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Mi Pasión por Servir

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Mi Pasión por Servir

En el calor de la noche veraniega en Polanco, con el aroma de jazmines flotando desde el balcón, me miro en el espejo del baño. Mi piel morena brilla bajo la luz tenue, el camisón de seda negra se pega a mis curvas como una promesa. Neta, esta noche voy a soltar todo, pienso mientras me paso los dedos por el escote, sintiendo el pulso acelerado en el cuello. Carlos llega en cualquier momento, y mi pasión por servir me quema por dentro. No es sumisión barata, wey; es mi forma de amar, de entregarme con el alma y el cuerpo para que él se sienta como rey.

La puerta principal se abre con un clic suave, y su voz grave resuena: "¡Ya llegué, mi reina!" El sonido de sus pasos firmes en el piso de mármol me eriza la piel. Salgo del baño, descalza, el aire cálido rozando mis muslos. Lo veo quitándose la chamarra, su camisa blanca ajustada marcando los pectorales que tanto me gustan. Huele a colonia fresca mezclada con el sudor del tráfico de la Ciudad de México. "Ven acá", le digo con voz ronca, acercándome despacio.

Lo abrazo por la cintura, mi cara contra su pecho, inhalando su esencia masculina. Sus manos grandes bajan por mi espalda, apretando mis nalgas con esa fuerza que me hace jadear. "Qué chido verte así, lista para mí", murmura, y yo sonrío porque sabe que mi pasión por servir es lo que nos une. Lo guío a la sala, donde la mesa está puesta con velas titilantes, tacos de arrachera jugosos y una botella de tequila reposado. "Siéntate, mi amor. Deja que te mime".

Me arrodillo a sus pies mientras él se acomoda en el sofá de cuero. Le quito los zapatos con delicadeza, masajeando sus pies cansados. Siento la aspereza de su piel bajo mis yemas, el calor subiendo por mis brazos. Él suspira, recargando la cabeza. "Eres una diosa, Ana". Mi corazón late fuerte; esto es lo que amo, verlo relajarse por mi causa. Subo las manos por sus pantorrillas, desabrochando su camisa botón por botón, revelando el vello oscuro en su torso. El olor de su piel se intensifica, terroso y adictivo.

¿Por qué me excita tanto servirlo? No es por obligación, carnal. Es porque en cada roce, en cada mirada de gratitud, siento mi poder. Yo controlo su placer.

Sirvo el tequila en un caballito, lamiendo la sal de mi mano primero para que pruebe mi sabor salado. Él lo bebe de un trago, sus ojos clavados en mis chichis que asoman del camisón. La tensión crece como el humo de las velas; mi clítoris palpita contra la tela húmeda. "Ahora come", le digo, partiendo un taco y llevándolo a su boca. Sus labios rozan mis dedos, chupándolos con malicia. El jugo de la carne chorrea, y yo lo limpio con la lengua, saboreando la carne picante y su piel.

El medio acto se enciende cuando lo empujo suave contra el sofá. "Relájate, déjame servirte como se debe". Me subo a horcajadas sobre sus piernas, el bulto en sus pantalones presionando mi entrepierna. Desabrocho su cinturón con dientes, oyendo el tintineo metálico que me pone más caliente. Su verga salta libre, gruesa y venosa, oliendo a hombre puro. La acaricio lento, sintiendo las venas pulsar bajo mi palma. Él gime bajo, "¡Órale, qué rica!", y yo sonrío, lamiendo la punta para probar el precum salado y dulce.

Mi boca lo envuelve centímetro a centímetro, la lengua girando alrededor del glande mientras mis manos masajean sus bolas pesadas. El sonido de succión húmeda llena la sala, mezclado con sus jadeos roncos. Siento su mano en mi pelo, no jalando, sino guiando con ternura. Bajo hasta la garganta, ahogándome un poco en su tamaño, pero excitada por el desafío. El sabor me invade: salado, almizclado, neta adictivo. Levanto la vista y lo veo mordiéndose el labio, ojos entrecerrados de puro gozo. Mi coño chorrea, empapando el sofá.

Se incorpora, me levanta como si no pesara y me lleva al cuarto. La cama king size nos espera, sábanas de algodón egipcio frescas contra mi piel ardiente. Me tumba con cuidado, besando mi cuello mientras arranca el camisón. "Ahora te sirvo yo", dice, pero yo lo empujo de vuelta. "No, mi amor. Mi pasión por servir no para". Me pongo de rodillas en la cama, arqueando la espalda para que vea mi culo redondo. Él se posiciona atrás, frotando su verga contra mis labios hinchados.

El roce es eléctrico: su piel caliente contra mi humedad resbalosa. Empuja despacio, llenándome hasta el fondo. Grito de placer, el estiramiento delicioso quemándome por dentro. El slap-slap de carne contra carne resuena, sudor goteando por su pecho al mío. Huele a sexo crudo, a feromonas mexicanas en celo. Mis tetas rebotan con cada embestida, pezones duros rozando las sábanas. "¡Más fuerte, cabrón!", le pido, y él obedece, agarrando mis caderas con fuerza amorosa.

Esto es servir de verdad: dar mi cuerpo para su éxtasis, pero recibiendo el mío en cada thrust. Somos uno, wey.

La intensidad sube como el volumen de un corrido ranchero. Cambio de posición: lo monto como amazona, mis muslos temblando por el esfuerzo. Su verga entra más hondo, golpeando mi punto G con precisión. Siento el orgasmo construyéndose, un nudo en el vientre que se aprieta. Él pellizca mis pezones, enviando chispas por mi espina. "Vente conmigo, Ana", gruñe, y exploto. Mi coño se contrae alrededor de él, chorros de placer mojando sus bolas. Grito su nombre, el mundo tiembla con luces blancas detrás de mis ojos.

Él se corre segundos después, llenándome con jetas calientes que siento chorrear adentro. Colapso sobre su pecho, nuestros corazones galopando al unísono. El aroma de semen y sudor nos envuelve como una manta. Besos perezosos en la boca, lenguas danzando lento. "Eres increíble", susurra, acariciando mi espalda empapada.

En el afterglow, nos quedamos así, piel con piel, el ventilador zumbando suave. Pienso en cómo mi pasión por servir no es solo físico; es emocional, es construirnos mutuamente. Él me abraza fuerte, y yo sé que mañana lo serviré de nuevo, quizás con desayuno en la cama o un baño compartido. Pero esta noche, en nuestro nido de Polanco, el placer nos ha unido más. Qué chingón es amar así.

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