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Pasión Cap 31 Fuego en la Sangre

7189 palabras

Pasión Cap 31 Fuego en la Sangre

La noche en la playa de Puerto Vallarta olía a sal y a jazmín salvaje, ese aroma que se te mete en la piel y no te suelta. Yo, Ana, estaba recostada en la hamaca de mi cabaña frente al mar, con el viento tibio rozándome las piernas desnudas bajo el pareo ligero. Habían pasado semanas desde la última vez que Marco me había tocado, y neta, el cuerpo me ardía solo de pensarlo. Esta era nuestra Pasión Cap 31, como le decíamos en broma a estos encuentros que empezaban como un juego y terminaban en explosiones de placer.

Lo vi llegar caminando por la arena, su silueta recortada contra el atardecer naranja. Alto, moreno, con esa camiseta ajustada que marcaba sus pectorales y unos shorts que dejaban ver sus muslos fuertes.

¿Por qué carajos me pones así, pendejo?
pensé, mientras sentía un cosquilleo traicionero entre las piernas. Se acercó sonriendo, esa sonrisa pícara que prometía travesuras.

—Órale, mamacita, ¿ya estás lista pa' la acción? —dijo con voz ronca, inclinándose para darme un beso en la frente que se deslizó hasta mis labios.

Su boca sabía a tequila y a mar, cálida y exigente. Le respondí con hambre, enredando mis dedos en su cabello negro y ondulado. El beso se profundizó, lenguas danzando como olas chocando en la orilla. Sentí su mano grande subiendo por mi muslo, apartando el pareo con lentitud tortuosa. El roce de sus dedos callosos contra mi piel suave me erizó los vellos. Chingado, cómo me encanta esto, murmuré en mi mente, mientras mi respiración se aceleraba.

Me levantó en brazos como si no pesara nada y me llevó adentro de la cabaña. La habitación estaba iluminada por velas que parpadeaban, lanzando sombras juguetonas en las paredes de madera. Olía a vainilla y a algo más primitivo, el sudor anticipado de nuestros cuerpos. Me depositó en la cama king size, con sábanas de algodón egipcio que se sentían como una caricia de seda.

—Desnúdate despacio, Ana. Quiero verte toda —ordenó, sentándose al borde de la cama, sus ojos oscuros devorándome.

Obedecí, porque con él siempre era así: un juego de poder que nos excitaba a los dos. Dejé caer el pareo, quedando en tanga y brasier de encaje negro. Mis pechos subían y bajaban con cada jadeo. Me quité el brasier, liberando mis senos firmes, los pezones ya duros como piedras por el aire fresco y su mirada. Luego, la tanga, revelando mi sexo depilado, húmedo y palpitante. Él se lamió los labios, y vi el bulto creciente en sus shorts.

Se quitó la ropa con prisa, su verga saltando libre, gruesa y venosa, apuntando hacia mí como una promesa. ¡Qué chulada de hombre! Mi boca se hizo agua. Me acerqué a gatas sobre la cama, el colchón hundiéndose bajo mis rodillas. Tomé su miembro en la mano, sintiendo su calor pulsante, la piel suave sobre la dureza de acero. Lo lamí desde la base hasta la punta, saboreando el gusto salado de su pre-semen. Él gruñó, enredando sus dedos en mi pelo.

—Así, mi reina... chúpamela rico.

Lo engullí, moviendo la cabeza con ritmo, mi lengua girando alrededor del glande. El sonido húmedo de mi boca llenaba la habitación, mezclado con sus gemidos guturales. Sentía mi propia humedad chorreando por mis muslos internos. Me metí un dedo en la concha, masturbándome mientras lo mamaba, el placer duplicándose.

Pero él no me dejó seguir. Me tumbó de espaldas, abriéndome las piernas con sus rodillas fuertes. Su rostro descendió entre mis muslos, y ay, Dios, su lengua atacó mi clítoris como un depredador. Lamidas largas y lentas, chupadas que me hacían arquear la espalda. Olía a mi excitación, ese aroma almizclado que lo volvía loco. Introdujo dos dedos gruesos en mi interior, curvándolos para tocar ese punto que me hacía ver estrellas.

—Estás empapada, Ana. Neta, me tienes bien cabrón —murmuró contra mi piel, vibrando mis nervios.

El orgasmo me golpeó como una ola gigante. Grité su nombre, mis paredes contrayéndose alrededor de sus dedos, jugos salpicando su mano. Temblé entera, el mundo reduciéndose a pulsos de éxtasis.

Aún jadeante, lo jalé hacia mí. Quería sentirlo dentro, llenándome. Se posicionó, frotando su verga contra mi entrada resbaladiza. Entró de un solo empujón, estirándome deliciosamente. ¡Qué grande, pendejo! Gemí, clavando las uñas en su espalda musculosa. Empezó a bombear, lento al principio, cada embestida profunda tocando mi cervix. El slap-slap de piel contra piel resonaba, sudor perlando nuestros cuerpos.

Cambié de posición, montándolo como amazona. Sus manos en mis caderas guiándome, yo rebotando con furia, mis tetas saltando. Él las atrapó, pellizcando los pezones, mandadas descargas directas a mi clítoris. El olor de sexo impregnaba el aire, denso y embriagador. Aceleré, sintiendo su verga hincharse más dentro de mí.

—Me vengo, Marco... ¡córrete conmigo!

Explotamos juntos. Su semen caliente inundándome, mis contracciones ordeñándolo hasta la última gota. Colapsamos, cuerpos enredados, corazones galopando al unísono. Besos suaves post-orgasmo, lenguas perezosas explorando.

Pero esta Pasión Cap 31 no terminaba ahí. Descansamos un rato, bebiendo agua fresca con limón del frigobar, riéndonos de tonterías. Su mano nunca dejó de acariciarme el vientre, trazando círculos que reavivaban el fuego.

—Vamos a la ducha, guapa —propuso, cargándome de nuevo.

El baño era un paraíso: regadera de lluvia con chorros múltiples, azulejos calientes bajo los pies. El agua caía como cascada tropical, jabón de coco espumando entre nosotros. Me empinó contra la pared vidriada, el vapor empañando todo. Entró por detrás, esta vez anal, lubricado con gel y mi propia saliva. Lentamente, para no lastimarme, hasta que mi culo lo tragó entero. El estiramiento ardía placero, sus embestidas profundas masajeando mi próstata interna.

—¡Sí, así, fóllame el culo, cabrón! —grité, una mano en mi clítoris frotando furiosamente.

El agua golpeaba nuestros cuerpos, amplificando cada sensación: el chapoteo, el vapor caliente en la piel, su aliento en mi cuello. Otro clímax nos sacudió, él llenándome el trasero, yo squirteando contra los azulejos.

Salimos envueltos en toallas suaves, volviendo a la cama. Ahora era ternura: caricias perezosas, besos en ombligo y muslos internos. Hablamos de todo y nada, de lo bien que nos sentíamos juntos.

Esto es más que sexo, es nuestra pasión eterna
, pensé, mientras él se dormía con la cabeza en mi pecho.

La luna entraba por la ventana, plateando su piel. Yo no podía dormir, reviviendo cada toque, cada gemido. Esta Pasión Cap 31 había sido la más intensa, con esa conexión que va más allá de lo físico. Mañana seguiría la vida, él a su trabajo en la ciudad, yo a mis clases de yoga en la playa. Pero sabíamos que habría un Cap 32, porque este fuego en la sangre no se apaga fácil.

Me acurruqué contra él, inhalando su olor a hombre satisfecho, y cerré los ojos con una sonrisa. Qué chido es estar viva.

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