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Cuáles Son Las Pasiones Humanas

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Cuáles Son Las Pasiones Humanas

La noche en la Roma estaba viva, con ese bullicio de bares y terrazas que hacen que el corazón lata más rápido. Yo, Marco, un pendejo de treinta y tantos que trabaja en una agencia de diseño, había salido con los cuates a echar la chela después de una semana de puro estrés. El aire traía olor a tacos al pastor y a jazmín de los balcones, y la música de un mariachi lejano se mezclaba con el reggaetón que salía de algún antro cercano. Ahí la vi: Sofia, con su vestido rojo ceñido que marcaba curvas como si fueran invitaciones directas. Pelo negro suelto, ojos cafés que brillaban bajo las luces neón, y una sonrisa que decía órale, ven pa'cá.

Me acerqué a la barra, pedí dos chelas y le ofrecí una. ¿Qué onda? le dije, tratando de sonar casual. Ella volteó, me midió de arriba abajo y soltó una risa que me erizó la piel.

—Neta, güey, qué directo. Pero me caes bien. Soy Sofia, ¿y tú?
Charlamos de pendejadas: del tráfico en Insurgentes, de lo caro que está todo en la Condesa, pero entre líneas se sentía esa electricidad, como si el aire se cargara de algo más. Yo pensaba en voz baja para mis adentros: ¿Cuáles son las pasiones humanas? ¿Esta atracción que te jala como imán? Su perfume, un mezcle de vainilla y algo picante, me llegaba directo al cerebro.

La tensión crecía con cada sorbo. Nuestras rodillas se rozaban bajo la mesa alta, y cada roce era como una chispa. Ella se inclinaba, y yo veía el escote que dejaba ver la curva de sus chichis, firmes y tentadoras. No mames, pensé, esto va pa'rriba. Le conté de mi vida, de cómo el diseño me apasiona pero a veces me deja seco, y ella habló de su chamba en una galería de arte en Polanco, de cómo pinta desnudos que exploran el cuerpo humano.

—Las pasiones humanas son lo que más me intriga —dijo, con la voz ronca—. ¿Cuáles son, Marco? ¿El deseo? ¿El poder?
Su mano rozó la mía, y sentí el calor de su palma, suave pero firme. El corazón me martilleaba en el pecho, y bajito en la entrepierna ya se notaba el bulto.

Salimos a caminar por las calles empedradas, el viento fresco de la noche nos envolvía. Paramos en un parque chiquito, con bancos bajo árboles que olían a tierra húmeda después de la llovizna de la tarde. Nos sentamos cerca, demasiado cerca. Su muslo presionaba el mío, y cuando volteó a verme, sus labios entreabiertos invitaban. ¿Y si la beso? me dije. No esperé respuesta. La acerqué por la nuca, sentí sus cabellos sedosos entre mis dedos, y la besé. Dios, qué beso. Su boca sabía a tequila con limón, dulce y agria, su lengua juguetona se enredó con la mía como si lleváramos años practicando. Gemí bajito, y ella respondió con un suspiro que me puso la piel de gallina.

Chingao, Sofia, me estás volviendo loco —le murmuré al oído, oliendo su cuello que sabía a sal y deseo.

—Pues ven, explórame. Veamos cuáles son las pasiones humanas de verdad.

La llevé a mi depa en la Narvarte, no muy lejos. En el Uber, sus manos ya andaban traviesas: me acariciaba el paquete por encima del pantalón, sintiendo cómo se ponía dura mi verga. Yo le metí mano por el vestido, toqué sus muslos suaves, subí hasta sus calzones húmedos. Está mojada pa' mí, pensé, y el pulso se me aceleró como tamborazo en fiesta. Llegamos, subimos las escaleras a trompicones, riéndonos como chavos.

