Pasión y Poder Capítulo 103 El Abrazo del Dominio
En el corazón de Polanco, donde las luces de neón besaban los cristales de los rascacielos, Ana se ajustaba el vestido rojo ceñido que abrazaba sus curvas como un amante posesivo. Era la dueña de un imperio inmobiliario, una mujer que no pedía permiso para nada. Pero esa noche, en la gala de la élite mexicana, su mirada se clavaba en Diego, el cabrón que dirigía la competencia. Alto, moreno, con esa sonrisa de tiburón que prometía devorar todo a su paso. Hacía meses que jugaban al gato y al ratón en juntas y contratos, pero la tensión entre ellos era puro fuego líquido.
—Pasión y poder capítulo 103, murmuró Ana para sí mientras tomaba una copa de tequila reposado, el aroma ahumado subiendo por su nariz como un susurro pecaminoso. Así bautizaba en su mente estas noches, como si fueran episodios de una telenovela donde ella era la reina invencible. Diego se acercó, su colonia especiada invadiendo su espacio personal, ese olor a madera y deseo que la hacía apretar los muslos bajo la mesa.
—Ana, preciosa, ¿todavía crees que puedes ganarme este contrato? —dijo él, su voz grave rozando su oreja como terciopelo áspero.
Ella giró la cabeza, sus labios pintados de rojo fuego a centímetros de los suyos.
Pinche Diego, me traes loca con esa mirada de conquistador. ¿Cuánto más voy a aguantar antes de rendirme a este juego?pensó, mientras su pulso se aceleraba como tambores de mariachi en fiesta.
—No gano, domino, güey —respondió ella con una risa ronca, su aliento cálido mezclándose con el suyo—. Pero esta noche, quizás te deje creer que mandas tú.
La música salsa llenaba el salón, cuerpos moviéndose al ritmo caliente, y Ana sintió el calor de su mano en la parte baja de su espalda, guiándola hacia la terraza privada. El aire nocturno de la Ciudad de México los recibió con una brisa que olía a jazmín y escape de autos lejanos. Abajo, el bullicio de la urbe rugía como un amante impaciente.
Allí, bajo las estrellas contaminadas por luces urbanas, Diego la acorraló contra la barandilla de cristal. Sus dedos trazaron la curva de su cadera, enviando chispas eléctricas por su piel. Ana jadeó, el sonido ahogado por el viento, mientras su boca capturaba la de él en un beso feroz. Lenguas danzando como espadas, sabor a tequila y menta, dientes mordisqueando labios hinchados. Esto es pasión y poder, pensó ella, sus uñas clavándose en su camisa de lino, rasgando botones con impaciencia.
—Estás cañón esta noche, Ana —gruñó él contra su cuello, inhalando el perfume de vainilla y sudor que emanaba de su piel—. Me tienes duro desde que entraste.
Ella sonrió, victoriosa, deslizando su mano por su pecho hasta el bulto evidente en sus pantalones. Lo apretó suavemente, sintiendo el pulso latiendo bajo la tela, caliente y vivo. —Entonces demuéstrame cuánto poder tienes, pendejo —lo provocó, su voz un ronroneo mexicano puro, lleno de ese acento chilango que volvía locos a los hombres.
La tensión había empezado meses atrás, en esa junta donde sus miradas chocaron como rayos. Él, con su imperio de construcción, robándole deals; ella, respondiendo con ofertas que lo dejaban boquiabierto. Pero en privado, mensajes subidos de tono, llamadas a medianoche donde se prometían todo. Ahora, en la terraza, el conflicto se transformaba en deseo crudo.
Diego la levantó con facilidad, sus brazos musculosos —forjados en gimnasios de la Condesa— envolviéndola como cadenas de seda. La llevó a la suite presidencial del hotel, el pasillo desierto amplificando el eco de sus tacones y su respiración agitada. Dentro, la habitación olía a sábanas frescas y rosas rojas, luces tenues proyectando sombras danzantes en las paredes.
Neta, este hombre me desarma. Quiero controlarlo todo, pero su toque me hace su esclava voluntaria, reflexionó Ana mientras él la depositaba en la cama king size, el colchón hundiéndose bajo su peso como un mar de plumas.
