Relatos
Inicio Erotismo Bajo el Hábito Passionista Bajo el Hábito Passionista

Bajo el Hábito Passionista

7679 palabras

Bajo el Hábito Passionista

Ana caminaba por los jardines del convento en las afueras de Guadalajara, el sol de la tarde tiñendo de oro las buganvillas que trepaban por las paredes de cantera. El hábito pasionista negro ceñía su cuerpo como una segunda piel, áspero contra su piel suave, recordándole cada día su voto de castidad y devoción. Pero últimamente, ese roce constante despertaba algo prohibido en ella, un cosquilleo que subía desde sus muslos hasta su pecho, haciendo que sus pezones se endurecieran bajo la tela gruesa.

¿Por qué me siento así? ¿Es pecado este calor que me invade? se preguntaba, mientras inhalaba el aroma dulce de las flores y el tierra húmeda después de la lluvia matutina. Tenía veintiocho años, llevaba tres en el convento de las Passionistas, atraída por la intensidad de su espiritualidad, por esa pasión por el sufrimiento de Cristo que prometía llenar el vacío de su juventud solitaria. Pero el cuerpo no entendía de votos; el suyo reclamaba atención, un hambre que las oraciones nocturnas no calmaban.

Ese día, el padre Miguel había mandado a Diego, un jardinero local, a podar los rosales. Diego era un tipo alto, moreno, con manos callosas y una sonrisa que iluminaba sus ojos cafés como el mezcal añejo. Vestía una playera ajustada que marcaba sus pectorales y jeans desgastados que abrazaban sus caderas fuertes. Cuando Ana lo vio arrodillado entre las espinas, sudando bajo el sol, oliendo a tierra y hombre, su corazón dio un brinco.

—Órale, hermana, ¿me permite pasar por aquí? —dijo él, levantando la vista, su voz grave como un tamborazo zacatecano.

Ana asintió, sintiendo el rubor subirle a las mejillas. —Claro, carnal. Cuida las rosas, que son sagradas.

Él rio bajito, un sonido ronco que vibró en el aire cálido. —No se preocupe, yo las trato con cariño, como a todo lo que vale la pena.

Desde ese momento, algo se encendió. Cada tarde, Ana encontraba excusas para salir al jardín: regar las plantas, rezar el rosario al aire libre. Diego siempre estaba ahí, charlando de tonterías, de la vida en el pueblo, de cómo el tequila sabe mejor compartido. Sus miradas se cruzaban, cargadas de promesas mudas, y Ana sentía el hábito como una cárcel de tela, aprisionando el fuego que crecía en su vientre.

Una noche, después de la cena en el refectorio, donde el olor a mole y tortillas recién hechas aún flotaba en el aire, Ana no pudo dormir. El viento susurraba entre las celosías, trayendo ecos lejanos de mariachis del pueblo. Se levantó, se cubrió con una mantilla y salió al jardín bañado por la luna llena. Ahí estaba Diego, fumando un cigarro a escondidas, el humo mezclándose con su aroma masculino, terroso y salado.

—Hermana Ana, ¿no debería estar durmiendo? —preguntó él, apagando el cigarro con el pie.

—El sueño no viene, Diego. Este lugar... me asfixia a veces.

Él se acercó, su calor corporal invadiendo el espacio entre ellos. —Neta, se ve tan... viva bajo ese hábito. Como una flor que pide sol.

Ana tembló, el roce accidental de su brazo contra el suyo enviando chispas por su espina.

Si me toca, me quemo. Dios mío, ¿qué estoy haciendo?
Pero no se apartó. En cambio, dejó que su mano rozara la de él, áspera y cálida, prometiendo más.

Los días siguientes fueron un torbellino de tensión. Se veían a hurtadillas: un roce en la mano al pasarle una herramienta, una mirada que duraba demasiado mientras él cavaba la tierra, el sudor perlando su cuello. Ana soñaba con él por las noches, despertando con las bragas húmedas, el clítoris palpitante bajo el hábito. Es pecado, pero neta que lo deseo. Su piel, su olor, su fuerza.

