Relatos
Inicio Erotismo Pasion y Deseos Ardientes Pasion y Deseos Ardientes

Pasion y Deseos Ardientes

6541 palabras

Pasion y Deseos Ardientes

La noche en Polanco estaba viva, con el bullicio de la Ciudad de México latiendo como un corazón acelerado. Yo, Ana, acababa de salir de una larga semana en la oficina, y lo único que quería era un trago fuerte y buena música. Entré al rooftop bar, ese lugar chido con vistas al skyline iluminado, donde el aire olía a jazmín y a tequila reposado. Me senté en la barra, pedí un margarita con sal, y sentí el frío del vidrio contra mi palma sudada. Neta, necesito soltarme, pensé, mientras mis ojos recorrían el lugar.

Allí estaba él, Rodrigo, alto, moreno, con esa sonrisa pícara que gritaba trouble del bueno. Vestía una camisa guayabera ajustada que marcaba sus hombros anchos, y unos jeans que le quedaban como pintados. Nuestras miradas se cruzaron, y sentí un cosquilleo en el estómago, como si el tequila ya me hubiera pegado. Se acercó, con un vaso de mezcal en la mano.

—Órale, güerita, ¿vienes sola o esperas a alguien? —dijo con esa voz ronca, cargada de acento chilango puro.

Le sonreí, juguetona. —Siéntate, wey, y averigua.

Empezamos a platicar, de todo y nada: del pinche tráfico, de lo cara que está la vida en la CDMX, de cómo el amor se siente como un volcán a punto de erupcionar. Sus ojos cafés me devoraban, y yo no podía evitar morder mi labio inferior. Olía a colonia fresca con un toque de tabaco, y cada vez que reía, su pecho subía y bajaba, invitándome a tocarlo. La pasion y deseos empezaban a bullir bajo mi piel, como el calor del sol en Acapulco.

La música cambió a un ritmo de cumbia rebajada, y me jaló a la pista. Sus manos en mi cintura eran firmes pero suaves, guiándome con maestría. Sentí su aliento cálido en mi cuello mientras bailábamos pegaditos. —Estás rica, Ana —murmuró—. Me traes loco.

Mi corazón latía desbocado, y entre mis piernas un calor húmedo se despertaba.

¿Y si lo llevo a mi depa? ¿Y si esta noche exploto toda esta tensión?
pensé, mientras sus caderas rozaban las mías al son de la música.

El beso llegó natural, como si el universo lo hubiera planeado. Sus labios carnosos presionaron los míos, su lengua explorando con hambre contenida. Sabía a mezcal ahumado y a promesas sucias. Nos separamos jadeantes, y sin palabras, salimos del bar tomados de la mano. El viento nocturno jugaba con mi falda corta, y el roce de su pulgar en mi palma me erizaba la piel.

Mi departamento estaba cerca, en una torre con vista al Bosque de Chapultepec. Apenas cerramos la puerta, la tensión explotó. Me empujó contra la pared, sus manos subiendo por mis muslos, levantando la falda. —Te quiero ya, Ana. Dime que sí —gruñó, con los ojos encendidos.

—Sí, pendejo, hazme tuya —respondí, clavando mis uñas en su espalda.

Acto dos, la escalada. Lo arrastré al sofá de cuero negro, que crujió bajo nuestro peso. Me quitó la blusa despacio, besando cada centímetro de piel expuesta. Sus labios en mi clavícula enviaban descargas eléctricas directo a mi centro. Olía a sudor limpio y excitación, ese aroma almizclado que enloquece. Lamí su cuello, saboreando la sal de su piel, mientras mis manos bajaban a su cinturón.

Se lo desabroché con dedos temblorosos, liberando su verga dura, palpitante. La tomé en mi mano, sintiendo su calor y grosor, y él gimió bajito, un sonido gutural que me mojó más. Chingado, qué prieta la tengo, pensó él, o eso imaginé por cómo me miró. Me arrodillé, mirándolo a los ojos, y la metí en mi boca. Su sabor salado y varonil me invadió la lengua, mientras chupaba despacio, saboreando cada vena, cada pulso. Sus manos enredadas en mi pelo, guiándome sin forzar, solo animando.

—Así, mami, qué chingona eres —jadeó.

Me levantó, me cargó como si no pesara nada, y me llevó a la cama king size. La habitación olía a velas de vainilla que había encendido antes, y la luz tenue de la ciudad se colaba por las cortinas. Me tendió boca arriba, besando mi estómago, bajando hasta mis bragas empapadas. Las deslizó con dientes, y su aliento caliente sobre mi clítoris me hizo arquear la espalda.

Su lengua era mágica, lamiendo mis labios hinchados, succionando con precisión. Gemí alto, mis caderas moviéndose solas contra su boca. Sentía el roce áspero de su barba incipiente en mis muslos internos, el sonido húmedo de su festín, el sabor de mi propia excitación cuando me besó después.

Esta pasion y deseos me está consumiendo, no quiero que pare nunca
, rugía en mi mente mientras él introducía dos dedos, curvándolos justo ahí, en mi punto G.

Lo volteé, queriendo control. Me subí encima, frotando mi coño mojado contra su polla dura. —Te voy a cabalgar hasta que grites mi nombre —le dije, con voz ronca.

Despacio, me hundí en él, centímetro a centímetro. Lo llenaba por completo, estirándome deliciosamente. El estirón ardiente dio paso a un placer profundo, y empecé a moverme, primero lento, sintiendo cada roce interno. Sus manos en mis tetas, pellizcando pezones duros como piedras, enviaban chispas por mi espina.

El ritmo aumentó, piel contra piel chocando con palmadas húmedas. Sudábamos, el aire cargado de nuestro olor a sexo crudo. Él se incorporó, chupando mi cuello mientras yo rebotaba más fuerte. Su calor dentro de mí, su aliento en mi oreja, todo es perfecto. La tensión crecía, como una ola gigante acercándose.

—Me vengo, Rodrigo, no pares —grité, mientras mi orgasmo me rompía en mil pedazos. Contracciones salvajes apretándolo, leche caliente salpicando mi interior cuando él explotó segundos después, rugiendo mi nombre.

Acto tres, el afterglow. Colapsamos enredados, respiraciones agitadas calmándose poco a poco. Su peso sobre mí era reconfortante, su piel pegajosa contra la mía. Besos suaves en la frente, caricias perezosas en la espalda. El skyline brillaba afuera, testigo mudo de nuestra entrega.

—Neta, Ana, eso fue... inolvidable —dijo, con voz somnolienta.

Sonreí, trazando círculos en su pecho.

Esta pasion y deseos no se apaga tan fácil, wey. Esto apenas empieza
. Me acurruqué contra él, el corazón lleno, el cuerpo saciado pero ya soñando con la próxima ronda. La noche mexicana nos había unido en un torbellino de placer puro, y sabía que el amanecer traería más.

Contenido Adulto

Este sitio web contiene material explícito y relatos eróticos destinados exclusivamente a adultos. Debes tener al menos 18 años para acceder a relatos.cc.

Al ingresar, aceptas nuestros términos de servicio y confirmas que resides en una jurisdicción donde el consumo de este material es legal.