Se quitó la camisa con lentitud tortuosa, revelando un torso bronceado, pectorales duros salpicados de vello negro que bajaba en una línea tentadora hacia su abdomen marcado. Ana se lamió los labios, el sabor salado de su propio labial persistiendo, mientras se desabrochaba el vestido. La tela roja cayó como sangre derramada, dejando al descubierto lencería negra de encaje que apenas contenía sus senos llenos y su trasero redondo.
—Ven aquí, chula —ordenó él, pero su voz temblaba de anticipación. Ella gateó hacia él, rodillas hundiéndose en la alfombra mullida, el roce suave contra su piel erizándola. Tomó su miembro en la mano, grueso y venoso, palpitando como un corazón expuesto. Lo lamió desde la base, saboreando la sal de su piel, el aroma almizclado de su excitación llenando sus pulmones. Diego gimió, un sonido gutural que vibró en su pecho, sus dedos enredándose en su cabello oscuro.
—¡Órale, Ana! Así, no pares —suplicó, caderas empujando instintivamente.
Ella lo devoró con hambre, lengua girando alrededor de la cabeza sensible, succionando con maestría hasta que él la apartó, jadeante, ojos negros ardiendo. La tumbó de espaldas, besando un camino ardiente por su vientre, deteniéndose en sus pechos. Mordisqueó un pezón endurecido, el dolor placentero haciendo que ella arqueara la espalda, un gemido escapando como vapor caliente. Su mano descendió, dedos hábiles separando sus pliegues húmedos, encontrándola empapada, resbaladiza de necesidad.
—Estás chorreando por mí, reina —murmuró, introduciendo dos dedos, curvándolos para rozar ese punto que la hacía ver estrellas. El sonido húmedo de su movimiento llenaba la habitación, mezclado con sus jadeos y el latido de su propio corazón en los oídos de Ana.
Me tiene en sus manos, literal. Pero yo lo empodero con mi entrega. Esto es nuestro poder compartido.
La intensidad crecía como una tormenta veraniega en el DF. Diego se posicionó entre sus piernas, su erección rozando su entrada, caliente y pesada. Ana envolvió sus caderas con las piernas, tacones aún puestos clavándose en su espalda. —Fóllame ya, Diego. Hazme tuya —exigió, voz ronca de deseo.
Él se hundió en ella de un solo empellón, llenándola por completo, estirándola deliciosamente. Ambos gritaron, el placer explosivo como fuegos artificiales en el Zócalo. Ritmo frenético: piel contra piel, slap slap resonando, sudor perlando sus cuerpos, mezclándose en riachuelos salados. Ana clavó uñas en su espalda, dejando marcas rojas como trofeos. Él embestía profundo, rozando su clítoris con cada thrust, su aliento caliente en su cuello, mordiendo oreja y hombro.
—Eres mía, Ana. Toda esta pasión es nuestra —gruñó, acelerando, sus bolas golpeando su trasero.
Ella giró las caderas, cabalgándolo desde abajo, controlando el ángulo para maximizar el roce. ¡Qué chingón se siente! El orgasmo la alcanzó primero, olas de éxtasis contrayendo sus paredes alrededor de él, jugos calientes empapando las sábanas. Gritó su nombre, voz quebrada, cuerpo temblando como hoja en vendaval.
Diego la siguió segundos después, hinchándose dentro de ella, eyaculando con un rugido primal, chorros calientes pintando sus profundidades. Colapsaron juntos, entrelazados, respiraciones sincronizadas calmándose gradualmente. El aroma de sexo impregnaba el aire, almizcle y sudor, mezclado con el tequila olvidado en la mesita.
En el afterglow, Diego besó su frente sudorosa, dedos trazando patrones perezosos en su espalda. —Esto no termina aquí, mi amor. Pasión y poder, para siempre —susurró.
Ana sonrió, saciada, poderosa en su vulnerabilidad.
Capítulo 103 completado. Pero la serie sigue, con más capítulos de este dominio compartido. Afuera, la ciudad dormía, pero en su mundo, el fuego ardía eterno.