Tierra de Pasiones Diana Palmer
El sol del mediodía caía a plomo sobre la Tierra de Pasiones, esa hacienda perdida en las llanuras de Nuevo León donde la tierra roja se mezclaba con el aroma intenso de los mezquites y el eco lejano de los corrales. Tú, un vaquero curtido llamado Mateo, acababas de llegar de un arreo largo, con el cuerpo empapado en sudor que olía a cuero viejo y caballo. La camisa pegada a tu pecho musculoso, los jeans raídos marcando cada curva de tus piernas fuertes. Habías oído hablar de ella, de Diana Palmer, la gringa que compró la hacienda hace unos meses y la convirtió en su paraíso personal. Decían que era una escritora de novelas románticas, pero los rumores en el pueblo pintaban otra historia: una mujer de fuego, con ojos verdes que devoraban y labios que prometían pecados.
La viste por primera vez cruzando el patio principal, montada en un caballo azabache. Su melena rubia suelta al viento, un sombrero vaquero ladeado sobre la frente. Vestía una blusa blanca semitransparente que dejaba adivinar los pezones duros bajo la tela, y unos pantalones ajustados que abrazaban sus caderas anchas como un guante. Carajo, qué mujer, pensaste, mientras el corazón te latía como tambor en el pecho. Ella desmontó con gracia felina, el polvo levantándose a su alrededor, y te miró directo a los ojos.
«¿Quién eres tú, el nuevo capataz que me recomendaron? Pareces saber de tierras... y de pasiones», dijo con esa voz ronca, acento texano mezclado con un español aprendido en las novelas que escribía.
—Soy Mateo, señora Palmer. A sus órdenes en esta Tierra de Pasiones —respondiste, quitándote el sombrero, sintiendo el pulso acelerado en las sienes. Su perfume llegó hasta ti: jazmín salvaje y algo más profundo, como almizcle de mujer deseosa. Te tendió la mano, y al tocarla, un chispazo eléctrico recorrió tu espina dorsal. Su piel era suave, cálida, contrastando con tus callos ásperos. Se quedó un segundo de más, sus dedos rozando los tuyos, y en ese instante supiste que la tensión entre ustedes era como la calma antes de la tormenta de verano.
Los días siguientes fueron un juego de miradas y roces casuales. Diana te pedía que la llevaras a recorrer la hacienda, cabalgando lado a lado por senderos polvorientos. El sol quemaba, el viento traía olores a tierra fértil y flores silvestres. Esta tierra de pasiones me llama, Mateo. No solo la tierra... tú también, confesó una tarde, mientras desmontaban cerca de un arroyo. Sus ojos brillaban con un hambre que te hacía hervir la sangre. Tú sentías el calor subiendo desde tu entrepierna, la verga endureciéndose contra el cuero del sillín.
«No mames, Diana, me traes de cabeza. Eres como un imán, wey», le dijiste riendo nervioso, pero ella se acercó, su aliento cálido en tu cuello.
—Llámame Diana, nada de señora. Y yo siento lo mismo, Mateo. Esta tierra despierta todo en mí... el deseo, la necesidad de tocar, de probar —susurró, su mano deslizándose por tu brazo, sintiendo los músculos tensos bajo la camisa sudada. El sonido del agua corriendo era hipnótico, mezclado con el zumbido de las abejas y el latido de tu corazón. Te besó entonces, un beso lento, exploratorio, sus labios carnosos saboreando los tuyos como tequila añejo: dulce, ardiente, con un toque salado de sudor. Tus lenguas se enredaron, húmedas y urgentes, mientras tus manos subían por su espalda, apretándola contra ti. Olía a sol y a mujer en celo, ese aroma almizclado que te volvía loco.
La tensión creció como la marea en la noche. Esa misma tarde, en el granero principal, donde el heno fresco crujía bajo los pies y el aire estaba cargado de olor a madera vieja y estiércol seco, las cosas escalaron. Habías ido a revisar las sillas de montar, y ella apareció en la puerta, iluminada por los rayos de sol que se colaban por las rendijas. Se había cambiado: un vestido ligero de algodón que caía suelto, pero que al moverse dejaba ver las curvas generosas de sus senos y el triángulo oscuro entre sus muslos. Órale, esta chava me va a matar, pensaste, mientras tu polla se ponía dura como piedra, presionando dolorosamente contra los jeans.