Adentro, cerré la puerta y la arrinconé contra la pared del pasillo. Le quité el vestido de un jalón, ¡qué chula! Lencería negra, tanguita que apenas cubría su panocha depilada, sostén que empujaba sus tetas perfectas. La besé el cuello, lamí su clavícula, bajé a mamarle un pezón rosado que se endureció en mi boca. Sabía a piel caliente, a sudor ligero y loción. Ella jadeaba, ¡ay, wey, qué rico! Sus uñas me arañaban la espalda por encima de la camisa, enviando ondas de placer doloroso.

La cargué al cuarto, la tiré en la cama king size que crujió bajo su peso. Me desnudé rápido, mi verga parada como bandera, gruesa y venosa, goteando pre-semen. Ella se lamió los labios, se quitó el sostén y la tanga, abriendo las piernas para mostrarme su concha rosada, hinchada y brillante de jugos. Las pasiones humanas son esto, me dije, este hambre que no se sacia. Me tiré encima, piel contra piel, su calor me envolvía. Besos húmedos, lenguas batallando, manos explorando cada curva. Le chupé las tetas, mordí suave, bajé por su panza tersa hasta su ombligo, luego más abajo.

Le abrí las piernas, olí su aroma almizclado, excitante como feromonas puras. Lamí su clítoris, pequeño botón que palpitaba, saboreé sus labios mayores jugosos.

—¡Marco, no pares, cabrón! ¡Qué sabroso!
Metí la lengua adentro, follándola con ella mientras mis dedos jugaban con su ano apretado. Ella se retorcía, las sábanas se enredaban en sus pies, gemidos que llenaban el cuarto como música prohibida. Su primer orgasmo llegó rápido: cuerpo tenso, muslos temblando alrededor de mi cabeza, un chorro dulce que me empapó la cara. ¡Qué chingón!

Pero no paré. La puse de rodillas, le comí el culo un rato, lengua en su hoyito mientras le metía dos dedos en la panocha. Ella empujaba contra mí, pidiendo más. Esto es el fuego humano, pensé, el deseo crudo. Me paré, le puse la verga en la boca. Sofia la tomó ansiosa, mamándola profunda, saliva chorreando por las bolas. Sentí su garganta apretarme, ojos mirándome con lujuria pura. ¡Qué mamada, Sofia! Casi me vengo, pero me aguanté.

La volteé boca abajo, le abrí el culo y le escupí en la concha. Empujé mi verga despacio, sintiendo cómo su calor me tragaba centímetro a centímetro. Tan apretada, tan caliente. Empecé a bombear, lento al principio, piel chocando con un plaf plaf húmedo. Ella gemía en la almohada,

¡Más duro, pendejo! ¡Fóllame como hombre!
Aceleré, agarrándole las caderas, viendo su culo rebotar. Sudor nos corría por la espalda, el cuarto olía a sexo puro, a semen y jugos mezclados. Cambiamos: ella encima, cabalgándome como jinete en rodeo. Sus tetas saltaban, yo las amasaba, pellizcaba pezones. Sus paredes me ordeñaban, y sentí el clímax subir.

—Me vengo, Sofia...

—¡Dentro, cabrón! Lléname...

Exploté, chorros calientes llenándola, su concha contrayéndose en otro orgasmo. Gritamos juntos, cuerpos temblando, pegados en éxtasis. Colapsamos, jadeando, piel pegajosa de sudor y fluidos. La abracé, besé su frente húmeda, sentimos los corazones latir al unísono.

Después, tumbados en la cama revuelta, con la luna colándose por la ventana, fumamos un cigarro —ella pitando como diosa—. ¿Cuáles son las pasiones humanas? pensé, trazando círculos en su vientre.

—El deseo, el placer compartido, la conexión —murmuró ella, como leyéndome la mente—. Esto, Marco. Puro y chingón.
Reímos bajito, nos enredamos en plática hasta el amanecer. No fue solo sexo; fue descubrir que las pasiones nos hacen vivos, nos unen en la noche mexicana. Y quién sabe, quizás mañana volvamos a explorarlas.

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