Pasión Prohibida Capítulo 1
La noche en Polanco estaba cargada de ese calor pegajoso que se pega a la piel como una promesa susurrada. Valeria caminaba por el jardín de la casa de su cuñado, con el vestido rojo ceñido al cuerpo, sintiendo cómo la tela rozaba sus muslos con cada paso. El aire olía a jazmines y a carne asada en la parrillada familiar, y el sonido de las risas y la cumbia retumbaba desde la terraza. Su esposo, Marco, estaba de viaje en Monterrey por negocios, dejándola sola en esta reunión que ella misma había insistido en organizar para mantener las apariencias. Pero la neta, lo que la traía de nervios era Diego, el hermano menor de Marco, ese wey de ojos oscuros y sonrisa pícara que siempre la hacía sentir como si le recorrieran chispas por la espalda.
Valeria se sirvió un tequila reposado, el líquido ámbar bajando ardiente por su garganta, calentándole el pecho. ¿Por qué carajos siempre me mira así? pensó, mientras lo veía recargado en la barra, platicando con unos primos. Diego era alto, con esa playera negra que marcaba los músculos de sus brazos, ganados en el gimnasio y en las obras de construcción que manejaba. Llevaba el cabello revuelto, como si acabara de bajarse de una troca, y un olor a colonia fresca mezclado con sudor masculino que la mareaba cada vez que se acercaba.
—¡Ey, Vale! ¿Ya te cansaste de ser la reina de la fiesta? —dijo Diego, acercándose con dos vasos en la mano. Su voz grave, con ese acento chilango puro, le erizó la piel de los brazos.
—Neta, Diego, tú eres el que anda de galán por todos lados —respondió ella, riendo para disimular el pulso acelerado. Tomó el vaso que le ofrecía, sus dedos rozando los de él por un segundo de más. Ese toque fue como electricidad, un chispazo que le subió directo al vientre.
La música cambió a un ritmo más lento, una ranchera romántica que invitaba a bailar. Diego extendió la mano sin preguntar.
—Vamos, un baile no mata a nadie.
Valeria dudó, pero el tequila y la mirada intensa de él la convencieron. Se dejaron llevar por la pista improvisada en el jardín, sus cuerpos pegándose más de lo debido. Sentía el calor de su pecho contra sus senos, el roce de su cadera contra la de ella, y olía su aroma: jabón, tequila y algo salvaje, como tierra mojada después de la lluvia. Esto está mal, pero se siente tan chido, pensó, mientras su mano bajaba por la espalda de Diego, deteniéndose justo en la curva de sus nalgas.
La fiesta seguía, pero ellos se apartaron poco a poco, caminando hacia la casa como si nada. Entraron a la sala de estar, iluminada solo por las luces tenues de la terraza. Diego cerró la puerta con un clic suave, y el mundo exterior se apagó.
Pasión prohibida capítulo 1, pensó Valeria, recordando el título que le había puesto a esa libreta donde anotaba sus fantasías más locas. Esta noche, la realidad estaba superando la ficción.
Se miraron en silencio, el aire espeso con tensión. Diego se acercó, su aliento cálido en el cuello de ella.
—Desde la primera vez que te vi, Vale, supe que eras fuego puro. Marco no te merece —murmuró, sus labios rozando la oreja de Valeria.
Ella tembló, el corazón latiéndole como tambor en el pecho. Esto es una pendejada, pero no puedo parar. Sus manos subieron al cuello de Diego, atrayéndolo para un beso que explotó como dinamita. Sus bocas se devoraron, lenguas enredándose con sabor a tequila y deseo crudo. Él la empujó contra la pared, sus cuerpos presionados, y Valeria sintió la dureza de su verga contra su monte de Venus, palpitante y lista.
Las manos de Diego bajaron por su espalda, desabrochando el vestido con maestría. La tela cayó al suelo con un susurro suave, dejando a Valeria en lencería negra, sus pezones endurecidos pinchando el encaje. Él gruñó, un sonido animal que le vibró en el pecho, y besó su clavícula, bajando hasta morderle suavemente un seno. El placer la hizo arquearse, un gemido escapando de sus labios.
