Pasiones Ocultas en la Casa de Retiros de los Misioneros Pasionistas
Yo llegué a la Casa de Retiros de los Misioneros Pasionistas un viernes por la tarde, con el sol de Jalisco quemando el asfalto y el corazón hecho pedazos después de que mi novio de años me dejara por otra. Neta, necesitaba un respiro, un lugar donde el silencio me hablara más que las mentiras de la ciudad. El aire olía a pinos frescos y a tierra mojada por la lluvia reciente, y el sonido de las campanas lejanas me erizó la piel. La casa era imponente, con muros blancos y jardines llenos de rosas rojas que parecían sangrar pasión contenida.
En la bienvenida, nos reunieron en el comedor. Ahí lo vi por primera vez: Mateo, un moreno alto con ojos cafés profundos y una sonrisa que prometía pecados disfrazados de santidad. Vestía jeans ajustados y una camiseta que marcaba sus músculos de quien trabaja con las manos. ¿Qué hace un tipo así en un retiro religioso? pensé, mientras el padre director hablaba de oración y entrega. Nuestras miradas se cruzaron, y sentí un cosquilleo en el estómago, como si el Espíritu Santo me estuviera mandando señales equivocadas.
La primera noche, durante la meditación guiada en el jardín, me senté cerca de él. El viento susurraba entre las hojas, trayendo el aroma dulce de las bugambilias. Mateo se acercó después, con voz baja y ronca: "Órale, carnala, ¿vienes mucho por acá?" Le conté mi rollo, y él soltó que andaba lidiando con el divorcio de su jefa, perdón, de su ex. Neta, conectamos al instante. Sus manos rozaron las mías al pasar el agua bendita, y el calor de su piel me dejó pensando en lo que no debía.
Al día siguiente, el retiro se puso intenso. Caminatas por el bosque, confesiones en grupo. Pero Mateo y yo nos escapábamos un ratito para platicar solos. "Eres bien chida, Ana", me dijo una tarde, mientras el sol se colaba entre los árboles, pintando su cara de dorado. Su aliento olía a menta y a algo más salvaje, como hombre listo para devorar. Yo sentí mi piel ardiendo, mis pezones endureciéndose bajo la blusa ligera.
¿Y si me dejo llevar? Aquí nadie nos juzga, es un lugar de retiro, no de castigo.La tensión crecía con cada mirada, cada roce accidental.
Por la noche, en la adoración eucarística, el incienso llenaba el aire, espeso y embriagador, como el deseo que me ahogaba. Después, en el pasillo oscuro hacia las habitaciones, Mateo me jaló suavemente a un rincón sombreado. "No aguanto más, preciosa", murmuró, y sus labios capturaron los míos. Fue un beso hambriento, con lengua explorando, saboreando mi boca como si fuera el fruto prohibido del Edén mexicano. Sus manos grandes subieron por mi espalda, apretándome contra su pecho duro. Olía a sudor limpio y a colonia barata, pero excitante. Gemí bajito, sintiendo su verga endureciéndose contra mi vientre.
Esto está mal, pero se siente tan chingón, pensé mientras lo seguía a su cuarto. La puerta se cerró con un clic suave, y el mundo se redujo a nosotros. La habitación era sencilla: cama individual, crucifijo en la pared, velas parpadeando. Mateo me desvistió despacio, besando cada centímetro de piel que liberaba. Sus labios en mi cuello chupaban suave, dejando marcas que mañana dolerían rico. "Tienes unas chichis perfectas, mamacita", gruñó, lamiendo mis pezones rosados hasta que me arqueé, jadeando. El sonido de mi respiración agitada rebotaba en las paredes, mezclándose con sus ronquidos de placer.
Yo no me quedé atrás. Le quité la playera, recorriendo con las uñas su pecho velludo, bajando hasta desabrocharle el cinto. Su verga saltó libre, gruesa y venosa, palpitando con el pulso acelerado. La tomé en la mano, sintiendo su calor aterciopelado, el olor almizclado de su excitación invadiéndome. "Qué rica verga tienes, pendejo", le dije juguetona, y él rio bajito antes de empujarme a la cama. Me abrió las piernas, besando mis muslos internos, donde la piel es tan sensible. Su lengua llegó a mi concha húmeda, lamiendo el clítoris con maestría, chupando mis jugos que sabían a miel salada. Grité ahogado, agarrando sus cabellos, mis caderas moviéndose solas contra su boca. El placer subía como una ola, tenso, interminable.
Pero quería más. "Cógeme ya, mi rey", supliqué, y él se posicionó, frotando la punta de su verga contra mis labios hinchados. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándome deliciosamente. Sentí cada vena, cada pulso, llenándome hasta el fondo. Empezó a bombear, lento al principio, dejando que sintiera la fricción ardiente. El slap-slap de piel contra piel llenaba la habitación, junto con nuestros gemidos entrecortados. Sudábamos, el olor a sexo crudo mezclándose con el incienso residual. Aceleró, sus bolas golpeando mi culo, sus manos apretando mis nalgas. Es mío, todo mío esta noche, pensé en éxtasis.
Cambié de posición, montándolo como amazona. Sus ojos devoraban mis tetas rebotando, y yo cabalgaba fuerte, sintiendo su verga golpear mi punto G. "¡Sí, así, chingame más!", gritaba él, y yo respondía moliendo las caderas, mis jugos chorreando por sus huevos. El clímax nos alcanzó juntos: yo exploté primero, contrayéndome alrededor de él, olas de placer sacudiéndome hasta las yemas de los dedos, un grito ronco escapando de mi garganta. Él se vino segundos después, llenándome con chorros calientes, gruñendo como animal.
Nos quedamos jadeando, enredados en las sábanas revueltas. Su semen goteaba de mí, cálido y pegajoso, mientras él me besaba la frente. "Eres increíble, Ana. Esto fue neta lo que necesitaba", susurró. Yo sonreí, oliendo nuestros cuerpos mezclados, sintiendo la paz verdadera por primera vez en meses. Afuera, las campanas tañían la media noche, como bendiciendo nuestro pecado.
Al amanecer, nos despedimos con otro beso robado en el jardín. La Casa de Retiros de los Misioneros Pasionistas me había dado más que oración: me devolvió la vida, el fuego. Caminé hacia el autobús con las piernas flojas y el alma ligera, sabiendo que las pasiones ocultas a veces son las que más sanan. Volveré, y ojalá él también, pensé, mientras el sol naciente besaba las rosas rojas.