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Eros Ramazzotti Contigo Hace Falta Pasión

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Eros Ramazzotti Contigo Hace Falta Pasión

Ana se recargaba en la barra de la cocina de su departamento en Polanco, con el teléfono en la mano y una sonrisa pícara asomando en sus labios carnosos. El aroma del café recién molido flotaba en el aire, mezclado con el perfume floral de su loción favorita. Hacía meses que la chispa con Marco se había apagado, como esas velas que se consumen solas en una cena romántica olvidada. Contigo hace falta pasión, pensó, recordando el anuncio que vio en Instagram esa mañana. Eros Ramazzotti, un perfume nuevo que prometía despertar los sentidos más primarios, con un frasco elegante y un eslogan que le caló hondo: Eros Ramazzotti contigo hace falta pasión.

Se imaginó a Marco, su novio de tres años, alto y moreno, con esos ojos cafés que antes la derretían. Ahora todo era rutina: cenas rápidas, Netflix y un polvo mecánico los fines de semana.

¿Y si este perfume cambia todo? ¿Si ese olor lo convierte en el macho que extraño?
Ana no lo dudó. Pidió el Eros Ramazzotti express, pagó extra por la entrega ese mismo día. Mientras esperaba, se miró en el espejo del pasillo: curvas generosas bajo el vestido negro ajustado, el cabello negro suelto cayendo en ondas hasta la cintura. Se sentía sexy, lista para avivar el fuego.

El timbre sonó a las siete en punto. Marco entró con su maletín de la oficina, cansado pero guapo como siempre, con la camisa blanca arremangada mostrando antebrazos fuertes. "¡Hola, mi reina!", dijo besándola en la mejilla, un beso casto que ya no encendía nada. Ana lo jaló hacia la cocina, ocultando el paquetito detrás de la espalda.

"Tengo una sorpresa pa' ti, carnal", le dijo con voz juguetona, usando ese tono mexicano que siempre lo hacía reír. Le entregó la caja negra con letras doradas. Marco arqueó la ceja, intrigado. "Eros Ramazzotti... ¿Qué onda con esto, nena? ¿Me vas a oler como a conquistador?"

Ana rio, un sonido gutural y sensual que vibró en su pecho. "Pruébatelo ahorita, a ver qué pasa. El anuncio dice que contigo hace falta pasión, y pues... ¡órale, vamos a comprobarlo!" Marco se encogió de hombros, divertido, y roció un poco en su cuello y muñecas. El aroma explotó en el aire: notas de madera ahumada, canela picante y un fondo almizclado que olía a sexo puro, a piel sudada después de un polvo intenso.

Ana inhaló profundo. Su pulso se aceleró al instante. El olor se coló por su nariz, directo al cerebro, despertando un calor líquido entre sus piernas. Chingado, qué rico huele, pensó, mordiéndose el labio. Marco se acercó, ajeno al efecto. "¿Y? ¿Qué tal?" Pero ella ya no respondía con palabras. Sus manos temblorosas subieron a su pecho, rozando los botones de la camisa.

El beso empezó suave, exploratorio. Los labios de Marco contra los suyos, suaves y cálidos, con el sabor salado de la cena que había comido. Pero el Eros Ramazzotti actuaba como un catalizador. Ana sintió su lengua invadiendo su boca, demandante, mientras sus dedos se enredaban en su cabello. El sonido de sus respiraciones agitadas llenaba la cocina, entrechocando con el tic-tac del reloj. Ella presionó su cuerpo contra el de él, sintiendo la dureza creciente en sus pantalones contra su vientre.

"Me estás poniendo como loca, cabrón", murmuró Ana contra su cuello, inhalando más de ese perfume embriagador. Olía a deseo crudo, a noches de tequila y cuerpos enredados. Marco gruñó, una vibración profunda que resonó en su pecho. Sus manos bajaron a sus caderas, apretando la carne suave bajo el vestido. La levantó sin esfuerzo sobre la isla de granito fría, el contraste con su piel ardiente la hizo jadear.

Acto dos: la escalada. Ana le quitó la camisa de un tirón, exponiendo el torso velludo y musculoso que tanto amaba. Sus uñas arañaron ligeramente su espalda, dejando rastros rojos que él respondió lamiendo su oreja, mordisqueando el lóbulo con dientes afilados. "Te deseo tanto, Ana... ¿Qué chingados tiene este perfume?" El aire se espesaba con su aroma mezclado al de su excitación: el almizcle natural de su piel, el dulzor salado del sudor perlando sus frentes.

