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Elenco de Pasión Prohibida

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Elenco de Pasión Prohibida

El calor de los reflectores en los estudios de Televisa me pegaba como una cachetada ardiente. Era mi primer día en el elenco de Pasión Prohibida, la nueva telenovela que todos decían iba a romperla. Yo, Alejandro, un actor de comerciales y novelitas independientes, de repente codeándome con las estrellas. El aire olía a café quemado, maquillaje y ese sudor nervioso que flota cuando todos saben que hay algo grande en juego.

Ahí la vi, Isabella, la protagonista. Salió del camerino con un vestido rojo ceñido que parecía pintado sobre su piel morena, el cabello negro cayéndole en ondas salvajes hasta la cintura. Sus ojos, oscuros como el mole poblano, me clavaron en el sitio. Órale, wey, esta mujer es puro fuego, pensé mientras tragaba saliva. Ella era la reina del elenco, con años de galanes y villanas en su currículum, y yo solo un pendejo novato que apenas empezaba a oler el estrellato.

El director gritó: "¡Acción en la escena del beso!" Nos pusimos en posición bajo las luces que chamuscaban el aire. Su mano rozó mi pecho, y sentí el calor de sus dedos a través de la camisa. Olía a jazmín y a algo más, un aroma femenino que me revolvió las tripas. Nuestros labios se juntaron en el guion, pero ella se quedó un segundo de más, su lengua rozando la mía con una promesa que no estaba escrita.

¿Qué chingados fue eso? Su boca sabe a tequila y miel, neta que me va a volver loco este beso falso.

Al corte, ella se apartó sonriendo, pero sus mejillas ardían. "Buen trabajo, Ale", murmuró con esa voz ronca que me erizó la piel. Yo solo atiné a asentir, sintiendo cómo mi pantalón se apretaba traicionero.

Los días siguientes fueron una tortura deliciosa. Ensayábamos las escenas de celos y reconciliaciones, y cada roce era eléctrico. El elenco murmuraba: "Esos dos tienen química de a madre". Pero entre nosotros, la tensión crecía como tormenta en el desierto sonorense. Isabella estaba comprometida con un productor pendejo que la controlaba, pero en los breaks, me contaba lo infeliz que era. "Es puro negocio, Alejandro. Pero contigo... siento algo real". Sus palabras me calaban hondo, y yo, que siempre fui de amores rápidos, empecé a soñar con ella despierta.

Una noche, después de una toma maratónica, el set se vació. Solo quedamos nosotros recogiendo libretas. El silencio era pesado, roto por el zumbido de los aires acondicionados. Ella se acercó, su aliento cálido en mi cuello. "Ven al camerino, necesito ayuda con el zipper". Mi corazón tronó como tamborazo zacatecano.

Adentro, el espejo reflejaba su espalda desnuda, el vestido a medio bajar. Mis manos temblaron al tocar su piel suave, oliendo a vainilla y deseo. Bajé el cierre despacio, rozando su espinazo con las yemas. Ella giró, sus tetas firmes presionando contra mí. "No pares", susurró, y me jaló por la nuca.

Esto es prohibido, wey. El productor, el elenco, todo el pedo. Pero su cuerpo me llama como sirena en el malecón de Veracruz.

Nuestros besos fueron fieros, lenguas enredadas, saboreando el salado de su sudor. La empujé contra el tocador, sus nalgas chocando con las botellas de perfume que tintinearon. Le arranqué el vestido, exponiendo sus curvas perfectas, pezones duros como piedras de obsidiana. Ella gimió bajito, arañándome la espalda: "¡Sí, cabrón, así!". Mis dedos bajaron por su vientre plano, encontrando el calor húmedo entre sus piernas. Estaba chorreando, lista para mí.

La cargué hasta el sofá viejo del camerino, su risa ronca llenando el aire. "Desnúdate, quiero verte todo", ordenó con ojos de pantera. Me quité la ropa a tirones, mi verga saltando libre, palpitante. Ella la tomó en su mano suave, masturbándome lento mientras lamía mi pecho, mordisqueando hasta dejar marcas. El olor a su excitación me volvía loco, almizclado y dulce como tamarindo fermentado.

Me tendí y ella se montó encima, guiándome adentro con un suspiro largo. Su coño es puro terciopelo caliente, apretándome como no hay otra. Empezó a moverse, caderas ondulando como en las escenas de baile folclórico, pero mil veces más sucias. Yo la agarré de las nalgas, embistiéndola desde abajo, el sonido de carne contra carne retumbando como aplausos en el Auditorio Nacional. Sus tetas rebotaban, y las chupé con hambre, saboreando el salado de su piel sudada.

"¡Más fuerte, Alejandro! ¡Dame todo!", jadeaba ella, clavándome las uñas. Sudábamos a chorros, el aire cargado de nuestros gemidos y el slap-slap rítmico. Sentí su interior contrayéndose, ordeñándome, y ella explotó primero, gritando mi nombre mientras temblaba, jugos calientes empapándonos. Yo no aguanté más; con un rugido, me vine adentro, oleadas de placer cegándome, llenándola hasta rebosar.

Nos quedamos jadeando, enredados en el sofá. Su cabeza en mi pecho, escuchando mi corazón galopante. El aroma de sexo flotaba pesado, mezclado con su perfume. "Esto no fue un error", murmuró, trazando círculos en mi piel. "Al diablo el productor, al diablo las reglas del elenco. Quiero más de esta pasión prohibida".

Yo la besé la frente, oliendo su cabello.

Neta que esto cambia todo. Del set de mentiras a un amor que quema de verdad.
Salimos del camerino de la mano, el pasillo oscuro testigo de nuestro secreto. Mañana seguiría el rodaje, pero ahora cada mirada entre nosotros sería promesa de más noches así.

Pasaron semanas, y la química en pantalla explotó ratings. El elenco sospechaba, pero callaban con sonrisitas picas. Isabella dejó al productor en un escándalo chulo, y nosotros nos mudamos a un depa en Polanco, con vistas al Castillo. Cada noche era un nuevo capítulo: ella gimiendo mi nombre mientras la cogía contra la ventana, el skyline de la CDMX testigo; o yo lamiéndole el clítoris hasta que se deshacía en mis brazos, su sabor adictivo como chapulines con chile.

Una vez, en una locación en Xochimilco, trajineras flotando bajo la luna, nos escabullimos. El agua chapoteaba suave, olor a flores de cempasúchil y tierra mojada. La recosté en la trajinera, abriéndole las piernas. "Aquí, wey, ¿estás loco?", rio ella, pero ya estaba mojada. Lamí su sexo lento, lengua hundida en su calor salado, mientras ella mordía su labio para no gritar. La penetré despacio, el bote meciéndose con nuestros empujones, estrellas reflejadas en sus ojos cuando se vino temblando.

Su placer es mi droga, esta mujer me tiene enganchado pa' siempre.

Al final del rodaje, en la fiesta del elenco, bailamos pegados, sus curvas presionando mi erección. Nadie dijo nada cuando nos fuimos temprano. En casa, hicimos el amor lento, saboreando cada roce, cada suspiro. "Eres mi pasión verdadera, Alejandro", susurró al amanecer, mientras el sol pintaba su piel de oro.

Y así, del elenco de Pasión Prohibida nació nuestro paraíso real. No más guiones falsos, solo nosotros, enredados en un deseo que no tiene fin.

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