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Novela de Telemundo Pasion Prohibida

6807 palabras

Novela de Telemundo Pasion Prohibida

Ana respiraba el aire cargado de jazmín y tierra húmeda de la hacienda en Guadalajara. El sol del mediodía caía como una caricia ardiente sobre su piel morena, mientras el eco lejano de un mariachi ensayando para la boda de su prima la envolvía. Vestida con un huipil ligero que se pegaba a sus curvas generosas, caminaba por el jardín, sintiendo el crujido de la grava bajo sus sandalias. Hacía años que no volvía a este lugar, pero el olor a tortillas recién hechas y el dulce del mezcal la transportaban a su infancia salvaje.

¿Por qué vine? ¿Para ver cómo mi familia se une a los Morales en esta boda ridícula? pensó, mientras un escalofrío le recorría la espina. Los Morales eran los eternos rivales de los suyos, por una disputa de tierras que nadie recordaba bien, pero que alimentaba odios como leña seca. Y ahí estaba él, Rodrigo Morales, saliendo del establo con el torso sudoroso brillando bajo el sol, jeans ajustados marcando sus muslos fuertes y una sonrisa pícara que le aceleró el pulso.

¡Órale, Ana! ¿Tú por aquí? dijo él, limpiándose el sudor de la frente con el dorso de la mano. Su voz grave, con ese acento tapatío ronco, le erizó la piel.

Ella se detuvo, oliendo su aroma masculino mezclado con cuero y caballo.

No puede ser. Ese pendejo siempre me ha puesto como moto, desde chavos.
Recordaba las fiestas clandestinas en la secundaria, cuando se miraban de reojo, robándose besos detrás de los mezquites. Pero las familias... ay, las familias.

—Sí, wey. Vine por la boda. No me digas que tú también estás de infiltrado —rió ella, intentando sonar casual, pero su corazón latía como tamborazo.

Rodrigo se acercó, tan cerca que sintió el calor de su pecho. Sus ojos cafés la devoraban, bajando por el escote donde sus pechos subían y bajaban con agitación.

—Infiltrado nada. Mi carnal se casa con tu prima. Paz forzada, ¿no? Pero neta, verte así... estás más chula que nunca, mami.

La tensión creció esa tarde. Durante el ensayo de la boda, sus miradas se cruzaban como chispas. Ana bebía tequila en vasos de cristal, el líquido quemándole la garganta, mientras el sonido de las guitarras la envolvía. Esto es peor que esa novela de Telemundo Pasion Prohibida que veo religiosamente. Allá la protagonista se acuesta con el enemigo y boom, pasión desatada.

Al caer la noche, el jardín se iluminó con faroles y el aire se llenó del humo de barbacoa y risas. Ana se escabulló hacia el lago artificial, buscando aire fresco. El agua reflejaba la luna, y el croar de las ranas era un susurro hipnótico.

De pronto, unas manos fuertes la rodearon por la cintura desde atrás.

—No pude aguantar más, Ana. Te vi salir y... carajo, te deseo desde que te vi llegar.

Era Rodrigo, su aliento caliente en su cuello, oliendo a mezcal y hombre. Ella se giró, presionando su cuerpo contra el de él. Sus pechos se aplastaron contra su torso duro, y un gemido escapó de sus labios.

Eres un pendejo, Rodrigo. Si nos cachan, se arma el desmadre. Pero sus manos ya trepaban por su espalda, arañando la tela del huipil.

Se besaron con furia, lenguas enredándose como serpientes, saboreando el tequila y el salado del sudor. Él la levantó contra un árbol frondoso, las hojas rozando sus muslos expuestos mientras le subía la falda. Ana jadeaba, sintiendo su verga dura presionando entre sus piernas, el roce enviando descargas de placer.

Qué rico se siente. Neta, esto es prohibido pero tan chingón.

Rodrigo la llevó al borde del lago, tendiéndola sobre una manta que sacó de quién sabe dónde. La noche los cubría con su manto negro, solo el ulular de un búho como testigo. Desnudó su torso primero, lamiendo sus pezones oscuros que se endurecieron al instante bajo su lengua áspera. Ana arqueó la espalda, oliendo su propia excitación mezclada con el musgo húmedo del suelo.

—Tus tetas son una delicia, Ana. Siempre soñé morderlas así —gruñó él, succionando con fuerza, mientras sus dedos bajaban a su entrepierna empapada.

Ella abrió las piernas, invitándolo. —Tócame, cabrón. Hazme tuya ya. Sus dedos gruesos se colaron en su calor húmedo, frotando el clítoris hinchado en círculos lentos. Ana gemía bajito, el sonido ahogado por el viento, sintiendo oleadas de placer subir desde su vientre. El olor a sexo flotaba pesado, su jugo chorreando por sus muslos.

La tensión escalaba. Rodrigo se quitó los jeans, liberando su verga gruesa, venosa, palpitante. Ana la tomó en mano, sintiendo el pulso acelerado bajo la piel suave, el calor irradiando. La lamió desde la base hasta la punta, saboreando el precum salado, mientras él gruñía como animal.

Qué chupadora, mami. Me vas a hacer venir ya.

Pero él la detuvo, posicionándose entre sus piernas. Se miraron a los ojos, un acuerdo silencioso. Sí, esto es nuestro. Al diablo las familias.

Entró en ella de un empujón lento, estirándola deliciosamente. Ana gritó de placer, sus uñas clavándose en su espalda musculosa. El roce de su pubis contra el clítoris era eléctrico, cada embestida profunda enviando temblores. El sonido húmedo de sus cuerpos chocando se mezclaba con sus jadeos, el slap-slap rítmico como tambores.

—Más fuerte, Rodrigo. Dame todo, wey. Folla como si fuera la última vez.

Él aceleró, sudando sobre ella, sus bolas golpeando su culo con cada thrust. Ana sentía el orgasmo construyéndose, una espiral apretada en su vientre. Lo envolvió con las piernas, clavando talones en su trasero firme. El olor de sus axilas, del sexo crudo, la volvía loca.

De repente, explotó. Su coño se contrajo en espasmos violentos alrededor de su verga, chorros de placer mojando todo. Rodrigo rugió, llenándola con chorros calientes, su semen goteando por sus muslos.

Se quedaron así, unidos, respiraciones entrecortadas calmándose. El aire nocturno refrescaba sus cuerpos pegajosos, el lago lamiendo la orilla como un susurro.

Esto fue como esa novela de Telemundo, Pasion Prohibida —murmuró Ana, riendo suave contra su pecho—. Pero neta, la nuestra es mejor.

Rodrigo la besó en la frente, su mano acariciando su cabello revuelto.

—Y apenas empieza, mi amor. Mañana hablamos con las familias. O nos fugamos. Pero tú y yo... ya no hay vuelta atrás.

Ana sonrió, sintiendo una paz profunda, el afterglow envolviéndola como una manta tibia. El corazón le latía sereno por primera vez en años. Mañana vendrían las broncas, las miradas de reproche, pero esa noche, bajo las estrellas mexicanas, su pasión prohibida era libre al fin.

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