Abismo de Pasion Capitulo 154
Ana sintió el pulso acelerado mientras el elevador subía al piso 25 del edificio en Polanco. La ciudad de México bullía allá abajo con sus luces neón y el eco distante de un mariachi callejero, pero arriba, en el penthouse de Diego, el mundo se reducía a un nudo de anticipación en su estómago. Hacía diez años que no lo veía, desde que él se fue a estudiar a España y ella se hundió en su carrera de diseñadora. Un mensaje inocente en Instagram había reavivado todo: ¿Te animas a un trago como en los viejos tiempos? Neta que sí, pensó ella, ajustándose el vestido negro ceñido que marcaba sus curvas con audacia.
La puerta se abrió con un clic suave y ahí estaba Diego, más guapo que nunca, con esa barba recortada y ojos cafés que prometían travesuras. Olía a sándalo y tequila reposado, un combo que la mareaba. ¡Ana wey qué chingona te ves! exclamó él, abrazándola fuerte. Sus cuerpos se pegaron un segundo de más, y ella sintió el calor de su pecho contra sus tetas, el roce leve de su mano en la cintura baja. Coño, esto ya empezó mal... o bien, se dijo.
Se sentaron en la terraza con vista al skyline, vasos de tequila con limón y sal en mano. La brisa nocturna jugaba con el pelo de Ana, trayendo olor a lluvia fresca y tierra mojada de la ciudad. Hablaron de todo: sus éxitos, las broncas pasadas, cómo la vida los había separado pero no extinguido el fuego.
Es como si estuviéramos en el Abismo de Pasion capitulo 154, soltó ella riendo, recordando esa telenovela que veían de morros. ¿El de los amantes que se reencuentran después de la tormenta? replicó él, su voz ronca rozándole la piel como una caricia. El deseo crecía lento, como el tequila quemando la garganta, dulce y ardiente.
En el medio del relato, Diego le tomó la mano, trazando círculos en su palma con el pulgar. Ana sintió un escalofrío subirle por el brazo, directo al entrepierna. No seas pendejo, Diego, no me hagas suplicar, pensó, pero en vez de eso, se inclinó y lo besó. Sus labios se encontraron suaves al principio, saboreando el tequila y el limón en la lengua del otro. El beso se profundizó, lenguas danzando con hambre contenida, manos explorando. Él le mordisqueó el labio inferior, arrancándole un gemido que se perdió en la noche.
La llevaron adentro, al sofá de piel suave que crujió bajo su peso. Diego deslizó el vestido de Ana por sus hombros, exponiendo sus pechos llenos, los pezones ya duros como piedritas por el aire fresco y la excitación. Estás de infarto, mi reina, murmuró él, besando su cuello, lamiendo la sal que quedaba de la mano. Ella arqueó la espalda, oliendo su sudor limpio mezclado con el perfume caro, sintiendo las yemas de sus dedos masajeando sus senos, pellizcando juguetón. Qué rico se siente su toque, como si me conociera de memoria.
Ana no se quedó atrás. Le quitó la camisa, revelando un torso marcado por gym y sol, pectorales firmes que besó con devoción, mordiendo leve el músculo. Bajó la cremallera de sus jeans, liberando su verga dura, palpitante, que olió a hombre puro, a deseo crudo. La tomó en la mano, acariciándola despacio, sintiendo las venas hinchadas bajo la piel aterciopelada. Diego gruñó, un sonido gutural que vibró en el pecho de ella. Me vas a volver loco, neta.
La tensión escalaba como una tormenta en el desierto sonorense: lenta, inevitable, cargada de electricidad. Ana se puso de rodillas, mirándolo con ojos brillantes de lujuria. Tomó su miembro en la boca, saboreando la gota salada de precum, chupando con ritmo experto, lengua girando alrededor del glande. Él enredó los dedos en su melena negra, no jalando fuerte sino guiando, gimiendo ¡ay cabrona qué chido!. El sonido de su succión húmeda llenaba la habitación, mezclado con la respiración agitada y el zumbido lejano del tráfico.
Pero Ana quería más, quería caer en ese abismo de pasion. Lo empujó al sofá y se montó a horcajadas, frotando su coño mojado contra su polla, lubricándola con sus jugos. El calor de ella lo envolvía, resbaloso y ardiente. Entra en mí ya, pendejo, susurró ella, guiándolo adentro. Lentamente, centímetro a centímetro, se hundió en su interior apretado, ambos jadeando al unísono. El estiramiento delicioso la llenó, tocando spots profundos que la hacían temblar.
Comenzaron a moverse, ella cabalgando con furia controlada, tetas rebotando, uñas clavándose en sus hombros. Diego la sujetaba por las caderas, embistiendo hacia arriba, piel contra piel chocando con palmadas sonoras. Sudor perlaba sus cuerpos, goteando salado en la boca de Ana cuando él la besó. Olía a sexo puro: almizcle, fluidos íntimos, pasión desatada.
Esto es el capitulo 154 que soñé, el clímax perfecto, pensó ella mientras el orgasmo se acercaba, un nudo apretándose en su vientre.
La intensidad creció. Diego la volteó, poniéndola a cuatro patas en la alfombra mullida. Entró de nuevo desde atrás, profundo, golpeando su clítoris con cada thrust. Ana gritó de placer, ¡más duro, carajo!, sintiendo sus bolas peludas rozándole el trasero, el roce eléctrico. Él le azotó una nalga suave, juguetón, avivando el fuego. Sus dedos bajaron a su clítoris hinchado, frotando círculos rápidos. El mundo se redujo a sensaciones: el slap-slap de carne, sus gemidos roncos, el sabor de su propia excitación cuando se lamió los labios.
El clímax la golpeó como un tsunami. Ondas de placer la recorrieron, coño contrayéndose alrededor de su verga, chorros calientes escapando mientras gritaba su nombre. Diego la siguió segundos después, gruñendo como animal, llenándola con chorros calientes y espesos, su cuerpo temblando contra el de ella. Colapsaron juntos, exhaustos, piel pegajosa y brillantes de sudor.
En el afterglow, yacían enredados en la cama king size, sábanas de algodón egipcio acariciando sus cuerpos lánguidos. Diego le besaba la frente, Eres mi todo, Ana. No te suelto esta vez. Ella sonrió, oliendo su aroma mezclado con el de ellos, sintiendo su semen goteando lento entre sus muslos. Este abismo de pasion no es un capítulo, es nuestra historia entera, reflexionó, el corazón pleno por primera vez en años. La ciudad seguía viva afuera, pero adentro, habían encontrado su paraíso consensual, ardiente y eterno.