Ella abrió las piernas, invitándolo. Marco deslizó el vestido hacia arriba, exponiendo sus muslos torneados y las bragas de encaje negro ya empapadas. Sus dedos rozaron el centro de su panocha por encima de la tela, sintiendo el calor pulsante. Ana arqueó la espalda, un gemido escapó de su garganta: "¡Sí, así, no pares!" El sonido era crudo, mexicano puro, como un grito en una cantina llena de pasión.

La tensión crecía con cada caricia. Marco se arrodilló, besando el interior de sus muslos, la lengua trazando caminos húmedos que sabían a sal y deseo. El roce de su barba incipiente contra la piel sensible la volvía loca. Ana miró hacia abajo, viendo sus ojos cafés fijos en ella, hambrientos.

Esto es lo que necesitaba... Eros Ramazzotti contigo hace falta pasión, pero ahora la tenemos de sobra
. Él apartó las bragas, su aliento caliente anunciando lo que vendría. La lengua entró en contacto primero, lamiendo despacio, saboreando su néctar dulce y ácido. Ella se aferró al borde de la isla, las piernas temblando, el granito frío contra sus nalgas un contrapunto al fuego en su interior.

Marco se incorporó, desabrochando su pantalón con urgencia. Su verga saltó libre, gruesa y venosa, palpitante de necesidad. Ana la tomó en su mano, sintiendo el calor aterciopelado, la textura suave sobre la dureza de acero. La masturbó lento, viendo cómo él cerraba los ojos y gemía, el perfume intensificándose con su sudor. "Métemela ya, amor... no aguanto más".

Él obedeció, posicionándose. La punta rozó su entrada húmeda, deslizándose con facilidad gracias a sus jugos. Entró de un solo empujón profundo, llenándola por completo. Ana gritó de placer, el sonido rebotando en las paredes. El ritmo empezó lento, cada embestida un choque de pelvis, piel contra piel con un plaf húmedo y rítmico. Sus pechos rebotaban con cada movimiento, y Marco los tomó en sus manos, pellizcando los pezones duros como piedras.

La intensidad subía. Ana clavó las uñas en su espalda, dejando marcas que mañana dolerían deliciosamente. El olor del Eros Ramazzotti se mezclaba ahora con el de sus sexos unidos: almizcle animal, sudor salado, el leve dulzor de su excitación. Sus jadeos se sincronizaban, "¡Más fuerte, chingón!", rogaba ella. Él aceleró, embistiéndola como un poseído, el granito crujiendo bajo su peso combinado.

Acto tres: la liberación. El clímax se acercaba como una ola inevitable. Ana sintió el nudo en su vientre apretarse, el placer acumulándose en pulsos eléctricos. "¡Me vengo, Marco... ay, Dios!" Su panocha se contrajo alrededor de su verga, ordeñándola en espasmos rítmicos. El orgasmo la sacudió entera, visión borrosa, gusto metálico en la boca, un grito gutural escapando de lo más hondo.

Marco la siguió segundos después, gruñendo como un león, su semen caliente inundándola en chorros potentes. Se derrumbó sobre ella, jadeantes, pegajosos, el corazón latiendo al unísono. Permanecieron así minutos, besos suaves ahora, lenguas perezosas explorando bocas hinchadas.

Después, en la cama king size de su habitación, envueltos en sábanas de algodón egipcio suaves como una caricia. El Eros Ramazzotti aún flotaba tenue en el aire, un recordatorio sensual. Ana acurrucada en su pecho, escuchando el latido calmado de su corazón. "Contigo hace falta pasión, pero ya la encontramos, ¿verdad?", susurró ella, trazando círculos en su piel.

Marco sonrió, besando su frente. "Este perfume es la neta, nena. Mañana compramos más". Rieron bajito, el afterglow envolviéndolos en una calidez profunda. Por primera vez en meses, Ana durmió con una sonrisa, sabiendo que la pasión no se había ido... solo necesitaba un empujón olfativo para volver rugiendo. El aroma persistía en sus sueños, prometiendo noches infinitas de fuego mexicano.

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