Infieles Pasiones Desenfrenadas
La fiesta en la casa de mis suegros en San Pedro Garza García estaba en su apogeo. El aire olía a carne asada recién salida del asador, mezclado con el dulzor de las margaritas heladas que corrían como agua. Yo, Laura, de treinta y cinco años, con mi vestido rojo ceñido que acentuaba mis curvas, me sentía atrapada en la rutina. Mi marido, Carlos, charlaba con sus primos sobre el pinche fútbol, ignorándome como siempre. Hacía meses que no me tocaba, que no me hacía sentir mujer. Neta, ya estoy harta, pensé mientras sorbía mi drink, el limón fresco explotando en mi lengua.
Entonces lo vi. Diego, el primo de Carlos, el que siempre había sido el chulo de la familia. Alto, moreno, con esa sonrisa pícara que me hacía cosquilleo en el estómago. No nos veíamos desde la boda hace diez años, pero ahí estaba, con camisa blanca arremangada mostrando brazos fuertes, oliendo a colonia cara y hombre. Nuestras miradas se cruzaron y ¡pum! algo se encendió. Caminó hacia mí con paso seguro, como si supiera lo que provocaba.
"¡Laura! ¿Qué onda, güey? Sigues igual de preciosa", dijo, abrazándome. Su cuerpo duro contra el mío, el calor de su pecho traspasando la tela. Sentí su aliento en mi cuello, un aroma a tequila y deseo puro. "Diego, no mames, ¿tú por aquí?", respondí riendo, pero mi voz salió ronca. Hablamos de todo y nada: el trabajo, los chismes familiares. Cada roce accidental —su mano en mi espalda baja, mi pierna rozando la suya— mandaba chispas por mi piel.
"¿Qué chingados estoy haciendo? Me casé con Carlos por estabilidad, pero esto... esto es vida. Infieles pasiones que me llaman como un imán", pensé, mientras el ruido de la banda norteña retumbaba en mis oídos.
La tensión crecía con cada mirada. Carlos estaba borracho, riendo con los cuates. Diego me susurró al oído: "Ven conmigo un rato, necesito aire fresco". Mi corazón latía como tambor. Lo seguí al jardín trasero, iluminado por luces tenues. El césped mullido bajo mis tacones, el aroma de jazmines nocturnos envolviéndonos. Nos sentamos en una banca apartada, nuestras rodillas tocándose.
"Te he pensado mucho, Laura. Desde aquella vez en la uni, cuando casi...", murmuró, su voz grave vibrando en mi pecho. Recordé esos besos robados, jóvenes y salvajes. Mi mano tembló al posarla en su muslo. "Yo también, Diego. Carlos es un buen hombre, pero no me enciende como tú". Sus ojos oscuros se clavaron en los míos, y de pronto sus labios cubrieron los míos. Suave al principio, explorando, luego feroz. Saboreé su lengua, salada y dulce, mientras sus manos subían por mi espalda, desabrochando el vestido con maestría. El viento fresco lamía mi piel expuesta, erizándome los vellos.
Me levantó en brazos como si no pesara nada, llevándome a la casita de herramientas al fondo del jardín. Olía a madera y tierra húmeda, un colchón viejo nos esperaba como destino. "No seas pendejo, Diego, nos pueden cachar", susurré, pero mis piernas ya se abrían para él. "Shh, güey, solo siente", respondió mordiendo mi oreja. Su boca bajó por mi cuello, lamiendo el sudor salado, chupando mis pezones endurecidos. Gemí bajito, el sonido ahogado por su beso. Sus dedos hábiles encontraron mi centro húmedo, resbaladizo de anticipación. "Estás chingona de mojada, Laura", gruñó, y yo arqueé la espalda, el placer electrico recorriéndome como corriente.
La noche se volvía un torbellino de sensaciones. El roce áspero de su barba en mis senos, el calor de su verga dura presionando mi muslo. Me quité el vestido por completo, quedando en tanga negra que él arrancó con los dientes. Su lengua danzó en mi clítoris, saboreándome como fruta madura, mientras yo tiraba de su pelo, jadeando. "¡Más, cabrón, no pares!" El olor a sexo nos envolvía, almizclado y embriagador. Lo volteé, queriendo devorarlo. Mi boca lo envolvió, salado y venoso, chupando con hambre hasta que gimió mi nombre.
"Esto son infieles pasiones puras, el fuego que Carlos nunca prendió. Me siento viva, poderosa, dueña de mi güeva", reflexioné en medio del éxtasis.
Diego me penetró despacio al principio, llenándome centímetro a centímetro. Sentí cada vena, cada pulso, estirándome deliciosamente. Nuestros cuerpos chocaban con ritmo creciente, piel sudada resbalando, el slap-slap ecoando en la casita. Agarré sus nalgas firmes, clavando uñas, mientras él me embestía profundo, rozando ese punto que me volvía loca. El mundo se redujo a su aliento jadeante en mi oído, "Te amo, Laura, siempre te amé", y mis paredes contrayéndose alrededor de él. El orgasmo llegó como ola, temblando entera, gritando su nombre en silencio para no alertar a nadie. Él se vino segundos después, caliente dentro de mí, colapsando sobre mi pecho palpitante.
Nos quedamos así, enredados, el sudor enfriándose en la brisa. Su dedo trazaba círculos en mi vientre, besos suaves en mi hombro. "¿Y ahora qué, mi amor?", preguntó. Yo sonreí, el corazón aún acelerado. "Esto no termina aquí, Diego. Carlos es mi vida estable, pero tú... tú eres mi pasión". Regresamos a la fiesta por separado, yo con el vestido arrugado pero la piel radiante. Carlos ni se dio cuenta, brindando con los primos.
En la cama esa noche, junto a mi marido dormido, reviví cada toque, cada gemido. Las infieles pasiones me habían despertado. No era solo sexo; era reclamar mi fuego interior. Mañana buscaría a Diego de nuevo. La vida era demasiado corta para apagones.