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Pasión Desenfrenada en el Centro de Espiritualidad Passionista Cuernavaca

8774 palabras

Pasión Desenfrenada en el Centro de Espiritualidad Passionista Cuernavaca

Llegas al Centro de Espiritualidad Passionista Cuernavaca con el sol de la tarde besando las copas de los árboles, ese calor morelense que se pega a la piel como una promesa. El aire huele a jazmines frescos y tierra húmeda después de la lluvia matutina, y el sonido de una fuente cercana te envuelve mientras arrastras tu maleta por el camino empedrado. Has venido buscando paz, wey, después de ese desmadre con tu ex que te dejó el alma hecha trizas. El retiro de tres días promete meditación, oración y silencio, pero ya sientes que algo vibra en el ambiente, como si el nombre mismo del lugar gritara pasión en vez de espiritualidad.

Te registras en la recepción, una chava risueña con uniforme blanco te da la bienvenida. ¡Bienvenida, hermana! Tu habitación está en el pabellón de las rosas, te dice con esa calidez mexicana que derrite tensiones. Subes las escaleras de madera que crujen suavecito, y al abrir la ventana, ves los jardines infinitos: palmeras mecidas por la brisa, flores de bugambilia trepando las paredes de adobe, y allá lejos, la capilla con su cruz reluciente. Te cambias a ropa ligera, un vestido suelto de algodón que roza tus muslos, y sales al primer taller de meditación guiada.

Ahí lo ves por primera vez. Se llama Diego, un cuate alto, moreno, con ojos cafés que parecen pozos profundos y una sonrisa que dice neta, quiero comerte con la mirada. Está sentado en posición de loto, descalzo, con una camiseta ajustada que marca sus hombros anchos. Es otro retiroante, como tú, venido de la CDMX huyendo del estrés citadino. Durante la meditación, el guía nos pide cerrar los ojos y respirar profundo. Inhalas, y el incienso de copal te llena los pulmones, dulce y ahumado. Pero no puedes evitar sentir su presencia a unos metros, el calor de su cuerpo flotando en el aire quieto.

¿Qué chingados pasa conmigo? Vine por paz, no por esto
, piensas mientras tu pulso se acelera.

Al terminar, todos nos levantamos en silencio, pero él se acerca con una botella de agua. ¿Primera vez aquí? Yo vengo cada año, este lugar es mágico, ¿verdad? Su voz es grave, ronca, como si hubiera fumado algo prohibido, pero no, solo es natural. Le das un trago a tu agua, el líquido fresco bajando por tu garganta reseca, y respondes: Sí, wey, necesitaba desconectarme. Cuernavaca siempre ha sido mi escape. Charlan un rato sobre la belleza del centro, cómo los jardines parecen un edén, y sientes su mirada bajando un segundo a tus labios. Hay tensión, esa chispa inicial que hace que tus pezones se endurezcan bajo la tela fina.

La cena es communal en el comedor al aire libre, mesas largas bajo guirnaldas de luces tenues. El olor a mole poblano y tortillas recién hechas impregna el aire, y el cacique de frutas tropicales sabe a paraíso: mango jugoso, piña dulce. Diego se sienta frente a ti, y entre bocados, platican de todo: de cómo el Centro de Espiritualidad Passionista Cuernavaca fue fundado por los passionistas para almas sedientas, de sus trabajos —él es arquitecto, tú maestra de yoga—, de amores pasados que duelen como madres. Eres preciosa cuando hablas con pasión, te suelta de repente, y sientes un cosquilleo en el vientre, como mariposas enloquecidas. Le sonríes, juguetona: ¿Ah sí, pendejo? Tú no te quedas atrás. La noche cae suave, grillos cantando, y al despedirse con un abrazo casto, su pecho duro contra el tuyo te deja oliendo a su jabón de sándalo.

En tu habitación, te acuestas inquieta. El colchón es firme, las sábanas crujientes de almidón, pero tu mente gira.

Su olor aún está en mi piel. ¿Y si lo invito a caminar mañana? No, neta, esto es un retiro espiritual
. Te tocas despacito, imaginando sus manos grandes explorándote, pero te detienes, el deseo ardiendo como brasa.

Al día siguiente, el sol sale radiante, pintando de oro las fuentes. Durante la caminata guiada por los senderos del centro, Diego se pone a tu lado. El suelo de grava cruje bajo sus sandalias, y el viento trae aromas de hierbas silvestres. Hablan en voz baja, confidencias que se vuelven íntimas: ¿Sabes? Aquí he tenido revelaciones... sobre lo que realmente quiero en la vida, dice él, rozando tu mano accidentalmente. El toque es eléctrico, piel contra piel, cálida y áspera por el trabajo manual. Te sonrojas, pero no la quitas. Yo también busco eso. Algo que me llene de verdad.

