Capitulo 46 Abismo de Pasion Desnuda
El sol de Puerto Vallarta se colaba por las cortinas de encaje de la villa, tiñendo todo de un naranja cálido que hacía brillar la piel morena de Sofía. Hacía meses que no pisaba este lugar, pero el aroma salino del mar y el leve perfume de jazmines del jardín la envolvían como un abrazo viejo y conocido. Se miró en el espejo del vestíbulo, ajustándose el vestido ligero de algodón que se pegaba a sus curvas como una segunda piel. Qué chingona me veo, pensó, mientras el corazón le latía con fuerza. Sabía que él estaba ahí, Mateo, el wey que le había robado el sueño tantas noches.
La puerta del jardín crujió y ahí lo vio, recargado en el marco, con esa sonrisa pícara que le derretía las rodillas. Su camisa blanca desabotonada dejaba ver el pecho firme, bronceado por horas bajo el sol, y unos jeans ajustados que marcaban lo que ella recordaba tan bien. Capitulo 46 de abismo de pasion, murmuró para sí misma, como si estuviera viviendo el clímax de su telenovela personal, esa donde el deseo siempre ganaba a la razón.
Pinche Mateo, siempre tan cabrón, apareciendo justo cuando creo que lo superé. Pero míralo, está más bueno que nunca. Mi cuerpo ya lo sabe, se me eriza la piel solo de verlo.
—¡Sofía, mi reina! —dijo él con esa voz ronca que vibraba en el aire húmedo, avanzando hacia ella con pasos lentos, como un depredador juguetón. El olor de su loción, mezclado con sal y sudor fresco, la golpeó como una ola. Ella se quedó quieta, sintiendo cómo el calor subía por su vientre.
—No mames, Mateo, ¿qué haces aquí? Pensé que estabas en la Ciudad —respondió ella, pero su voz salió temblorosa, traicionándola. Se acercó, y sus manos se rozaron accidentalmente, enviando chispas por su espina dorsal. El tacto de sus dedos callosos, de tanto trabajar en la playa, era áspero y delicioso contra su piel suave.
Acto uno: la chispa. Se sentaron en la terraza, con el rumor de las olas rompiendo abajo y una botella de tequila reposado entre ellos. Charlaron de tonterías, de la vida en Guadalajara, de amigos comunes, pero el aire estaba cargado. Cada mirada era un roce invisible, cada risa un susurro de promesas. Sofía sentía su propia humedad creciendo, el vestido pegándose entre sus muslos. ¿Por qué carajos me pongo así con él? Es como si mi panocha lo reconociera antes que yo.
Mateo le sirvió un trago, sus dedos demorándose en los de ella. —Te extrañé, Sofi. No sabes las noches que soñé con esto —confesó, su aliento cálido rozándole el cuello. Ella tragó saliva, el tequila quemándole la garganta como el fuego que le ardía abajo.
La tensión crecía con el sol poniéndose, pintando el cielo de rojos y violetas. Se levantaron para caminar por la playa privada, la arena tibia hundiéndose bajo sus pies descalzos. El viento jugaba con el pelo de Sofía, y Mateo lo apartó con ternura, su mano bajando por su hombro, deteniéndose en la curva de su cintura. Ella giró, presionando su cuerpo contra el de él, sintiendo la dureza que ya palpitaba en sus jeans.
—No seas pendejo, Mateo. Si me tocas así, no respondo —le dijo juguetona, pero sus ojos decían tómame ya.
Regresaron a la villa cuando la noche cayó, las estrellas salpicando el cielo como diamantes. El aire olía a mar y a jazmín más intenso, y dentro, las luces tenues creaban sombras que invitaban al pecado. Se pararon en la sala, frente a frente, respirando agitados. Él la tomó por la nuca, atrayéndola para un beso que empezó suave, labios rozándose como alas de mariposa, pero pronto se volvió feroz. Lenguas danzando, sabor a tequila y sal, manos explorando.
