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Pasiones Imágenes

Estaba en mi depa en Polanco, con el sol de la tarde colándose por las cortinas entreabiertas, cuando mi cel sonó con ese zumbido insistente que me hace saltar el corazón. Era un WhatsApp de Javier, ese wey que había sido mi todo hace dos años, antes de que la vida nos mandara por caminos chuecos. Abrí el chat y ¡órale! Ahí estaban: pasiones imágenes que me dejaron con la boca seca. Una foto suya en la playa de Cancún, torso mojado brillando bajo el sol, gotas de mar resbalando por sus abdominales marcados. Otra, más osada, con la mano cubriendo apenas lo justo, mirada fija como si me estuviera retando a devorarlo con los ojos.

Mi pulso se aceleró, sentí ese calor traicionero subiendo por mi pecho hasta mis cachetes. ¿Qué chingados hace este pendejo mandándome esto ahora? pensé, mientras mis dedos temblaban sobre la pantalla. Respondí con un emoji de fuego, pero él no se quedó ahí. Mandó otra: él de espaldas en su gym, músculos tensos, sudor perlando su piel morena. Olía a su colonia favorita en mi mente, esa mezcla de madera y cítricos que siempre me ponía cachonda. Me recosté en el sofá de piel suave, el aire acondicionado zumbando bajito, y dejé que mis manos vagaran un poquito por mi blusa holgada. El roce de la tela contra mis pezones endurecidos me sacó un suspiro.

Estas pasiones imágenes son puro fuego, neta que me están prendiendo como mecha. ¿Y si le digo que venga? ¿Y si no?

El deseo me picaba por dentro, como hormigas calientes recorriendo mi panocha. Hacía meses que no tenía nada serio, solo flirteos en Tinder que no pasaban de besos torpes. Javier era diferente; él sabía cómo hacerme sentir viva, como si cada caricia fuera una promesa de placer infinito. Le mandé mi ubicación: "Ven ya, cabrón. No me hagas esperar."

Llegó en menos de media hora, con esa sonrisa de lado que me deshace las rodillas. Traía una playera ajustada que marcaba cada músculo ganado en el gym, jeans desgastados que colgaban perfectos de sus caderas. El olor a él invadió el recibidor: sudor fresco mezclado con esa colonia que tanto extrañaba. Me jaló contra su pecho, sus labios rozando mi oreja mientras murmuraba: "Te extrañé, mi reina. Esas imágenes te pusieron caliente, ¿verdad?"

Asentí, mi voz saliendo ronca: "Más que caliente, wey. Ven, mira lo que me mandaste." Lo llevé al sofá, abrí el cel y pasamos las fotos una por una, riéndonos nerviosos al principio, pero pronto el aire se cargó de electricidad. Su mano grande cubrió la mía sobre la pantalla, su aliento cálido en mi cuello. Sentí su verga endureciéndose contra mi muslo, dura y palpitante a través de la tela.

El beso empezó lento, como un sorbo de tequila reposado: labios suaves explorando, lenguas danzando con sabor a menta de su chicle. Sus dedos se colaron bajo mi blusa, rozando mi piel erizada, pellizcando suave mis pezones hasta que gemí contra su boca. "Qué rica estás, Ana. Siempre tan suave, tan húmeda para mí." Me quitó la blusa con urgencia controlada, exponiendo mis tetas al aire fresco. Sus ojos se oscurecieron de lujuria mientras lamía un pezón, succionando con esa presión perfecta que me hace arquear la espalda. El sonido húmedo de su boca, mis jadeos entrecortados, todo se mezclaba en una sinfonía de deseo.

Me puse de rodillas frente a él, desabrochando sus jeans con dedos ansiosos. Su verga saltó libre, gruesa y venosa, con ese olor almizclado a hombre excitado que me hace salivar. La tomé en mi mano, sintiendo su calor pulsante, el pulso acelerado bajo mi palma. La lamí desde la base hasta la punta, saboreando la sal de su piel, mientras él gruñía bajito: "Sí, mami, así. Chúpamela como sabes." La metí en mi boca, succionando profundo, mi lengua girando alrededor del glande hinchado. Él enredó sus dedos en mi pelo, guiándome sin forzar, solo acompañando el ritmo que yo marcaba. El sabor salado, el gemido ronco que le arrancaba, todo me empapaba más entre las piernas.

Estas pasiones imágenes palidecen al lado de la real, neta. Lo quiero dentro ya, llenándome hasta reventar.

Me levantó como si no pesara nada, llevándome a la cama king size con sábanas de algodón egipcio que olían a lavanda fresca. Me despojó del short y las tangas de un jalón, exponiendo mi concha depilada, ya brillante de jugos. Se arrodilló entre mis piernas, inhalando profundo: "Hueles delicioso, como miel caliente." Su lengua se hundió en mí, lamiendo mis labios hinchados, chupando mi clítoris con maestría. Sentí cada roce como chispas, mis caderas ondulando solas, el colchón crujiendo bajo nosotros. Gemí fuerte, "¡Javier, no pares, cabrón!" mientras ondas de placer me recorrían, mi primer orgasmo explotando en su boca como fuegos artificiales, jugos salpicando su barbilla.

Pero no paró ahí. Me volteó boca abajo, sus manos amasando mis nalgas firmes, separándolas para besar mi entrada trasera con ternura juguetona. "¿Quieres que te coja así, mi amor?" Asentí, arqueando la espalda, sintiendo la punta de su verga rozando mi humedad. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándome deliciosamente. El sonido de piel contra piel empezó suave, luego se volvió un slap slap rítmico, sudor goteando de su pecho a mi espalda. Olía a sexo puro, a nosotros mezclados: sal, almizcle, pasión desatada.

Cambié de posición, montándolo como amazona fiera. Sus manos en mis caderas, guiándome mientras rebotaba, su verga golpeando profundo mi punto G. Lo miré a los ojos, esos ojos cafés que siempre me hipnotizan, y vi reflejadas todas las pasiones imágenes que habíamos compartido. "Córrete conmigo, Ana. Dame todo." Aceleré, mis tetas saltando, clítoris frotándose contra su pubis peludo. El clímax nos golpeó juntos: yo chillando su nombre, él rugiendo como león, chorros calientes llenándome hasta desbordar, piernas temblando incontrolables.

Caímos exhaustos, enredados en sábanas revueltas, su cabeza en mi pecho oyendo mi corazón galopante. El aire olía a sexo satisfecho, a promesas cumplidas. Me besó el hombro, murmurando: "Esto no fue solo imágenes, mi vida. Es real, nosotros." Sonreí, acariciando su pelo revuelto, sintiendo la paz post-orgásmica extenderse por mi cuerpo como manta tibia.

Pasiones imágenes que se volvieron carne y hueso. ¿Y ahora qué? Neta que no lo suelto esta vez.

Nos quedamos así hasta que el sol se puso, tiñendo la habitación de naranja suave. Sabía que esto era solo el principio, que las pasiones imágenes habían despertado algo más grande, más profundo. Javier era mío otra vez, y yo de él, en cuerpo y alma.

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