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Ver Película Pasión de Cristo Desnuda la Lujuria

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Ver Película Pasión de Cristo Desnuda la Lujuria

La noche caía suave sobre el departamento en Polanco, con esa brisa fresca que huele a jacarandas y tacos de la esquina. Tú y Karla, tu morra de ojos café profundos y curvas que te volvían loco, habían planeado una noche tranquis. Ver película Pasión de Cristo, dijiste tú, recordando esa joya controvertida que siempre te ponía la piel chinita. Ella se rió, juguetona, mientras se acomodaba en el sofá de piel beige, con su shortcito de algodón pegado a las nalgas redondas y una blusita holgada que dejaba ver el borde de su brassier negro.

"Neta, wey, ¿por qué esa? Es bien heavy", te dijo Karla, recargándose en tu hombro. Su pelo negro olía a shampoo de coco, dulce y tropical, y su piel tibia rozaba la tuya. Tú pusiste la peli en la tele grande, las luces bajas, solo el resplandor azul de la pantalla iluminando el cuarto. El sillón era amplio, perfecto para acurrucarse. Sentiste su mano en tu muslo, casual al principio, mientras empezaba la escena del huerto de Getsemaní. El sudor de Jesús en la pantalla, el tormento en su cara, te erizó los vellos. La pasión, pensaste, no solo divina, sino carnal, cruda.

Karla suspiró, su aliento caliente en tu cuello. "Pobre Cristo, qué sufrimiento", murmuró, pero su dedo trazaba círculos lentos en tu pierna, subiendo poquito a poco. Tú volteaste, y sus labios carnosos estaban entreabiertos, húmedos. El sonido de la lluvia en la peli, mezclado con la respiración de ella, aceleraba tu pulso. Olías su perfume mezclado con el aroma natural de su piel, ese musk femenino que te ponía la verga tiesa de inmediato. No dijiste nada, solo la jalaste más cerca, su cadera presionando la tuya.

¿Por qué esta película me prende tanto?, pensaste. Es el dolor mezclado con entrega total, como si el cuerpo gritara por liberación.

La flagelación empezó. Los latigazos crujían en los parlantes, ecoando en el cuarto. Karla jadeó bajito, su mano ahora en tu entrepierna, sintiendo cómo te endurecías bajo el pantalón de chándal. "Ay, wey, esto es intenso", susurró, su voz ronca. Tú metiste la mano por su blusa, tocando el calor de su teta, el pezón ya duro como piedrita bajo tus dedos. Ella gimió, arqueando la espalda, mientras en la pantalla la sangre salpicaba. El aire se cargaba de electricidad, olor a excitación flotando, ese dulzor salado de su concha húmeda que empezaba a filtrarse.

No aguantaste más. Pausaste la peli en el momento del látigo más brutal, el grito de Jesús retumbando. Karla te miró con ojos vidriosos, pupilas dilatadas. "Sigue, cabrón, no pares", exigió, pero tú la volteaste boca arriba en el sofá, quitándole el short con un tirón. Sus piernas morenas se abrieron, revelando su calzón negro empapado, pegado a los labios hinchados. La besaste duro, lengua invadiendo su boca, saboreando su saliva dulce con toque de chicle de menta. Ella clavó las uñas en tu espalda, "¡Chíngame ya, pendejo!", rogó entre besos.

Te quitaste la playera, sintiendo el fresco del ventilador en tu piel sudada. Bajaste, lamiendo su ombligo, bajando al monte de Venus. El olor de su arousal te mareaba, intenso, animal. Arrancaste el calzón, y su concha rosada brillaba, jugos chorreando. Metiste la lengua, saboreando el néctar salado y ácido, chupando el clítoris hinchado. Karla gritó, caderas moviéndose como poseída, "¡Sí, así, no pares, verga!". Sus muslos te apretaban la cabeza, piel suave y cálida, mientras lamías voraz, sorbiendo cada gota. El sonido de su coño chapoteando con tu saliva llenaba el cuarto, mezclado con sus gemidos agudos.

Pero querías más. Te levantaste, verga saltando libre, gorda y venosa, pre-semen perlado en la punta. Karla se arrodilló en el sofá, culo en pompa, invitándote. "Ven, métemela toda", suplicó, meneando las nalgas. Entraste de un empujón, sintiendo las paredes calientes y apretadas envolviéndote, succionando. Como la pasión de la peli, entrega total, pensaste, embistiendo fuerte. El choque de carne contra carne, slap-slap, resonaba. Sudor corría por tu espalda, goteando en la de ella. Agarraste sus tetas rebotando, pellizcando pezones, mientras ella empujaba hacia atrás, "¡Más duro, cabrón, rómpeme!".

Cambiaron de posición. La pusiste contra la pared, piernas enredadas en tu cintura. Sus ojos fijos en los tuyos, fieros, empoderados. "Esta noche soy tuya, pero tú eres mío", gruñó, mordiendo tu labio. Follaron así, verticales, el cuadro de la Virgen de Guadalupe temblando con cada estocada. Olías su sudor mezclado con el tuyo, salado, primitivo. Su concha chorreaba, lubricando todo, resbaloso. Sentías cada contracción interna, ordeñándote la verga hacia el borde.

Volvieron al sofá. Karla encima, cabalgándote como jineteza salvaje. Sus tetas saltaban hipnóticas, pezones oscuros duros. Agarraste sus nalgas, guiándola, sintiendo el calor abrasador. "¡Me vengo, wey!", chilló, cuerpo convulsionando, uñas en tu pecho dejando marcas rojas. Su jugo caliente bañó tu verga, contracciones masajeando. No aguantaste, explotaste dentro, chorros calientes llenándola, gemido gutural escapando tu garganta. El orgasmo la sacudió en olas, piernas temblando, cabeza echada atrás.

Colapsaron juntos, jadeantes, piel pegajosa de sudor y fluidos. La peli seguía pausada, el rostro torturado de Cristo mirándolos. Karla rió bajito, besándote el cuello. "Neta, ver película Pasión de Cristo nunca fue tan chido". Tú la abrazaste, sintiendo su corazón latiendo contra el tuyo, rápido aún. El cuarto olía a sexo crudo, a pasión desatada, con el eco lejano de la ciudad durmiendo afuera.

Se quedaron así, enredados, caricias suaves ahora. "Fue como revivir esa entrega, pero en carne viva", murmuraste. Ella asintió, dedo trazando tu pecho. Esto es lo nuestro, pensaste, pasión mexicana, sin filtros, pura y consentida. La noche se extendió en besos perezosos, promesas de más noches así, con o sin peli. El deseo no se apagó del todo, latiendo bajo la piel, listo para encenderse de nuevo.

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