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Pasión Prohibida Capítulo 5 El Susurro del Pecado

7088 palabras

Pasión Prohibida Capítulo 5 El Susurro del Pecado

El calor de la noche en Polanco me envolvía como un amante impaciente. Las luces de los restaurantes fancy parpadeaban a lo lejos, pero yo solo tenía ojos para la puerta del hotel boutique donde Marco me esperaba. Pasión prohibida, capítulo 5, pensé mientras subía las escaleras, mi corazón latiendo como tamborazo en una fiesta de pueblo. Ya no era la Ana buena, la esposa perfecta de Javier. No, esa noche era la puta en celo que se moría por sentir su verga dura dentro de mí.

Entré a la suite y ahí estaba él, recargado en la barra del minibar, con esa camisa blanca desabotonada que dejaba ver su pecho moreno y velludo. Olía a colonia cara mezclada con sudor fresco, ese aroma que me hacía mojarme al instante.

"Ven acá, nena", murmuró con esa voz ronca que me erizaba la piel. "Te extrañé como pendejo."
Me acerqué, sintiendo el roce de mi vestido negro contra mis muslos, el encaje de mi tanga ya empapado.

Sus manos grandes me tomaron de la cintura, jalándome contra su cuerpo firme. Sentí su erección presionando mi vientre, dura como fierro. ¡Ay, wey, cómo me prende este cabrón! Nuestros labios se chocaron en un beso salvaje, lenguas enredándose con sabor a tequila y deseo puro. Mordí su labio inferior, saboreando la sal de su piel, mientras sus dedos se clavaban en mis nalgas, amasándolas con hambre.

Me levantó en volandas y me aventó a la cama king size, las sábanas de algodón egipcio crujiendo bajo mi peso. Se quitó la camisa de un jalón, revelando esos abdominales marcados de tanto gym. Yo me incorporé de rodillas, ansiosa, y le desabroché el cinturón con dientes, oyendo el tintineo metálico que me ponía más caliente. Su verga saltó libre, gruesa y venosa, apuntándome como arma cargada. ¡Qué chulada de pito! La tomé en mi mano, sintiendo el calor pulsante, las venas latiendo contra mi palma sudorosa.

Empecé a mamársela despacio, saboreando el gusto salado de su prepucio, mi lengua girando alrededor del glande hinchado. Marco gemía bajito,

"Así, chula, trágatela toda."
Empujé más profundo, sintiendo cómo me llegaba al fondo de la garganta, las arcadas mezclándose con el placer de complacerlo. El sonido húmedo de mi boca chupando llenaba la habitación, junto con su respiración agitada y el zumbido del aire acondicionado.

Pero no era solo físico. En mi cabeza, la culpa y la excitación bailaban ranchera. Javier, mi esposo, era un buen wey, pero soso en la cama, como pan sin sal. Marco, en cambio, era fuego puro, el cuate de la infancia que se había convertido en mi vicio secreto. Esto es prohibido, pero ¿y qué? Me hace sentir viva, carajo. Sus manos enredaron en mi pelo, guiándome el ritmo, y yo me dejaba llevar, mis pezones endurecidos rozando contra la tela del vestido.

De pronto, me jaló hacia arriba y me volteó de panzazo.

"Quítate eso, quiero verte desnuda."
Me arranqué el vestido, quedando solo en tanga y tacones. El aire fresco besó mi piel arrebolada, mis chichis grandes balanceándose libres. Marco se hincó detrás de mí, besando mi espalda desde las hombros hasta las nalgas, su aliento caliente erizándome cada poro. Olía mi excitación, ese musk dulce de panocha mojada.

Sus dedos apartaron la tanga y tocaron mi clítoris hinchado, frotándolo en círculos lentos. ¡Madre santa, qué rico! Gemí fuerte, arqueando la espalda, sintiendo chispas de placer subiendo por mi espina. Introdujo dos dedos gruesos en mi concha chorreante, bombeando adentro y afuera con sonidos chapoteantes. Estaba empapada, lista para él. Me masturbó así un rato, alternando con lamidas profundas, su lengua plana lamiendo desde el ano hasta el botón, saboreándome como tamal recién hecho.

La tensión crecía, mis muslos temblando, el sudor perlando mi frente. Quería correrme ya, pero él se detuvo, riendo malicioso.

"Aún no, mamacita. Quiero que ruegues."
Me volteó boca arriba y se trepó encima, su verga rozando mi entrada sin penetrar. Lo miré a los ojos, oscuros y lujuriosos, y supliqué:
"Cógeme, Marco, métemela toda, por favor."
Sonrió triunfante y empujó de un solo golpe, llenándome hasta el fondo.

¡Dios mío, qué estirada tan deliciosa! Su pito me abría en dos, tocando spots que Javier ni sabía que existían. Empezó a bombear lento, profundo, cada embestida haciendo que mis tetas rebotaran y mis uñas se clavaran en sus hombros. El slap-slap de piel contra piel resonaba, mezclado con nuestros jadeos y el crujir de la cama. Olía a sexo crudo, sudor y feromonas, ese perfume primal que enloquece.

Aceleró el ritmo, clavándome con furia, sus bolas golpeando mi culo. Yo envolví mis piernas alrededor de su cintura, clavando tacones en su espalda. ¡Más fuerte, cabrón, rómpeme! Gritaba en mi mente, mordiéndome los labios para no despertar a los vecinos. Sus manos amasaban mis chichis, pellizcando pezones hasta doler rico, enviando ondas de placer directo a mi coño.

Pero en medio del frenesí, la duda me pinchó.

¿Y si Javier se entera? ¿Y si nos cachan?
Marco lo sintió, aminoró y me besó tierno.
"Shh, nena, solo tú y yo. Esto es nuestro."
Ese momento de conexión emocional me derritió más que el sexo. Volvimos al trote salvaje, yo cabalgándolo ahora, sentada encima, mis caderas girando como en baile de salón. Su verga entraba y salía, frotando mi G-spot, el jugo chorreando por sus huevos.

El clímax se acercaba como tormenta en el desierto. Sentía el calor subiendo desde mi vientre, mis paredes contrayéndose alrededor de su grosor. ¡Ya vengo, wey! Grité cuando exploté, oleadas de éxtasis sacudiéndome, mi concha ordeñando su pito en espasmos. Marco gruñó como bestia, hinchándose más y soltando chorros calientes dentro de mí, pintándome las entrañas de su leche espesa.

Colapsamos juntos, jadeantes, piel pegajosa de sudor. Su peso sobre mí era reconfortante, su corazón galopando contra mi pecho. Besos suaves post-sexo, lenguas perezosas. Olía nuestra mezcla, semen y jugos en las sábanas revueltas. Pasión prohibida, capítulo 5, y aún hay más por escribir.

Nos duchamos después, bajo el chorro caliente que lavaba el pecado pero no el deseo. Sus manos jabonosas recorrían mi cuerpo, reviviendo chispas.

"Eres adictiva, Ana. No puedo parar de quererte."
Yo sonreí, saboreando el agua en sus labios.
"Ni yo, amor prohibido."

Al amanecer, nos despedimos con un beso robado en el lobby, promesas de capítulo 6. Salí al sol de México, piernas flojas, coño adolorido pero feliz. Javier me esperaba en casa, ajeno a todo. Pero yo cargaba el secreto en mi piel, en mi sonrisa pícara. Esta pasión prohibida me consumía, pero valía cada riesgo, cada suspiro ahogado. ¿Hasta cuándo? Ni idea. Pero por ahora, soy suya.

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