Una tarde de tormenta, el cielo se abrió en un diluvio que olía a ozono y petricor. Las hermanas se refugiaron dentro, pero Ana corrió al cobertizo del jardín, empapada, el hábito pegándose a sus curvas como una caricia pecaminosa. Diego ya estaba ahí, quitándose la playera, revelando un torso esculpido por el trabajo, vello oscuro bajando hasta su ombligo.

—Ana... —murmuró, acercándose—. No aguanto más verte así, sufriendo.

Ella lo miró, el agua goteando de su velo, el corazón latiéndole en la garganta. —Diego, yo... esto no está bien, pero te quiero. Tóname, por favor.

Era consensual, mutuo, un acuerdo sellado con un beso que sabía a lluvia y desesperación. Sus labios se fundieron, su lengua explorando la de ella con hambre contenida. Diego la levantó contra la pared de madera, sus manos grandes amasando sus nalgas bajo el hábito empapado. Ana gimió, el sonido ahogado por el trueno, sintiendo su verga dura presionando contra su monte de Venus.

—Quítamelo —susurró ella, jadeante—. Sácame de este hábito pasionista que me aprisiona.

Él obedeció, desatando los cordones con dedos temblorosos, revelando su piel pálida, pechos plenos con pezones oscuros erectos. El hábito cayó al suelo en un charco, oliendo a lana mojada y mujer en celo. Diego la devoró con los ojos, luego con la boca: chupó un pezón, mordisqueándolo suave, mientras su mano bajaba a su panocha, resbaladiza de jugos.

—Estás chingona, Ana. Tan mojada para mí —gruñó, metiendo dos dedos, curvándolos contra su punto G.

Ella arqueó la espalda, clavándole las uñas en los hombros, el placer como rayos en su cuerpo.

¡Qué rico! Su toque es fuego puro, mejor que cualquier oración.
Lo jaló al suelo, sobre una manta de heno seco que crujía bajo ellos. Le desabrochó los jeans, liberando su verga gruesa, venosa, goteando precum que ella lamió con avidez, saboreando su sal marina.

—Mámamela, mi reina —pidió él, enredando los dedos en su cabello.

Ana lo hizo, succionando con fervor, la boca llena de su calor pulsante, mientras él gemía ronco, las caderas moviéndose al ritmo de su lengua. Pero quería más. Lo empujó boca arriba, montándolo como una amazona, guiando su verga a su entrada. Se hundió despacio, centímetro a centímetro, el estiramiento delicioso, llenándola hasta el fondo.

¡Ay, wey! Qué verga tan rica! —gritó ella, cabalgándolo con furia, sus tetas rebotando, el slap-slap de piel contra piel mezclándose con la lluvia torrencial.

Diego la agarró de las caderas, embistiéndola desde abajo, sus bolas golpeando su culo. El olor a sexo impregnaba el aire: sudor, panocha húmeda, semen próximo. Ana sentía el orgasmo construyéndose, una ola gigante en su vientre, sus paredes contrayéndose alrededor de él.

—Córrete conmigo, Diego. Lléname —suplicó.

Él rugió, clavándose profundo, y explotaron juntos. El clímax la sacudió como un terremoto, jugos chorreados bajando por sus muslos, su verga latiendo chorros calientes dentro de ella. Colapsaron, jadeantes, pieles pegajosas, el corazón martilleando al unísono.

Después, bajo la lluvia que amainaba, se besaron lento, tierno. Ana se cubrió con el hábito de nuevo, pero ya no era una prisión; era un secreto compartido. —Volveremos a vernos, ¿verdad? —preguntó ella, oliendo su esencia en su piel.

—Todos los días, mi passionista. Esto apenas empieza —prometió él, su mano rozando su mejilla.

Ana regresó al convento con el cuerpo saciado, el alma en paz. El hábito pasionista ondeaba ahora con libertad, testigo de su despertar. Ya no era solo devoción al cielo; había encontrado la pasión en la tierra, en los brazos de un hombre que la hacía mujer completa. Y en las noches siguientes, mientras las campanas tañían, sonreía recordando su sabor, su fuerza, lista para más.

Contenido Adulto

Este sitio web contiene material explícito y relatos eróticos destinados exclusivamente a adultos. Debes tener al menos 18 años para acceder a relatos.cc.

Al ingresar, aceptas nuestros términos de servicio y confirmas que resides en una jurisdicción donde el consumo de este material es legal.