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La Pasion de Cristo en Netflix Desata Nuestra Lujuria

6580 palabras

La Pasion de Cristo en Netflix Desata Nuestra Lujuria

Ana se recostó en el sofá de su departamento en la Condesa, con el aire acondicionado zumbando bajito y el olor a café recién hecho flotando en el ambiente. Era una noche de viernes cualquiera en la Ciudad de México, de esas donde el tráfico de afuera se oía como un murmullo lejano. Su novio, Diego, acababa de llegar del gym, con la playera pegada al pecho por el sudor, oliendo a hombre fresco y a esa loción barata que tanto le gustaba. Neta, este wey me pone caliente con solo verlo sudado, pensó ella, mordiéndose el labio mientras lo veía quitarse los tenis.

—Órale, mi amor, ¿qué vemos hoy? —preguntó Diego, tirándose a su lado y pasando un brazo por sus hombros. Sus dedos rozaron la piel desnuda de su brazo, enviando un escalofrío directo a su entrepierna.

Ana sonrió pícara, hojeando el control remoto de Netflix. —Algo intenso, carnal. Mira, la pasion de cristo en netflix. ¿Te late? Esa película es bien heavy, pero chida para entrar en mood.

Diego arqueó la ceja, riendo. —¿La de Jesús? ¿En serio, reina? Bueno, va, pero si me aburro, te cojo aquí mismo pa' compensar.

Ella le dio un codazo juguetón, sintiendo ya el calor subirle por el vientre. Pulsó play, y la pantalla se llenó de imágenes crudas: el desierto árido, el polvo levantándose con el viento, los gritos de la multitud. El sonido de los latigazos resonaba en los bocinas, seco y brutal, como si cada golpe cayera sobre su propia piel. Ana se acurrucó más contra Diego, su muslo presionando el de él. Olía a su sudor mezclado con el suyo propio, un aroma terroso y excitante que le hacía cosquillas en la nariz.

La película avanzaba, y con ella, una tensión extraña se colaba en el aire. Los ojos de Ana seguían fijos en la corona de espinas, en la sangre resbalando por la frente de Cristo, en ese sufrimiento puro y sacrificial.

¿Por qué me excita esto tanto? Es como si su dolor me despertara algo salvaje adentro
, se dijo, cruzando las piernas para calmar el pulso que latía entre ellas. Diego respiraba más pesado, su mano ahora descansaba en su rodilla, los dedos trazando círculos lentos, subiendo apenas un centímetro por vez.

—Puta madre, qué gráfica está —murmuró él, su voz ronca. —Se me hace que este wey sufrió cañón por nosotros.

Ana giró la cara hacia él, sus labios a centímetros. —Sí, y nosotros aquí, cómodos, viéndolo en Netflix. Deberíamos... agradecerle de alguna forma.

Sus bocas se encontraron en un beso suave al principio, saboreando el café en su lengua y el salado de su piel. La película seguía de fondo, los gemidos de dolor mezclándose con los suyos ahogados. Diego la jaló sobre su regazo, sus manos grandes amasando sus nalgas por encima del short de pijama. Ella sintió su verga endureciéndose contra su concha, dura como piedra, palpitando con cada latido.

El beso se volvió feroz, dientes chocando, lenguas enredándose con urgencia. Ana jadeaba, el olor a popcorn rancio del microondas olvidado ahora opacado por el almizcle de su excitación. Sus pezones se erguían contra la blusa delgada, rozando el pecho de él con cada roce. Chíngame ya, pendejo, no aguanto, rugía su mente, pero se contenía, dejando que la tensión creciera como la procesión en la pantalla.

Diego le quitó la blusa con un movimiento fluido, exponiendo sus tetas al aire fresco. Sus labios bajaron a morder un pezón, succionándolo con fuerza, el sonido húmedo y obsceno compitiendo con los azotes de la película. Ana arqueó la espalda, gimiendo alto, sus uñas clavándose en sus hombros. El dolor placentero la atravesó como un rayo, recordándole las heridas de Cristo, pero transformado en puro placer.

—Te sientes tan rica, mi vida —gruñó él, bajando una mano al interior de su short. Sus dedos encontraron su clítoris hinchado, resbaloso de jugos, y lo frotaron en círculos lentos, tortuosos. Ana se mecía contra su mano, el sofá crujiendo bajo ellos, el calor de sus cuerpos haciendo que el ambiente se volviera sofocante, sudoroso.

La película llegó a la crucifixión, clavos hundiéndose en carne, sangre goteando espesa y roja. Ana miró de reojo, el contraste con el dedo de Diego penetrándola ahora, dos dedos curvándose adentro, tocando ese punto que la hacía ver estrellas.

Es como si su sacrificio nos diera permiso para pecar, para follar como animales
. Gritó su nombre, corriéndose por primera vez, sus paredes contrayéndose alrededor de él, empapando su mano con un chorro caliente.

Diego no esperó. La volteó de rodillas en el sofá, arrancándole el short. Su verga saltó libre, venosa y gruesa, goteando precum que olía a sexo puro. Ana miró atrás, lamiéndose los labios, ansiosa. —Dale, cabrón, métemela toda. Hazme tuya como él se dio por todos.

Él embistió de un solo golpe, llenándola hasta el fondo, sus bolas chocando contra su clítoris. El slap-slap-slap de piel contra piel ahogaba la banda sonora de Netflix. Ana empujaba hacia atrás, sus tetas bamboleándose, el sudor resbalando por su espina como lágrimas divinas. Diego la sujetaba por las caderas, sus dedos dejando marcas rojas, gruñendo obscenidades: —¡Qué rica concha, mi reina! ¡Te chingo hasta que grites!

Cada estocada era más profunda, más salvaje, el sofá moviéndose con ellos. Ella sentía cada vena de su verga frotando sus paredes, el glande golpeando su cervix con delicioso dolor. El olor a sexo impregnaba todo: jugos, sudor, semen próximo. Sus gemidos se volvieron alaridos, sincronizados con los últimos jadeos de la película. Diego aceleró, sus embestidas erráticas, y Ana sintió su orgasmo construyéndose otra vez, una ola gigante.

—¡Me vengo, puta! —rugió él, eyaculando dentro de ella, chorros calientes inundándola. Ana explotó con él, su concha ordeñándolo, piernas temblando, visión nublada por el placer cegador. Colapsaron juntos, la película terminando en créditos silenciosos.

Minutos después, envueltos en una manta, Ana apoyaba la cabeza en su pecho, oyendo su corazón galopante calmarse. El departamento olía a ellos, a pasión desatada. Diego le besó la frente, riendo bajito.

—Neta, la pasion de cristo en netflix fue lo mejor que pudimos ver. ¿Repetimos?

Ella sonrió, trazando círculos en su piel pegajosa. Este wey es mi salvación. —Siempre, mi amor. Siempre.

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