ¡Órale, qué chingón besa este wey! Mi mano bajó a su pantalón, sintiendo la verga dura como fierro presionando contra la tela. La saqué, gruesa, venosa, palpitante. La acaricie despacio, oyendo su respiración agitada, el sonido ronco de su placer.
El actor del Diario de una pasión, tocándome como si yo fuera su Noa. Esto es mejor que cualquier fantasía.
Me quitó el short y las calzas de un jalón, exponiendo mi panocha mojada, reluciente. Él se arrodilló, besó mis muslos internos, el olor a mi excitación llenando el cuarto. Su lengua llegó al clítoris, lamiendo con maestría, chupando suave luego fuerte. Grité, agarrando sus cabellos rubios, mis caderas moviéndose solas contra su boca. "¡Sí, así, cabrón!", le urdí, perdida en olas de placer. Introdujo dos dedos, curvándolos justo ahí, el punto G que me hacía ver estrellas. El sonido chapoteante de mi humedad era música obscena, mezclada con mis gemidos y su gruñir satisfecho.
La tensión crecía como tormenta en el desierto sonorense. Quería más, lo necesitaba dentro. Lo volteé, montándome encima, guiando su verga a mi entrada. Lentito, lo fui bajando, centímetro a centímetro, sintiendo cómo me estiraba, me llenaba hasta el fondo. "¡Qué chingona estás!", jadeó él, agarrando mis caderas. Empecé a moverme, cabalgándolo como jinete en palenque, mis chichis rebotando, sudor perlando nuestras pieles. El slap-slap de carne contra carne, el olor almizclado del sexo, el sabor salado cuando lamí su cuello... todo era puro fuego.
Cambié de posición, él detrás, en perrito, embistiéndome profundo. Sus manos en mi clítoris, pellizcando suave, mientras su verga me taladraba. Sentía cada vena rozando mis paredes, el glande golpeando mi cervix con placer dulce-doloroso. "Más fuerte, Ryan, ¡dame todo!", le rogué, y él obedeció, azotándome las nalgas con palmadas que ardían rico. Mi orgasmo vino como avalancha, contrayéndome alrededor de él, gritando su nombre mientras el mundo explotaba en colores. Él siguió, gruñendo, hasta que se corrió dentro, chorros calientes llenándome, su cuerpo temblando contra el mío.
Colapsamos, enredados, respiraciones entrecortadas sincronizándose poco a poco. Su mano acariciaba mi espalda, trazando círculos perezosos, mientras el aroma a sexo y sábanas calientes nos envolvía. Besos suaves en mi frente, mi hombro.
—Eres increíble, Sofia. Como en esa peli, pero real —murmuró, con voz ronca.
Neta, el actor del Diario de una pasión en mi cama, y fue pasión pura. ¿Sueño o qué?
Nos quedamos así horas, platicando bajito de la vida, de sueños locos. Al amanecer, con el sol filtrándose y el tráfico de la ciudad zumbando afuera, nos despedimos con un beso largo, prometiendo más. Salí a la terraza con un café humeante, el cuerpo adolorido deliciosamente, recordando cada toque, cada gemido. Esa noche cambió todo; ahora mis cuentos tienen sabor a él, a pasión eterna mexicana. Y quién sabe, tal vez vuelva, el wey del Diario de una pasión, para otra ronda.