En un claro rodeado de bambúes, el grupo hace una pausa para oración personal. Todos se dispersan, y Diego te mira: ¿Quieres quedarte un rato? Solo nosotros. Asientes, el corazón latiéndote en los oídos. Se sientan en un banco de piedra calentado por el sol, y él toma tu mano de verdad esta vez, entrelazando dedos. Desde que te vi, siento esta conexión, como si el centro nos hubiera unido. Sus labios se acercan, y lo besas, suave al principio, probando el sabor salado de su boca, el leve dulzor de su desayuno. El beso se profundiza, lenguas danzando, manos subiendo por tu espalda. Sientes su erección presionando contra tu muslo, dura y prometedora, y un gemido escapa de tu garganta.

Pero se separan jadeantes cuando oyen voces lejanas. Después, murmura él, ojos negros de lujuria. El resto del día es tortura dulce: miradas robadas en la capilla, donde el eco de cantos gregorianos resuena mientras imaginas sus manos en tus senos; roces en la fila para el almuerzo, su aliento caliente en tu oreja susurrando Estás mojadita, ¿verdad?. Confirmas con un guiño: Órale, cabrón, ni te imaginas. La tensión crece como tormenta, tu clítoris palpitando con cada paso, el roce de tu ropa interior empapada contra tu piel sensible.

Al atardecer, después de la meditación vespertina, te manda un mensaje por el grupo del retiro: Encuéntrame en el jardín de las rosas, donde nadie va de noche.. Vas, el corazón en la boca, el aire nocturno fresco oliendo a tierra mojada y flores abiertas. Lo encuentras bajo un arco de bugambilias, la luz de la luna pintando su piel morena. No aguanto más, dice, y te jala contra él. Sus besos son fieros ahora, mordisqueando tu cuello, manos metiéndose bajo tu vestido, encontrando tus pechos libres, pezones duros como piedras. Gimes, Sí, Diego, así, mientras él chupa uno, lengua girando, dientes rozando justo lo suficiente para doler rico.

Te empuja suave contra el muro cubierto de enredaderas, las hojas frescas contra tu espalda. Baja tu vestido, exponiendo tu cuerpo al aire nocturno, y se arrodilla. Su aliento caliente en tu monte de Venus te hace temblar. Qué rica hueles, a mujer en celo, gruñe, y lame despacio, lengua plana lamiendo tu humedad, saboreando cada gota salada y dulce. Metes dedos en su pelo negro, jalando, ¡Chíngame con la boca, pendejo! Él obedece, chupando tu clítoris hinchado, dos dedos gruesos entrando y saliendo, curvándose justo en ese punto que te hace ver estrellas. El sonido húmedo de succión mezcla con tus jadeos y el canto de los grillos, el olor de tu excitación flotando pesado.

No aguantas y corres, olas de placer sacudiéndote, piernas flojas. Él se levanta, besándote para que pruebes tu propio sabor en sus labios. Desabrochas su pantalón, liberas su verga gruesa, venosa, goteando precum. La acaricias, piel aterciopelada sobre acero, y él gime ronco. Te quiero adentro, le dices, y te voltea, manos en la pared, tu culo expuesto. Entra despacio, centímetro a centímetro, estirándote deliciosamente. ¡Qué apretadita, carajo! Empieza a moverse, embestidas profundas, sus bolas golpeando tu clítoris, una mano en tu cadera, la otra pellizcando un pezón.

El ritmo acelera, sudor resbalando por sus pechos pegándose al tuyo cuando te gira para mirarte a los ojos. Córrete conmigo, amor, jadea, y lo haces, contrayéndote alrededor de él, ordeñándolo mientras él se vacía dentro, chorros calientes llenándote. Colapsan en la hierba suave, cuerpos entrelazados, respiraciones entrecortadas, el olor a sexo y jazmines envolviéndolos.

Después, yacen quietos bajo las estrellas, su cabeza en tu pecho, escuchando tu corazón calmarse. Esto fue... espiritual, ¿no?, bromea él, y ríes bajito. Neta, el mejor retiro de mi vida. Se besan lento, saboreando el afterglow, sabiendo que el Centro de Espiritualidad Passionista Cuernavaca les ha dado más que paz: una pasión que quema eterna. Mañana seguirán el retiro, pero ahora con un secreto compartido, miradas cómplices que prometen más noches de éxtasis en este edén mexicano.

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