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Cañaveral de Pasiones Capítulo 71 Llamas en la Caña

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Cañaveral de Pasiones Capítulo 71 Llamas en la Caña

El sol del mediodía caía a plomo sobre el cañaveral de San Cristóbal, en las faldas de Veracruz, donde las cañas altas se mecían como amantes en secreto, susurrando promesas con el viento caliente. Ana María, con su piel morena brillando de sudor, cortaba las varas con el machetazo preciso de quien ha nacido para eso. Llevaba una blusa ajustada, empapada que se pegaba a sus curvas generosas, y un short raído que dejaba ver sus muslos firmes. Tenía veintiocho años, viuda joven desde hacía dos, y el cuerpo le ardía no solo por el calor, sino por el recuerdo de noches solitarias.

Órale, wey, pensó, limpiándose el sudor de la frente con el dorso de la mano. Este cañaveral de pasiones capítulo 71 de mi pinche vida ya me tiene hasta la madre. Javier, el capataz nuevo, alto y moreno como el café de la costa, la rondaba desde hace semanas. Sus ojos color miel la devoraban cada vez que pasaban cerca, y ella, aunque fingía indiferencia, sentía un cosquilleo en el vientre que la hacía apretar las piernas.

Él apareció entre las cañas, machete en mano, camisa abierta dejando ver el pecho velludo y musculoso. ¡Qué chulo! El olor a tierra húmeda y savia fresca se mezclaba con su aroma varonil, a jabón de coco y sudor limpio. "Ana, ¿ya te cansaste, mamacita? Ven, ayúdame con este montón", dijo con voz ronca, sonriendo de lado. Ella se acercó, el corazón latiéndole como tambor de son jarocho. Sus manos se rozaron al pasar las cañas, y fue como chispa en pólvora seca. El toque fue eléctrico, piel contra piel áspera por el trabajo, pero suave en los puntos donde el deseo ya humedecía.

Se miraron, el aire cargado de tensión. "Javier, no seas pendejo, aquí nos pueden ver", murmuró ella, pero su voz traicionaba el anhelo. Él se acercó más, su aliento cálido en su cuello. "Nadie viene por acá al mediodía, reina. Solo tú y yo, en este mar verde". La tomó de la cintura, fuerte pero gentil, y la jaló contra su cuerpo duro. Ana jadeó, sintiendo la erección presionando su vientre. Olía a él, a hombre puro, y el vértigo la invadió.

¿Qué chingados estoy haciendo? Pero neta, lo quiero tanto... hace meses que no siento esto.

Acto primero: la chispa. Sus labios se encontraron en un beso hambriento, lenguas danzando como serpientes en la caña. Sabían a sal y a jugo de caña recién exprimido. Javier la recargó contra un tallo grueso, las hojas rasguñando su espalda a través de la blusa. Manos expertas subieron por sus muslos, amasando la carne suave, mientras ella enredaba los dedos en su pelo negro y revuelto.

El viento susurraba secretos, las cañas crujían como testigos mudos. Ana sintió el calor subirle desde el pecho, pezones endureciéndose contra la tela húmeda. Javier gruñó bajito, mordisqueando su oreja. "Estás rica, Ana, como tamal en fiesta". Ella rió suave, pero el riso se convirtió en gemido cuando él deslizó la mano bajo su short, encontrando el calor húmedo entre sus piernas. Dedos juguetones rozaron el clítoris hinchado, y ella arqueó la espalda, el mundo reduciéndose a ese toque.

La llevó más adentro del cañaveral, donde las cañas formaban un túnel verde y privado. Se tumbaron sobre un lecho de hojas secas y tierra blanda, el suelo cálido como piel febril. Javier le quitó la blusa con urgencia, exponiendo sus senos plenos, oscuros pezones erguidos como botones de cacao. Los lamió con devoción, succionando hasta que ella gritó bajito, "¡Ay, cabrón, sí!". El sabor salado de su piel lo enloqueció, y el sonido de sus jadeos era música más dulce que cualquier jarana.

Acto segundo: la hoguera. Ana le bajó el pantalón, liberando su verga gruesa y venosa, palpitante de necesidad. La tomó en la mano, sintiendo el pulso acelerado, la piel aterciopelada sobre acero. "Qué pinga tan chida, Javier", susurró, masturbándolo lento mientras él gemía contra su cuello. Olía a sexo inminente, almizcle mezclado con el dulzor de la caña. Él le arrancó el short, y ella abrió las piernas, invitándolo con la mirada ardiente.

Pero no entraron aún. Querían saborear. Javier se hundió entre sus muslos, lengua experta lamiendo los labios hinchados, sorbiendo el néctar que fluía abundante. Ana se retorcía, uñas clavándose en la tierra, el placer como olas del Golfo azotándola. ¡Virgen de Guadalupe, esto es el paraíso! Gritó su nombre, caderas alzándose para más. Él chupaba el clítoris con hambre, dedos curvándose dentro de ella, tocando ese punto que la hacía ver estrellas.

Ella lo volteó, montándolo a horcajadas. Su boca envolvió la punta, saboreando el pre-semen salado, bajando hasta la garganta mientras él juraba en voz baja, "¡Puta madre, Ana, me vas a matar!". El sonido húmedo de succión llenaba el aire, mezclado con sus respiraciones agitadas. Lo lamió por el tronco, bolas pesadas en su palma, hasta que él la jaló arriba, desesperado.

No aguanto más, carnal. Quiero sentirte dentro, romperme en pedazos.

Se posicionó sobre él, guiando la verga a su entrada resbaladiza. Bajó lento, centímetro a centímetro, gimiendo por la plenitud. Estirada al límite, paredes vaginales apretándolo como guante. Javier la tomó de las caderas, embistiendo arriba con fuerza controlada. El choque de pieles era palmada rítmica, sudor volando, pechos rebotando. El cañaveral temblaba con ellos, cañas azotándose como en tormenta.

Cambiaron posiciones: él encima, misionero profundo, mirándose a los ojos. "Te quiero, Ana, desde el primer día", confesó entre jadeos. Ella envolvió las piernas en su cintura, uñas arañando su espalda. "Yo también, wey, fóllame duro". El ritmo aceleró, pistoneando feroz, el olor a sexo crudo impregnando todo. Ella sintió el orgasmo subir, como volcán, músculos contrayéndose alrededor de él.

Acto tercero: la explosión. "¡Me vengo, Javier!", gritó, cuerpo convulsionando, jugos empapando sus unidos sexos. Él la siguió segundos después, rugiendo como tigre, semen caliente llenándola en chorros potentes. Se quedaron pegados, pulsos latiendo al unísono, respiraciones entrecortadas. El afterglow fue dulce: besos suaves, caricias perezosas en la piel empapada. El sol filtrándose verde a través de las cañas los bañaba en luz esmeralda.

Ana recargó la cabeza en su pecho, escuchando el corazón galopante calmarse. Olía a ellos, mezcla perfecta de pasión y tierra mexicana. "Esto fue chingón, ¿verdad?", murmuró él, besándole la frente. Ella sonrió, trazando círculos en su abdomen. "Más que chingón, amor. Como el capítulo 71 de un cañaveral de pasiones que no acaba".

Se vistieron lento, robándose besos, prometiendo más encuentros en ese laberinto verde. El viento llevó sus risas, y el cañaveral guardó el secreto, testigo eterno de su fuego. Ana caminó de regreso con paso ligero, el cuerpo saciado pero el alma anhelando ya la próxima entrega. En este rincón de Veracruz, las pasiones no mueren; solo se avivan.

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