Acto dos: la escalada. Sofía sintió sus pezones endureciéndose bajo el vestido, rozando el pecho de él con cada jadeo. Mateo gruñó bajito, un sonido animal que le vibró en el pecho. —Estás tan rica, Sofi. Quiero comerte entera —murmuró contra su boca, mientras sus manos bajaban por su espalda, apretando sus nalgas firmes. Ella arqueó la espalda, presionando su monte contra la verga dura que la pinchaba a través de la tela.
Santo cielo, qué grande se siente. Mi concha palpita, se moja tanto que siento el chorrito bajando por mis piernas. No aguanto más, lo necesito dentro.
La llevó al sofá de cuero suave, que crujió bajo su peso. Le quitó el vestido con reverencia, exponiendo su cuerpo desnudo al aire fresco. Sus tetas llenas, pezones oscuros y erectos, la curva de su cadera, el triángulo negro de vello pubiano húmedo. Él se arrodilló, besando su vientre, bajando lento, torturándola. El olor de su excitación lo envolvió, almizclado y dulce, como miel de abeja silvestre.
—Ábrete para mí, mi amor —le pidió, y ella obedeció, piernas temblando. Su lengua la lamió despacio, desde el clítoris hinchado hasta la entrada resbaladiza. Sofía gritó, un gemido largo que se mezcló con el rumor del mar afuera. ¡Qué chingón! Su lengua es fuego, me lame como si fuera su postre favorito. Él chupaba, succionaba, metiendo un dedo, luego dos, curvándolos para tocar ese punto que la hacía ver estrellas. Ella se retorcía, uñas clavándose en su pelo, caderas moviéndose al ritmo de su boca.
Pero no quería acabar aún. Lo jaló arriba, desabrochando sus jeans con dedos ansiosos. Su verga saltó libre, gruesa, venosa, la cabeza brillante de precúm. La tomó en la mano, sintiendo el pulso caliente, el olor masculino embriagador. —Te la chupo hasta que ruegues —le dijo traviesa, y lo hizo. Boca caliente envolviéndolo, lengua girando alrededor del glande, succionando profundo hasta la garganta. Mateo jadeaba, —¡Carajo, Sofi, eres la mejor!, sus caderas empujando suave, respetando su ritmo.
La intensidad subía, sudor perlando sus cuerpos, el cuero pegándose a sus pieles. Él la volteó, poniéndola a cuatro patas, admirando su culo redondo. Entró despacio, centímetro a centímetro, llenándola hasta el fondo. ¡Ay, Diosito! Me estira tanto, me roza justo ahí. Empezaron a moverse, lento al principio, piel contra piel chapoteando, el sonido obsceno mezclándose con sus gemidos. Aceleraron, él agarrando sus caderas, ella empujando hacia atrás, pidiendo más.
—¡Dame duro, Mateo! ¡Fóllame como en el capitulo 46 de abismo de pasion, donde todo explota! —gritó ella, y él obedeció, embistiendo fuerte, bolas golpeando su clítoris. El placer crecía en espiral, tensión en el bajo vientre, músculos contrayéndose.
Acto tres: la liberación. Sofía sintió el orgasmo venir como una ola gigante, rompiéndose en mil pedazos. Gritó su nombre, paredes internas apretándolo como un puño, chorros de jugo empapando sus muslos. Él la siguió segundos después, gruñendo ronco, llenándola con chorros calientes que la hicieron temblar de nuevo. Colapsaron juntos, jadeantes, cuerpos enredados en un charco de sudor y fluidos.
El afterglow fue dulce. Mateo la besó suave, lamiendo el sudor de su cuello, sabor salado y perfecto. Se acurrucaron en la cama king size, sábanas de algodón egipcio refrescándolos. El mar cantaba su nana afuera, y el aroma de sus cuerpos unidos flotaba en el aire.
Esto es el abismo de pasión, caer sin miedo, sabiendo que él me sostiene. No hay vuelta atrás, y no quiero. Somos fuego puro.
—Te amo, Sofi. Quédate conmigo —le susurró él, trazando círculos en su espalda. Ella sonrió, el corazón lleno, el cuerpo saciado pero ya anhelando más.
—No seas menso, aquí estoy. Y esto apenas empieza —respondió, sellando con un beso lento. La noche los envolvió, prometiendo más capítulos de su propia historia ardiente.