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Lista Para Una Noche de Pasion

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Lista Para Una Noche de Pasion

Me miré en el espejo del baño, ajustándome el vestido rojo ceñido que me hacía sentir como una diosa. Neta, hacía meses que no salía así, con el corazón latiendo fuerte solo de imaginar lo que podía pasar. El aroma de mi perfume, vainilla y jazmín, flotaba en el aire húmedo de mi depa en la Roma. Me pinté los labios de un rojo fuego, pensando esta noche voy lista para una noche de pasión. No más Netflix y palomitas sola; hoy quería fuego, piel contra piel, ese calor que te quema por dentro.

Salí a la calle, el bullicio de la Ciudad de México me envolvió como un abrazo salvaje. Autos pitando, vendedores ambulantes gritando "¡elotes!", el olor a tacos al pastor me revolvió el estómago de pura hambre... de todo. Caminé hasta el bar en la esquina de Insurgentes, luces neón parpadeando, reggaetón retumbando desde adentro. Entré y pedí un michelada bien fría, el limón picante en la lengua, la sal crujiendo. Ahí lo vi: alto, moreno, con una sonrisa que prometía problemas del bueno. Se llamaba Javier, me dijo al acercarse, con esa voz grave que me erizó la piel.

"¿Qué hace una chula como tú sola en un lugar como este?"
me soltó, guiñándome el ojo. Le contesté con una risa, wey, qué directo, pero me gustó. Hablamos de todo: de lo chido que está el DF de noche, de cómo el tequila nos suelta la lengua. Sus ojos cafés me recorrían despacio, como si ya me estuviera desnudando. Sentí un cosquilleo en el estómago, el sudor perlándome la nuca bajo el calor del lugar. Bailamos pegaditos, su mano en mi cintura firme pero suave, el ritmo de la música haciendo que nuestros cuerpos se rozaran. Olía a colonia fresca, a hombre, y yo me mojé solo de olerlo.

La tensión crecía con cada canción. Sus dedos subían por mi espalda, trazando líneas de fuego. ¿Y si lo invito a mi casa? pensé, el pulso acelerado. Pero él propuso primero:

"¿Vamos a un lugar más tranquilo? Tengo una botella de mezcal esperando."
Asentí, el deseo nublándome la razón. Salimos al aire fresco de la medianoche, su brazo alrededor de mí, caminando hasta su hotel cerca de Reforma. El viento jugaba con mi pelo, y su aliento en mi oreja me hacía temblar.

En el elevador, no aguantamos más. Me besó con hambre, sus labios carnosos devorando los míos, lengua explorando, saboreando el tequila en mi boca. Gemí bajito, mis manos en su pecho duro, sintiendo los músculos bajo la camisa. Puta madre, qué bien besa el wey. Llegamos a su habitación, luces tenues, cama king size invitándonos. Me quitó el vestido despacio, besando cada centímetro de piel que dejaba al descubierto. El roce de sus labios en mi cuello, mi clavícula, me dejó sin aliento. Olía a su excitación, ese almizcle que me volvía loca.

Caímos en la cama, yo encima, desabotonándole la camisa con dedos torpes. Su piel bronceada, suave pero firme, bajo mis palmas. Lo besé el pecho, lamiendo un pezón, oyendo su gruñido ronco.

"Eres una fiera, Ana"
, murmuró, y eso me encendió más. Sus manos en mis tetas, amasándolas, pulgares en los pezones duros como piedras. Bajó la boca ahí, chupando, mordisqueando suave, y yo arqueé la espalda, un jadeo escapando. Esto es lo que necesitaba, carajo.

El calor entre mis piernas era insoportable. Le bajé el pantalón, liberando su verga dura, gruesa, palpitante. La tomé en la mano, sintiendo las venas, el calor latiendo. Él gimió, ojos cerrados.

"Móntame, mami"
. Me quité la tanga empapada, el aire fresco en mi coño mojado me hizo estremecer. Me acomodé encima, frotándome contra él primero, lubricándonos mutuamente. El olor a sexo llenaba la habitación, sudor mezclado con nuestros perfumes.

Despacio, lo fui bajando dentro de mí. ¡Ay, wey!, qué llenadera. Gemí fuerte, él agarrándome las caderas, guiándome. Empecé a moverme, lento al principio, sintiendo cada centímetro estirándome, rozando ese punto que me volvía loca. Sus manos subieron a mis nalgas, apretando, dándome nalgadas suaves que resonaban. El sonido de piel contra piel, mis tetas rebotando, su boca en mi cuello lamiendo el sudor salado. Aceleré, el placer subiendo como una ola, mis uñas en su pecho dejando marcas rojas.

"Más duro, Javier, no pares"
, le rogué, voz ronca. Él volteó, poniéndome debajo, piernas en sus hombros. Entró profundo, embistiéndome con fuerza controlada, el colchón crujiendo. Cada choque enviaba chispas por mi cuerpo, mi clítoris rozando su pubis. Sudábamos a chorros, el olor intenso, sus bolas golpeando mi culo. Lo miré a los ojos, conexión pura, deseo animal. Esto es pasión de la buena, para una noche de pasión inolvidable.

El orgasmo me pilló desprevenida, explotando desde adentro, contrayéndome alrededor de él, gritando su nombre. Olas y olas, piernas temblando, visión borrosa. Él no paró, prolongándolo, hasta que gruñó bajito, corriéndose dentro, caliente, llenándome. Colapsamos, jadeando, cuerpos pegajosos. Su peso sobre mí reconfortante, besos suaves ahora, lenguas perezosas.

Nos quedamos así un rato, el ventilador zumbando, ciudad murmurando afuera. Me acarició el pelo,

"Eres increíble, Ana. ¿Repetimos?"
. Reí, besándolo. Neta, qué noche. Tomamos una ducha juntos después, agua caliente lavando el sudor, manos explorando de nuevo, pero sin prisa. Saboreamos el agua en la boca del otro, risas mezcladas con besos.

Al amanecer, con el sol filtrándose por las cortinas, nos vestimos. No pedimos números, solo una mirada que decía "quizá nos veamos". Salí al balcón, café en mano del room service, el aroma tostado mezclándose con el de la calle: panaderías, flores. Me sentía viva, empoderada, piel aún sensible al roce de la brisa. Valió cada segundo esa noche de pasión. Caminé de regreso a casa, piernas flojas pero alma llena, sabiendo que había tomado lo que quería, sin arrepentimientos. La vida en el DF sigue, pero yo me llevo este recuerdo ardiente, listo para encender la próxima aventura.

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