La Pasion de Cristo 1977
Era el año 1977 en la bulliciosa Ciudad de México. El aire olía a elotes asados y a gasolina de los vochos que rugían por las calles del Centro. Yo, Ana, una morra de veinticinco tacos, secretaria en una oficina chida de la colonia Roma, me la pasaba soñando con algo más que papeleo y jefes pendejos. Esa noche, mis cuates me arrastraron a una cantina en la Garibaldi, donde los mariachis tronaban con "Cielito Lindo" y el tequila corría como agua.
Allí lo vi. Se llamaba Cristo, un mecánico alto y fornido, con barba espesa, ojos cafés profundos como pozos y un cuerpo que parecía tallado en piedra, neta. Vestía una playera ajustada que marcaba sus pectorales y unos jeans gastados que abrazaban sus muslos fuertes.
¡Órale, wey, qué hombre! Parecía sacado de una película de pasiones prohibidas, pensé mientras lo espiaba desde la barra. Él platicaba con unos parroquianos, riendo con esa voz grave que vibraba en mi pecho como un tamborazo zacatecano.
Nuestras miradas se cruzaron. Él sonrió, mostrando dientes blancos y perfectos, y se acercó con un trago en la mano. "Órale, morra, ¿te invito un tequilita? Soy Cristo, pero no el de la cruz, eh, solo el que repara motores y rompe corazones". Su aliento traía ese aroma ahumado del mezcal, mezclado con su sudor varonil, y sentí un cosquilleo en la piel de los brazos. "Simón, Cristo, pero no me rompas el corazón, que ya lo traigo hecho mierda", le contesté coqueta, mordiéndome el labio. Hablamos de todo: de la vida loca en el DF, de rancheras que ponían la piel chinita, y de pronto mencionó una película vieja que acababa de ver en un cine porneras del centro, La Pasion de Cristo 1977, una versión bien ranchera y pasional de la historia bíblica, pero con toques que te dejaban pensando en pecados ricos.
La tensión creció como el calor de un comal. Sus manos grandes rozaron las mías al pasar el vaso, ásperas por el trabajo pero cálidas, enviando chispas por mi espinazo.
Quiero sentir esas manos en todo mi cuerpo, carajo. Bailamos un son, pegaditos, su cadera contra la mía, el ritmo de sus latidos retumbando en mi pecho. Su olor, mezcla de aceite de motor, jabón de sabila y hombre puro, me mareaba más que el trago.
Acto dos: la escalada. Salimos de la cantina, caminando por las calles empedradas bajo las luces neón. El viento fresco de la noche lamía mi piel, pero el fuego dentro ardía. "Ven a mi taller, Ana, está cerca, te enseño mis juguetes", murmuró al oído, su aliento caliente erizándome el cuello. "Simón, Cristo, pero no me hagas esperar". Su taller era un espacio chido en una vecindad limpia, con motos relucientes y posters de rock en español. Cerró la puerta, y de inmediato sus labios capturaron los míos. Beso salvaje, lenguas danzando como serpientes en celo, sabor a tequila y sal de su piel.
Me quitó la blusa despacio, besando mi clavícula, bajando a mis tetas que se endurecían bajo su mirada hambrienta. "Qué chingonas, morra", gruñó, lamiendo un pezón con la lengua áspera, mandándome ondas de placer directo a la bujeta. Yo le arranqué la playera, palpando su pecho velludo, duro como roble, oliendo a macho sudado. Mis manos bajaron a su verga, ya tiesa como fierro bajo los jeans. "¡Neta, qué pinga tan grande!", jadeé, sintiendo su pulso acelerado contra mi palma.
Nos tumbamos en un colchón viejo pero limpio, rodeados del aroma metálico de herramientas y nuestro deseo crudo. Él besó mi panza, mi ombligo, bajando lento, torturándome.
¡No aguanto más, métemela ya!Sus dedos juguetearon con mi clítoris, resbalosos de mis jugos, mientras yo gemía como loca, el sonido rebotando en las paredes. "Estás empapada, Ana, qué rica", dijo, metiendo un dedo, luego dos, curvándolos justo ahí, el punto que me hacía arquear la espalda. Yo le chupé la verga, saboreando su piel salada, venosa, gimiendo con la boca llena mientras él me jalaba el pelo suave, guiándome.
La intensidad subió. Me puso a cuatro patas, su cuerpo cubriéndome como manto caliente. Entró despacio, centímetro a centímetro, llenándome hasta el fondo. "¡Ay, Cristo, qué chido!", grité, sintiendo cada vena, cada embestida rozando mis paredes. El slap-slap de piel contra piel, sus bolas golpeando mi culo, el sudor goteando, oliendo a sexo puro. Cambiamos: yo encima, cabalgándolo, mis tetas rebotando, sus manos amasando mi culo. "¡Fóllame más duro, wey!", exigí, y él obedeció, clavándome con furia consentida, nuestros jadeos mezclándose con rancheras lejanas.
El clímax y el afterglow. El orgasmo llegó como tormenta: mi concha se contrajo alrededor de su verga, olas de placer cegándome, gritando su nombre mientras él se vaciaba dentro, caliente, profundo, rugiendo como león. Colapsamos, pieles pegajosas, corazones galopando al unísono. Su brazo alrededor de mi cintura, besos suaves en la nuca, el olor de semen y sudor envolviéndonos como niebla dulce.
Después, fumamos un cigarro en la penumbra, platicando bajito. "Eres mi pasion, Ana, como esa película La Pasion de Cristo 1977 que vimos en el cine del barrio, llena de fuego y entrega total". Yo sonreí, trazando círculos en su pecho.
Esto no es pecado, es bendición, carajo. Quiero más noches así. Amaneció con café de olla y promesas de volvernos a ver, el sol filtrándose por la ventana, tiñendo su piel de oro. Salí del taller con las piernas temblando, pero el alma llena, sabiendo que esa pasión de Cristo en 1977 había cambiado mi vida para siempre.