—Estás rica, mamacita. Quiero comerte entera —dijo él, arrodillándose. Sus dedos enganchados en las ligas de la tanga la bajaron despacio, exponiendo su concha húmeda, reluciente de jugos. El olor a excitación femenina llenó el aire, almizclado y dulce. Diego inhaló profundo, como saboreando un elixir, y su lengua salió a lamerla desde el perineo hasta el clítoris hinchado.
Valeria jadeó, sus manos enredadas en el pelo de él, empujándolo más adentro. Su lengua es mágica, neta, como si supiera exactamente dónde tocar. Lamía con hambre, chupando el botón rosado, metiendo la lengua en su entrada jugosa. Ella sentía cada roce como fuego líquido, sus muslos temblando, el sonido húmedo de su boca devorándola resonando en la habitación. El sabor salado de sus fluidos lo volvía loco, gruñendo contra su carne sensible.
—No pares, Diego, pinche delicioso —suplicó ella, las caderas moviéndose al ritmo de su lengua. El orgasmo la tomó por sorpresa, una ola que la hizo gritar bajito, convulsionando, sus jugos empapando la cara de él.
Diego se levantó, quitándose la playera y los pantalones con prisa. Su verga saltó libre, gruesa y venosa, la cabeza morada brillando de precúm. Valeria la tomó en la mano, sintiendo el calor y la dureza como terciopelo sobre acero. La masturbó despacio, saboreando el poder de hacerlo gemir.
—Te la chupé yo primero, ahora tú —dijo ella, arrodillándose. Su boca lo envolvió, lengua girando alrededor del glande, saboreando el gusto salado y musgoso. Lo succionó profundo, hasta la garganta, oyendo sus jadeos roncos. Es enorme, me llena la boca como nadie. Él la follaba la boca con cuidado, manos en su cabeza, pero ella controlaba el ritmo, lamiendo las bolas pesadas, chupando hasta que lo tuvo al borde.
—Para, o me vengo ya, güey —gruñó él, levantándola. La cargó hasta el sofá de piel, acostándola con reverencia. Se posicionó entre sus piernas, la verga rozando su entrada empapada.
—¿Quieres esto, Vale? Dime que sí.
—Sí, métemela toda, cabrón. Hazme tuya —rogó ella, envolviendo las piernas en su cintura.
Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándola deliciosamente. Ambos gimieron al unísono, el sonido de carne contra carne empezando suave. Él la llenaba por completo, tocando spots que Marco nunca había alcanzado. Empezaron a moverse, ritmos sincronizados, sudor perlando sus cuerpos. El olor a sexo impregnaba el aire, mezclado con el perfume de ella. Valeria clavaba las uñas en su espalda, sintiendo los músculos contraerse bajo sus dedos, el slap-slap de sus pelvis chocando, sus pechos rebotando con cada embestida.
Esto es pecado, pero qué pecado tan chingón, pensó ella mientras él aceleraba, follándola más duro, el sofá crujiendo bajo ellos. Cambiaron posiciones: ella encima, cabalgándolo como amazona, sus nalgas rebotando contra sus muslos, la verga hundiéndose profundo. Él amasaba sus tetas, pellizcando pezones, y ella gritaba de placer, el clítoris frotándose contra su pubis.
El segundo orgasmo la destrozó, contrayéndose alrededor de él, ordeñándolo. Diego no aguantó más, saliendo para derramarse en su vientre, chorros calientes pintando su piel en blanco cremoso. Colapsaron juntos, jadeantes, cuerpos entrelazados en un charco de sudor y fluidos.
Después, en la quietud, Diego la besó suave, limpiándola con ternura. Valeria lo miró, el corazón aún latiendo fuerte.
—Esto fue... increíble. Pero ¿y ahora? —preguntó ella, voz ronca.
—Ahora, seguimos viviendo esta pasión prohibida, Vale. Capítulo 1 apenas empieza —respondió él, sonriendo con picardía.
Ella sonrió de vuelta, sabiendo que el fuego apenas se encendía. La noche los envolvía, prometiendo más secretos en la oscuridad de Polanco.