Pasión Automotriz Gustavo Baz
El sol de la tarde caía a plomo sobre la avenida Gustavo Baz, en Naucalpan, donde el aire olía a aceite quemado, llantas nuevas y esa gasolina que te hace sentir vivo. Yo, carnal, siempre he sido un pinche adicto a los fierros. Mi Volkswagen Escarabajo tuneado era mi orgullo, con rines de 17, bajada casi raspando el suelo y un motor que rugía como león enjaulado. Ese día llegué al taller de don Chuy, el mero mero de la pasión automotriz Gustavo Baz, buscando unos ajustes en la suspensión para que quedara más chido en las curvas.
Ahí la vi, parada junto a un Mustang rojo fuego, con una llave inglesa en la mano y el overol manchado de grasa abierto hasta la mitad, dejando ver un sostén negro que se ajustaba perfecto a sus chichis firmes. Se llamaba Alexa, una morra de unos 28, con piel morena bronceada, cabello negro recogido en una coleta desordenada y ojos cafés que te clavaban como tornillos.
¿Y este pendejo qué mira tanto?pensé que diría, pero en cambio sonrió, limpiándose el sudor de la frente con el dorso de la mano.
—Órale, wey, ¿qué onda con tu vocho? —me dijo con esa voz ronca, mexicana hasta los huesos, mientras se acercaba contoneando las caderas. El olor a su perfume mezclado con lubricante me pegó directo en la nariz, un combo que me puso la piel de gallina.
Empecé a platicar de mi máquina, de cómo la había levantado de cero, y ella se prendió al tiro. Resulta que Alexa era la mejor afinadora del taller, una chava que sabía más de carburadores que cualquier mecánico culero de por aquí. Tocamos el capó caliente, sentí sus dedos rozar los míos al pasar la mano por el radiador, y ¡pum! una chispita saltó. El corazón me latía fuerte, como el pistón de un V8 a todo galope.
Pasamos la tarde bajo el toldo del taller, con el ruido de las llaves de impacto zumbando de fondo y el sol poniéndose naranja detrás de los edificios. Ella me mostró su Mustang, la pasión automotriz Gustavo Baz hecha mujer. —Siéntate, carnal, prueba el asiento de piel —me dijo, y me subí. El cuero estaba tibio, suave contra mis jeans, y cuando ella se sentó al lado, su muslo rozó el mío. Olía a vainilla y sudor fresco, un aroma que me endureció al instante.
Neta, esta morra es fuego puro. ¿Será que se anima?Mi mente daba vueltas mientras charlábamos de carreras clandestinas en Periférico, de cómo el rugido de un motor te pone la adrenalina hasta el cielo. Sus manos expertas me enseñaban a ajustar un filtro, y cada roce era eléctrico: sus uñas cortas raspando mi piel, el calor de su aliento en mi oreja cuando se inclinaba. —Eres bueno con las manos, ¿eh? —susurró, y su mirada bajaba a mi entrepierna, donde ya se notaba el bulto.
La tensión crecía como presión en un turbo. Le conté de mis sueños de competir en el autódromo, ella de cómo su papá la metió en este mundo de fierros desde morrita. Reíamos, sudábamos juntos bajo el calor residual del día. De pronto, don Chuy gritó que se iba temprano. Quedamos solos, el taller vacío salvo por el eco de una radio ranchera lejana. Ella se paró frente a mí, desabrochó otro botón del overol. —¿Quieres ver cómo acelero de verdad? —dijo, mordiéndose el labio.
Mi pulso tronaba en los oídos. La jalé por la cintura, su cuerpo se pegó al mío, firme y curvilíneo. Sentí sus chichis contra mi pecho, duros como llantas nuevas, y la besé. Sus labios sabían a chicle de menta y deseo puro, su lengua juguetona invadiendo mi boca con hambre. Gemí contra ella, mis manos bajando por su espalda hasta agarrarle el culo redondo, apretándolo como si fuera mi volante favorito.
La llevé al asiento trasero del Mustang, donde el espacio era chiquito pero perfecto para lo que venía. Ella se quitó el overol de un jalón, quedando en tanga negra y sostén, su piel brillando con sudor y grasa. ¡Qué mamadas! pensé, mientras lamía su cuello salado, bajando a sus tetas. Las chupé con ganas, mordisqueando los pezones cafés erectos, que se ponían más duros con cada succionada. Ella arqueaba la espalda, gimiendo bajito: —¡Ay, wey, no pares! ¡Así, cabrón!
Sus manos me desabrochaban el cinto, metiéndose en mis boxers para sacar mi verga tiesa como barra de torque. La masturbó lento, sintiendo cada vena pulsar bajo sus dedos callosos de tanto jalar fierros.
Esta chava sabe manejar, me dije, mientras yo metía la mano en su tanga empapada. Estaba chorreando, caliente y resbalosa, su clítoris hinchado pidiendo atención. La froté en círculos, escuchando sus jadeos roncos, oliendo su excitación almizclada que llenaba el auto como escape de nitro.
La tensión era brutal, como esperar el verde en una salida parada. La puse a cuatro patas en el asiento, su culo en pompa invitándome. Le quité la tanga, admirando su coño depilado, rosado y jugoso. Entré despacio, centímetro a centímetro, sintiendo cómo me apretaba, caliente y húmeda. —¡Qué rico, pinche verga dura! —gritó ella, empujando contra mí. Empecé a bombear, el carro meciéndose con cada estocada, el cuero crujiendo, nuestros cuerpos chocando con palmadas húmedas.
El ritmo subió, fuerte y rápido, como un motor a 8000 RPM. Sudábamos a chorros, el olor a sexo crudo mezclándose con el cuero y el aceite. Le jalé el pelo suave, ella clavaba las uñas en mis muslos. ¡Más, cabrón, rómpeme! gemía, y yo la daba todo, sintiendo sus paredes contraerse alrededor de mi pija. Mi mente era un torbellino:
Esto es la neta de la pasión automotriz Gustavo Baz.
El clímax llegó como explosión de motor. Ella se vino primero, temblando, gritando mi nombre con voz quebrada, su coño ordeñándome. Yo la seguí, descargando chorros calientes dentro de ella, el placer cegador, pulsos interminables. Nos quedamos pegados, jadeando, el carro quieto por fin.
Después, recostados en el asiento, con las ventanillas empañadas y el aire fresco de la noche entrando, fumamos un cigarro compartido. Su cabeza en mi pecho, escuchando mi corazón bajar revoluciones. —Neta, wey, esto fue chingón —dijo ella, trazando círculos en mi piel con el dedo. Yo la besé la frente, oliendo su cabello mezclado con nuestro sudor.
Hablamos de volver a vernos, de carreras juntos, de más noches en fierros calientes. Gustavo Baz se sentía ahora nuestro territorio, marcado por esta pasión automotriz que iba más allá de los motores. Me fui caminando a mi vocho, con las piernas flojas y una sonrisa pendeja, sabiendo que acababa de encontrar mi nueva adicción.