Crimen Pasional En Ingles De Mi Piel
La noche en Polanco estaba viva con ese bullicio elegante que tanto me gusta, luces de neón reflejándose en los charcos de la lluvia reciente y el aroma a comida callejera mezclándose con perfumes caros. Entré al bar sintiendo el cosquilleo de la anticipación, mi vestido negro ceñido rozando mis muslos con cada paso. Ahí estaba él, Diego, sentado en la barra con esa sonrisa pícara que siempre me desarma. Hacía meses que no nos veíamos, pero la química entre nosotros era como un imán, neta que no se apagaba.
¿Por qué carajos vine? Porque este güey me prende como nadie, y hoy necesito soltarme, pensé mientras me acercaba. Me saludó con un abrazo que duró un segundo de más, su mano en mi espalda baja enviando chispas por mi espina. Pidió unos tequilas reposados y empezamos a platicar de todo y nada. De repente, sacó el tema de una serie gringa que había visto.
—Órale, Ana, ¿has visto esa serie de crimen pasional en ingles? Se llama crime of passion, güey. Es sobre una chava que mata por celos, pero el deseo que pintan es cabrón, puro fuego.
Sus palabras me erizaron la piel. Imaginé escenas de pasión desbordada, cuerpos enredados en una danza mortal pero ardiente. Nuestras miradas se cruzaron, y sentí el calor subiendo por mi pecho. Este pendejo sabe cómo encender la mecha. Terminamos los tequilas, y sin decir mucho, salimos caminando hacia su depa, a unas cuadras. El aire fresco de la noche me hacía temblar, pero no era frío, era él, tan cerca que olía a su colonia amaderada mezclada con el humo de su cigarro.
Al llegar, su departamento en la colonia era puro lujo minimalista: ventanales con vista al skyline, luces tenues y una playlist de jazz suave sonando bajito. Me sirvió vino tinto, y nos sentamos en el sofá de piel suave que crujió bajo nuestro peso. Hablamos más del crimen pasional en ingles, riéndonos de lo exagerado, pero la tensión crecía como tormenta. Su rodilla rozaba la mía, y cada roce era eléctrico.
—Imagínate —dijo con voz ronca—, si nosotros fuéramos los protagonistas. Yo celoso, tú irresistible. ¿Qué crimen cometeríamos?
Me reí, pero mi corazón latía como tambor. Ya mero exploto, neta. Me incliné, mis labios rozaron su oreja. —Uno de esos que te deja sin aliento, carnal.
Su mano subió por mi muslo, lenta, explorando la curva bajo el vestido. Sentí el calor de su palma a través de la tela fina, y un gemido se me escapó. Me volteó hacia él, y nos besamos por primera vez esa noche. Fue como fuego lento: sus labios suaves pero firmes, lengua danzando con la mía, sabor a tequila y vino. Olía a hombre, a deseo puro. Mis manos en su pecho, sintiendo los músculos tensos bajo la camisa.
La beso se profundizó, sus dedos enredados en mi cabello, tirando suave para inclinar mi cabeza. Bajó por mi cuello, mordisqueando la piel sensible, enviando ondas de placer hasta mi centro. Qué rico, no pares. Le quité la camisa, mis uñas arañando leve su espalda, sintiendo la textura áspera de su vello. Él deslizó el vestido por mis hombros, exponiendo mis pechos al aire fresco. Sus ojos se oscurecieron de hambre.
—Estás de loca, Ana —murmuró, tomando un pezón en su boca. La succión cálida y húmeda me hizo arquear la espalda, un jadeo escapando de mis labios. El sonido de su chupeteo, mezclado con mi respiración agitada, llenaba la habitación. Sus manos masajeaban mis caderas, bajando a mis nalgas, apretando con fuerza posesiva pero tierna. Yo no me quedaba atrás: desabroché su pantalón, liberando su verga dura, palpitante en mi mano. La piel aterciopelada sobre acero, caliente como brasa.
Nos paramos, quitándonos la ropa con urgencia juguetona. Cayó al suelo en un montón desordenado. Desnudos, piel contra piel, el contacto era exquisito: mi vientre suave contra su abdomen marcado, pechos aplastados en su torso, piernas entrelazadas. Caminamos al cuarto, tropezando un poco, riendo entre besos. La cama king size nos recibió con sábanas de algodón egipcio frescas y suaves.
Me recostó con cuidado, como si fuera un tesoro. Sus besos bajaron por mi cuerpo: ombligo, caderas, interior de muslos. El aliento caliente en mi piel húmeda me volvía loca. Cuando su lengua tocó mi clítoris, grité bajito. ¡No mames, qué chingón! Lamía con maestría, círculos lentos luego rápidos, chupando suave, metiendo un dedo luego dos, curvándolos justo ahí. El jugo de mi excitación lo empapaba, olor almizclado llenando el aire. Mis caderas se movían solas, persiguiendo su boca, manos en su pelo tirando.
—Diego, ya... te necesito dentro —supliqué, voz ronca.
Se posicionó, frotando la punta en mi entrada resbalosa. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándome delicioso. Gemí largo, sintiendo cada vena, la plenitud absoluta. Empezó a moverse, lento al principio, saliendo casi todo y embistiendo profundo. El slap de piel contra piel, nuestros jadeos, el crujir de la cama, todo era sinfonía erótica. Aceleró, mis piernas alrededor de su cintura, uñas clavadas en su espalda.
Es mío, todo mío en este crimen pasional, pensé mientras el placer subía como ola. Cambiamos: yo encima, cabalgándolo con furia. Sus manos en mis tetas, pellizcando pezones, vista de su cara extasiada. Rebotaba, sintiendo su verga golpear profundo, mi clítoris rozando su pubis. Sudor perlando nuestras pieles, salado al lamer su cuello. Él se sentó, abrazándome, besos fieros mientras follábamos sentados, rotando caderas en sincronía perfecta.
El orgasmo me golpeó primero: un estallido desde el centro, propagándose como fuego líquido por cada nervio. Grité su nombre, cuerpo convulsionando, paredes apretándolo fuerte. Él gruñó, embistiendo salvaje unas veces más antes de correrse dentro, chorros calientes llenándome, su rostro contraído en éxtasis. Colapsamos, enredados, pulsos latiendo al unísono.
Después, en la afterglow, yacíamos jadeantes, sábanas revueltas oliendo a sexo y nosotros. Su mano trazaba círculos perezosos en mi espalda, besos suaves en mi frente. —Ese fue nuestro crimen pasional en ingles, ¿no? Crime of passion puro.
Reí bajito, acurrucándome. Neta, el mejor crimen de mi vida. Fuera, la ciudad zumbaba indiferente, pero aquí, en este nido de pasión, todo era perfecto. Sabía que esto no era el fin, solo el principio de más noches ardientes. Me dormí con su calor envolviéndome, satisfecha hasta el alma.