—Mateo, no aguanto más. Quiero sentirte, todo de ti —dijo ella, avanzando con pasos felinos. Sus manos temblaban ligeramente al desabotonar tu camisa, revelando tu pecho velludo y bronceado. Tocó tus pezones con las yemas de los dedos, enviando ondas de placer directo a tu verga. Tú respondiste arrancándole el vestido de un tirón suave, quedando desnuda ante ti: pechos plenos con aureolas rosadas, vientre plano marcado por el sol, y entre las piernas un nido de vello rubio que brillaba húmedo.
«¡Qué rica estás, Diana! Me muero por comerte entera», gruñiste, arrodillándote para besar su ombligo, bajando hasta lamer el interior de sus muslos. Ella jadeó, el sonido ronco y animal, mientras sus manos se enredaban en tu pelo.
Su sabor era divino: salado y dulce, como mango maduro mezclado con miel de abejas silvestres. Lamiste su clítoris hinchado, chupando con avidez mientras ella gemía «¡Sí, así, cabrón, no pares!». Sus jugos corrían por tu barbilla, calientes y viscosos. La pusiste de pie contra una viga, levantándola para que envolviera tus caderas con sus piernas fuertes. Desabrochaste los jeans, liberando tu verga gruesa y venosa, palpitante de necesidad. Ella la tomó en su mano suave, masturbándote lento, el prepucio subiendo y bajando con un sonido húmedo que te volvía loco.
—Métemela ya, Mateo. Quiero sentirte adentro, profundo —suplicó, guiándote a su entrada resbaladiza. Entraste de un empujón suave, centímetro a centímetro, sintiendo sus paredes calientes apretándote como un guante de terciopelo. El placer era cegador: el roce ardiente, el slap-slap de vuestras pieles chocando, sus tetas rebotando contra tu pecho. Olía a sexo puro, a sudor mezclado con su esencia femenina. La embestiste con ritmo creciente, cada thrust más fuerte, sus uñas clavándose en tu espalda, dejando surcos rojos que ardían deliciosamente. Esto es la tierra de pasiones, carajo, Diana Palmer me ha convertido en su esclavo, pensaste en medio del frenesí.
Cambiaron posiciones como animales en celo: ella encima, cabalgándote en el heno, sus caderas girando en círculos que te hacían ver estrellas. Sus gemidos llenaban el granero —«¡Chíngame más duro, wey! ¡Sí, joder!»—, el sudor goteando de su frente a tus labios. Tú la volteaste a cuatro patas, admirando su culo redondo y firme, azotándolo suave para oírla chillar de placer. La penetrabas desde atrás, profundo, tocando su punto G con cada embestida, mientras tu mano bajaba a frotar su clítoris hinchado. El clímax llegó como un rayo: ella se corrió primero, su concha contrayéndose en espasmos que ordeñaban tu verga, gritando tu nombre con voz quebrada. Tú la seguiste segundos después, explotando dentro de ella en chorros calientes y espesos, el placer tan intenso que viste blanco.
Colapsaron juntos en el heno, jadeantes, cuerpos enredados y pegajosos de sudor y fluidos. El sol del atardecer teñía todo de oro, el aire fresco trayendo olores a tierra calmada después de la lluvia. Diana se acurrucó contra tu pecho, su cabeza en tu hombro, trazando círculos perezosos en tu piel con un dedo.
«Esto es lo que buscaba en la Tierra de Pasiones, Mateo. No solo la tierra... tú, este fuego que no se apaga», murmuró, besándote el cuello con ternura.
Tú la abrazaste fuerte, sintiendo la paz profunda, el corazón latiendo en sintonía con el de ella. Quién iba a decir que Diana Palmer, la reina de las novelas, me daría la pasión más real de mi vida. Afuera, los grillos empezaban su coro nocturno, y la hacienda parecía susurrar promesas de más noches así, en esta tierra donde las pasiones nunca mueren.