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Imágenes Sensuales de la Película Diario de una Pasión

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Imágenes Sensuales de la Película Diario de una Pasión

La lluvia caía a cántaros sobre el balcón de mi departamentito en la Condesa, ese golpeteo constante que neta me ponía de buenas. Era una noche de esas en que el aire huele a tierra mojada y a promesa de algo chido. Yo, Ana, sentada en el sillón con las piernitas cruzadas, scrolleaba el celular buscando algo que me prendiera el ánimo. De repente, di con unas imágenes de la película Diario de una Pasión, esas donde Ryan Gosling y Rachel McAdams se comen a besos bajo la lluvia. El corazón se me aceleró, recordando esa escena que siempre me ha hecho mojarme sin remedio.

¿Y si Juan y yo hacíamos algo así? pensé, mientras el calor subía por mi pecho. Juan, mi carnal, mi amor de hace dos años, andaba por llegar de su jale en la oficina. Era un wey alto, moreno, con esa sonrisa pícara que me derretía. Oí la llave en la chapa y ahí estaba él, empapado, sacudiéndose el agua del pelo como perrito.

¡Órale, mi reina! Esta lluvia está cabrona —dijo riendo, quitándose la chamarra.

Me levanté de un brinco y lo abracé, sintiendo su camisa pegada al torso musculoso. Olía a colonia mezclada con lluvia, un aroma que me volvía loca.

—Mira lo que encontré, amor —le dije, mostrándole el celular—. Imágenes de la película Diario de una Pasión. ¿Te acuerdas de esa escena en la lluvia? Me dan unas ganas de...

Él arqueó la ceja, pícaro, y me jaló más cerca. Sus manos grandes en mi cintura, el roce de sus dedos sobre mi blusa delgada.

Neta, Ana? ¿Quieres que te bese como en la película? —susurró, su aliento cálido en mi oreja.

El deseo ya ardía entre mis piernas. Asentí, mordiéndome el labio.

Nos quedamos ahí parados un rato, mirando las imágenes en la pantalla. El agua chorreaba por las ventanas, el trueno retumbaba lejano. Juan me besó el cuello, suave al principio, probando mi piel salada. Yo cerré los ojos, sintiendo cómo mi cuerpo respondía, los pezones endureciéndose bajo la tela.

Esto apenas empieza, me dije, mientras sus labios bajaban a mi clavícula.

La cosa escaló rápido. Juan me cargó como si nada, mis piernas envolviéndolo por la cadera. Me llevó al balcón, donde la lluvia nos salpicaba. ¡Estábamos locos! Pero qué chingón se sentía. El viento fresco contra mi piel caliente, el agua resbalando por mi espalda cuando me quitó la blusa de un tirón.

Eres tan rica, Ana. Mira cómo te pones por unas imágenes —dijo, su voz ronca, mientras lamía el agua de mis hombros.

Sentí su verga dura presionando contra mí a través del pantalón. Me bajé el brasier, dejando que mis tetas se liberaran al aire húmedo. Él las tomó con avidez, chupando un pezón mientras masajeaba el otro. ¡Ay, cabrón! Un gemido se me escapó, profundo, vibrando en mi garganta. El sabor de su boca, salado y dulce, me enloquecía.

Yo no me quedaba atrás. Le desabroché el cinturón, metiendo la mano para acariciar esa polla gruesa que tanto me gustaba. Estaba dura como piedra, latiendo en mi palma. La piel suave, venosa, el calor que emanaba. La apreté, moviendo la mano arriba y abajo, oyendo su respiración agitada.

¡Me vas a matar, pendeja! —gruñó juguetón, mordiéndome el hombro.

Nos quitamos la ropa mutuamente, entre risas y besos torpes por la lluvia. Desnudos bajo el chorro, el agua nos masajeaba como mil manos. Su cuerpo contra el mío: pectorales firmes, abdomen marcado, esa verga erguida apuntándome. Yo, con mi panocha ya empapada, no solo de lluvia.

Entramos al depa, dejando charcos por todos lados. Lo empujé al sillón, me subí encima. Nuestras miradas se clavaron, esa conexión que solo nosotros teníamos. Te amo, wey, pensé, mientras rozaba mi clítoris contra su punta.

La tensión crecía como tormenta. Él me agarró las nalgas, guiándome. Entró despacio, centímetro a centímetro, llenándome hasta el fondo. ¡Qué rico! El estiramiento delicioso, la fricción perfecta. Gemí alto, mis uñas en su pecho.

Empecé a moverme, cabalgándolo con ritmo. Arriba y abajo, sintiendo cómo me rozaba justo ahí, en el punto que me hacía ver estrellas. El sonido de piel mojada chocando, nuestros jadeos mezclados con la lluvia. Sudor, agua, fluidos: todo olía a sexo puro, a nosotros.

Pero queríamos más. Juan me volteó, poniéndome de rodillas en el sillón. Desde atrás, me penetró fuerte, sus caderas golpeando mis pompas. ¡Sí, así! Cada embestida mandaba ondas de placer por mi espina. Alcancé mi clítoris, frotándolo mientras él me cogía como animal.

Dime qué sientes, mi amor —me pidió, su voz entrecortada.

Te siento enormeeee, cabrón. Me vas a hacer venir —respondí, la voz temblorosa.

El clímax se acercaba, esa presión en el bajo vientre. Él aceleró, una mano en mi pelo, jalando suave, la otra en mi cadera. Oí sus bolas golpeando, el slap-slap húmedo. Mi mente era un torbellino: imágenes de la película Diario de una Pasión flotando, pero esto era mejor, real, nuestro.

Exploté primero. Un orgasmo brutal, contracciones que lo ordeñaban. Grité su nombre, el cuerpo temblando, jugos chorreando por mis muslos. Él no tardó: se corrió dentro, caliente, profundo, gruñendo como león. Nos quedamos unidos, jadeando, el mundo girando.

Después, el afterglow fue puro amor. Nos recostamos en la cama, envueltos en toallas, la lluvia ahora suave como caricia. Juan me besaba la frente, trazando círculos en mi espalda.

Fue chingón, ¿verdad? Gracias por esas imágenes —dijo riendo.

Yo sonreí, acurrucada en su pecho, oyendo su corazón latir calmado.

Neta, la pasión no necesita películas. La tenemos nosotros, pensé, mientras el sueño nos vencía en esa noche mexicana tan perfecta.

Pero en mi mente, esas imágenes de la película Diario de una Pasión seguían brillando, recordatorio de que el deseo siempre encuentra su camino.

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