Cañaveral de Pasiones Capitulo 90 Fuego en las Hojas
El sol del mediodía caía a plomo sobre el cañaveral de San Miguel, en las tierras fértiles de Veracruz. Las hojas verdes y afiladas se mecían con la brisa caliente, creando un mar ondulante que ocultaba secretos ancestrales. Lucía, con su piel morena brillando de sudor, avanzaba entre los tallos altos, el corazón latiéndole con fuerza. Llevaba un huipil ligero que se pegaba a sus curvas generosas, y sus sandalias se hundían en la tierra húmeda. Hacía meses que su cuerpo anhelaba este momento, desde que conoció a Raúl en la fiesta del pueblo.
Raúl era el capataz del ingenio, un hombre de hombros anchos y manos callosas que sabían domar la caña y ahora, prometía, también a ella.
"Hoy es nuestro cañaveral de pasiones capitulo 90, mi reina", le había susurrado por teléfono esa mañana, con esa voz ronca que le erizaba la piel. "El capítulo donde todo explota".Lucía sonrió recordándolo, sintiendo un cosquilleo entre las piernas. No era la primera vez que se veían a escondidas en este laberinto verde, pero esta sería la número noventa, contadas con precisión en su libreta secreta, como episodios de una telenovela prohibida.
El aire olía a tierra mojada y caña madura, dulce y embriagador. Lucía se detuvo, jadeando un poco, y miró alrededor. El sonido de las hojas rozándose era como un susurro colectivo, invitándola a soltarse. Su mente bullía: ¿Y si alguien nos ve? ¿Y si mi carnal se entera? Pero el deseo era más fuerte que el miedo. Raúl apareció de repente, emergiendo de la maleza como un jaguar, su camisa blanca abierta dejando ver el pecho velludo y bronceado.
—Órale, preciosa, llegaste puntual como siempre —dijo él, con esa sonrisa pícara que la desarmaba. Se acercó despacio, sus botas crujiendo la hojarasca seca. Lucía sintió su calor antes de que la tocara, ese aroma masculino a sudor limpio y colonia barata que la volvía loca.
—No podía faltar a nuestro cañaveral de pasiones, wey —respondió ella, juguetona, usando el slang del pueblo para romper el hielo—. Capítulo 90, ¿no? Suena épico.
Raúl la tomó de la cintura, atrayéndola contra su cuerpo duro. Sus labios se rozaron en un beso suave al principio, probando, como el primer sorbo de un tequila reposado. Lucía saboreó su boca, salada y cálida, mientras sus manos subían por su espalda, enredándose en su pelo negro y largo. El mundo se redujo a ese contacto: el roce áspero de su barba incipiente en su mejilla, el latido acelerado de su corazón contra el suyo.
Se separaron un instante, respirando entrecortado. —Te he extrañado, nena. Tus tetas, tu culazo... todo tú —murmuró él, bajando la vista a sus pechos que subían y bajaban bajo el huipil.
Lucía rio bajito, empoderada por su mirada hambrienta. —Pues demuéstramelo, pendejo. Aquí no hay jefes ni maridos molestando.
Acto uno cerrado, el deseo ya ardía. Se adentraron más en el cañaveral, donde los tallos formaban un muro impenetrable. Raúl extendió una manta raída que sacó de su mochila, sobre la tierra suave. Se sentaron, piernas entrelazadas, y él comenzó a desatarle el huipil con dedos temblorosos de anticipación. La tela cayó, revelando sus senos plenos, pezones oscuros endurecidos por el aire y la excitación.
—Qué chingonas estás, Lucía —suspiró él, inclinándose para lamer uno, succionando con delicadeza. Ella arqueó la espalda, un gemido escapando de su garganta. El sonido del viento en las hojas se mezclaba con sus respiraciones agitadas, y el olor a su arousal empezaba a perfumar el aire, almizclado y dulce como la caña misma.
Las manos de Lucía bajaron a su pantalón, desabrochándolo con urgencia. Liberó su verga erecta, gruesa y venosa, palpitante en su palma. La piel era suave sobre el acero debajo, caliente como brasa. —Mira lo que me haces, carnala —gruñó Raúl, mientras ella la acariciaba de arriba abajo, sintiendo el precum resbaloso en la punta.
En su mente, Lucía luchaba con el torbellino: Esto es pecado, pero qué rico pecado. Noventa veces y aún me moja como la primera. Lo empujó suavemente sobre la manta, montándose a horcajadas. Sus muslos gruesos lo aprisionaron, y frotó su panocha húmeda contra él, lubricándose con sus jugos. El roce era eléctrico, enviando chispas por su espina dorsal. Raúl gemía, manos en sus caderas, guiándola.
La tensión subía como la savia en la caña. Besos más profundos, lenguas enredadas saboreando el salado del sudor. Él chupó sus tetas con hambre, mordisqueando lo justo para hacerla jadear. Lucía descendió, besando su pecho, lamiendo el camino de vello hasta su ombligo, luego más abajo. Tomó su verga en la boca, succionando la cabeza, saboreando ese gusto salobre y varonil. Raúl se tensó, "¡No mames, qué buena chupas!", sus caderas moviéndose involuntariamente.
Pero ella quería más. Se incorporó, posicionándose. —Entra en mí, Raúl. Hazme tuya en este cañaveral de pasiones capitulo 90.
Él obedeció, guiando su verga a la entrada de su concha empapada. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándola deliciosamente. Lucía gritó de placer, el sonido ahogado por las hojas. Estaba llena, completa. Comenzaron a moverse, un ritmo lento al principio, sintiendo cada vena, cada contracción. El slap de piel contra piel resonaba, mezclado con sus jadeos y el crujir de la caña.
La intensidad creció. Raúl la volteó, poniéndola a cuatro patas, el culazo en pompa invitándolo. Entró de nuevo, más profundo, sus bolas golpeando su clítoris. ¡Ay, Diosito! pensó ella, olas de placer subiendo desde su centro. Él la azotaba suavemente las nalgas, no para doler, sino para avivar el fuego. —¡Más fuerte, cabrón! —exigió ella, empoderada, empujando hacia atrás.
Sudor goteaba de sus cuerpos, mezclándose con la tierra. El olor era primitivo: sexo crudo, tierra fértil, caña dulce. Lucía sentía su orgasmo construyéndose, un nudo apretado en el vientre. Raúl aceleró, gruñendo como animal, sus manos en sus tetas colgantes, pellizcando pezones.
—Me vengo, mi amor... ¡juntos! —rugió él.
Explosión. Lucía se deshizo primero, su concha convulsionando alrededor de él, chorros de placer mojando sus muslos. Gritó su nombre, el mundo blanco y tembloroso. Raúl la siguió, llenándola con chorros calientes, su verga pulsando dentro. Colapsaron juntos, cuerpos entrelazados, respiraciones sincronizadas.
En el afterglow, yacían bajo el sol filtrado, caricias perezosas. Lucía trazaba círculos en su pecho, oliendo su piel salada. —Capítulo 90 perfecto, ¿no? —murmuró.
Raúl besó su frente. —El mejor, nena. Pero ya quiero el 91.
El cañaveral susurraba aprobación, guardian de sus pasiones eternas. Lucía sonrió, satisfecha, el cuerpo aún zumbando. En este rincón de Veracruz, su amor era tan indomable como la caña misma.