Virgen Maria y Jesus Pasion de Cristo
En el polvoriento pueblo de San Cristóbal, durante la Semana Santa, el sol pegaba como diablo en la plaza principal. Yo, María, apodada la virgen por todos porque a mis veintiocho años todavía no me había dejado tocar por ningún pendejo, ensayaba mi papel en la obra Virgen Maria y Jesus Pasion de Cristo. Vestida de azul celeste con un manto blanco, cargaba una corona de espinas falsa mientras Jesús, el carnal que interpretaba a su tocayo, avanzaba azotado por los romanos de utilería. Órale, qué guapo se veía con ese cuerpo moreno sudado, los músculos tensos bajo la luz del atardecer. Su mirada, cuando se cruzaba con la mía en la escena del descendimiento, me hacía sentir un cosquilleo en el estómago, como si el Espíritu Santo me estuviera jugando una mala pasada.
Después del ensayo, el aire olía a incienso quemado y a tierra mojada por el rocío. Me quedé recogiendo las velas derretidas cuando él se acercó, oliendo a sudor fresco y a ese jabón de lavanda que usaba su familia. "María, neta que sales como santa de verdad", me dijo con esa voz ronca que me ponía la piel de gallina. Le sonreí, sintiendo el calor subir por mis mejillas. ¿Por qué este wey me hace esto? Diosito, no me tientes, pensé mientras lo veía quitarse la túnica ensangrentada de pintura roja. Su pecho ancho, marcado por las cicatrices falsas de los latigazos, brillaba bajo la luna naciente.
¡Ay, Virgen María! ¿Será pecado imaginarlo encima de mí, su aliento caliente en mi cuello, sus manos callosas explorando lo que nadie ha tocado?
Al día siguiente, en la iglesia, durante la confesión privada del elenco, nos quedamos solos en el altar. El eco de las campanas retumbaba como latidos acelerados. Jesús se arrodilló a mi lado, susurrando sus líneas: "Madre, en tus brazos entrego mi espíritu". Pero cuando me miró, sus ojos cafés ardían con algo más que devoción. Extendí la mano para consolarlo como en la obra, pero mis dedos se demoraron en su hombro, sintiendo el calor de su piel a través de la tela fina. Él no se apartó; al contrario, cubrió mi mano con la suya, grande y áspera de tanto trabajar en el campo.
"María, desde que te vi en el primer ensayo, no puedo sacarte de la cabeza. Eres como la virgen del cartel, pura pero con fuego adentro", murmuró. Mi corazón galopaba, el aroma de su piel mezclado con el humo de las velas me mareaba. Esto es la pasión de cristo hecha carne, pero en mí, reflexioné mientras él se inclinaba, sus labios rozando los míos en un beso tentativo. Sabían a sal y a promesa prohibida. No lo detuve; al revés, abrí la boca, dejando que su lengua danzara con la mía, un torbellino de sabores dulces y urgentes.
Nos escabullimos a la sacristía, el lugar donde guardaban los trajes sagrados. La puerta se cerró con un clic suave, y el mundo afuera desapareció. Sus manos temblorosas desataron mi manto, revelando mis pechos llenos bajo la blusa ajustada. "Qué rica estás, María. Neta, eres mi Virgen María en carne viva", jadeó mientras lamía mi cuello, enviando chispas por mi espina. Toqué su entrepierna, sintiendo la dureza de su verga palpitante contra la tela. ¡Madre mía, qué grande y caliente! Me arrodillé como en la obra, pero esta vez para desabrochar sus pantalones. Su pinga saltó libre, venosa y erecta, oliendo a hombre puro, a deseo acumulado.
Lo tomé en mi boca, saboreando la piel salada, el pre-semen que goteaba como néctar. Él gemía bajito, "¡Ay, cabrona, qué chingón se siente tu boquita!", enredando los dedos en mi cabello negro. El sonido de su respiración agitada, los jadeos ahogados, llenaban el cuarto pequeño. Mi concha se humedecía, el calor entre mis piernas crecía como un volcán. Me puse de pie, quitándome la falda con prisa. Desnuda ante él, mi cuerpo curvilíneo expuesto: caderas anchas, panocha depilada reluciente de jugos.
Esto no es pecado, es redención. Mi Jesús, mi pasión de cristo personal, ven a salvarme de esta virginidad que me ahoga.
Me recargó contra la mesa de madera antigua, el tacto áspero contra mi espalda contrastando con sus caricias suaves. Sus dedos exploraron mi clítoris, frotando en círculos lentos que me hacían arquearme. "Estás empapada, mi virgen. ¿Quieres que te haga mujer?" Asentí, mordiéndome el labio, el olor almizclado de mi excitación impregnando el aire. Entró en mí despacio, centímetro a centímetro, rompiendo mi himen con un pinchazo dulce que se disolvió en placer puro. Grité bajito, "¡Sí, Jesús, chíngame como en la pasión!"
Sus embestidas empezaron suaves, un ritmo hipnótico como las procesiones del Viernes Santo. Sentía cada vena de su verga rozando mis paredes internas, el roce eléctrico enviando ondas de éxtasis. El sudor nos unía, piel contra piel resbaladiza, sus bolas golpeando mi culo con palmadas húmedas. Aceleró, gruñendo, "¡Te voy a llenar, María, como el espíritu a la virgen!" Mis uñas se clavaron en su espalda, dejando surcos rojos como los latigazos de la obra. El clímax se acercaba, mi vientre contrayéndose, el sonido de nuestros cuerpos chocando como truenos lejanos.
En el medio del frenesí, recordé las escenas de Virgen Maria y Jesus Pasion de Cristo: el sufrimiento, la entrega total. Pero esto era gozo, no dolor. Él me volteó, poniéndome a cuatro patas sobre la mesa, el aire fresco besando mi ano expuesto. Volvió a penetrarme, más profundo, su mano alcanzando mi clítoris para masajearlo. "¡Ven, mi amor, córrete conmigo!" El orgasmo me golpeó como un rayo: mi concha se apretó alrededor de él, chorros de placer escapando, mis gritos ahogados contra su palma. Él se vació dentro, chorros calientes inundándome, su semen goteando por mis muslos mientras colapsábamos juntos.
Nos quedamos jadeando en el suelo de la sacristía, envueltos en el manto azul. Su cabeza en mi pecho, escuchando mi corazón ralentizarse. El aroma de sexo y velas persistía, un perfume pecaminoso y sagrado. "Neta, María, esto fue nuestra pasión de cristo", susurró, besando mi ombligo. Yo acaricié su cabello revuelto, sintiendo una paz profunda, como después de la comunión.
Ya no soy la virgen intocable. Soy mujer, amada, llena de vida. Que Dios nos perdone, pero qué chingón se siente ser libre.
Salimos al amanecer, la plaza vacía salvo por los gallos cantando. En el ensayo final esa noche, cuando interpretamos la escena culminante, nuestras miradas se cruzaron con complicidad ardiente. El público aplaudió, ajeno a la verdadera Virgen Maria y Jesus Pasion de Cristo que habíamos vivido. Caminamos juntos por las calles empedradas, manos entrelazadas, listos para más noches de entrega. La Semana Santa terminó, pero nuestra pasión apenas empezaba, un fuego eterno en este pueblo bendito por el deseo.