Libro 99 Pasiones de la Historia de Mexico PDF
Estaba sentada en mi sillón de cuero en el depa de la Condesa, con el ventilador zumbando perezosamente sobre mí, mientras el aroma del café de olla recién hecho flotaba en el aire. Afuera, las luces de la Ciudad de México parpadeaban como estrellas caídas, y el lejano rumor de los cláxones se colaba por la ventana entreabierta. Yo, Ana, una chava de treinta y tantos que devora historia como si fueran tamales calientes, había topado con un enlace rarísimo en la red: libro 99 pasiones de la historia de mexico pdf. Lo descargué de volada, pensando que sería un mamotreto aburrido de fechas y batallas, pero cuando abrí el archivo en mi laptop, el primer capítulo me dejó con la boca abierta.
El texto hablaba de las pasiones ocultas detrás de los grandes héroes. No las de espada y fusil, sino las de carne y susurro. Imaginé a Hidalgo no solo gritando independencia, sino besando a una india de ojos fieros bajo la luna de Dolores, sus manos callosas deslizándose por curvas sudorosas. El calor de la noche se me pegó a la piel, y sentí un cosquilleo entre las piernas que me hizo cruzarlas con fuerza.
¿Qué carajos es esto? Me estoy mojando nomás de leer, pensé, mientras el ventilador me erizaba los vellos de los brazos con su brisa tibia.
Seguí leyendo, página tras página. La Malinche y Cortés en una choza de palma, ella montándolo con la ferocidad de una diosa azteca, oliendo a cacao y tierra húmeda. Luego, Maximiliano y Carlota en el Castillo de Chapultepec, él lamiéndole el cuello perfumado con jazmín francés mientras el viento traía ecos de revolución. Mi respiración se aceleró, el corazón me latía como tambores de guerra. Me quité la blusa ligera, quedando en bra y shortcito, y el roce de la tela contra mis pezones duros me arrancó un gemido bajito. El olor a mi propia excitación empezó a mezclarse con el café, dulce y almizclado, invitándome a tocarme. Pero no, quería más. Marqué a Diego, mi carnalito, mi amante de ojos negros y sonrisa pícara que siempre me volvía loca.
—¿Qué onda, mi reina? —contestó con esa voz ronca que me eriza la piel.
—Ven pa'cá güey, traje un regalo que te va a poner como stallón —le dije, mordiéndome el labio.
Media hora después, la puerta se abrió y entró él, alto y moreno, con camisa ajustada que marcaba sus músculos de gym y jeans que dejaban poco a la imaginación. Traía una botella de tequila reposado bajo el brazo, oliendo a colonia fresca y a hombre deseado. Me levantó en brazos como si no pesara nada, sus labios capturando los míos en un beso que sabía a menta y promesas. Lo senté en el sillón y le puse la laptop en las piernas.
—Mira esto, pendejo. Libro 99 pasiones de la historia de Mexico PDF. Léelo en voz alta —le ordené, sentándome a horcajadas sobre él.
Diego empezó a leer, su voz grave resonando en la habitación mientras sus manos me acariciaban las nalgas por encima del short. Hablaba de Porfirio Díaz y su amante en una hacienda sonorense, cuerpos entrelazados sobre sábanas de lino, el sudor goteando como perlas. Sentí su verga endureciéndose contra mí, dura y caliente, presionando mi concha a través de la tela. Gemí bajito, moviéndome despacio, frotándome contra él mientras el aroma del tequila se abría al destapar la botella.
—Estás cañón, Ana. Este pinche libro me tiene al borde —murmuró, dejando la laptop y vertiendo tequila en mi ombligo. Su lengua lo lamió despacio, áspera y caliente, bajando por mi vientre hasta el borde del short. El sabor salado de mi piel mezclado con el tequila me hizo arquear la espalda, mis uñas clavándose en sus hombros anchos.
¡Dios, este vato sabe cómo hacerme suya!
Nos quitamos la ropa con urgencia, pero sin prisa, saboreando cada roce. Sus dedos exploraron mis senos, pellizcando los pezones hasta que dolía rico, mientras yo le bajaba los jeans y liberaba su verga palpitante, venosa y lista. La tomé en la mano, sintiendo su calor pulsante, el olor almizclado de su excitación invadiéndome. La lamí desde la base hasta la punta, saboreando el precum salado, mientras él gruñía y me enredaba los dedos en el pelo.
—Chúpamela más profundo, mi amor —suplicó, y lo hice, tragándomela hasta la garganta, el sonido húmedo de mi boca llenando el aire junto con sus jadeos. Pero quería más, necesitaba sentirlo dentro. Me puse de pie, lo jalé al piso sobre una alfombra mullida, y me abrí de piernas invitándolo. Él se arrodilló entre mis muslos, besando el interior suave, oliendo mi humedad antes de hundir la lengua en mi clítoris hinchado. Lamidas lentas, círculos perfectos, chupando como si fuera el fruto más dulce de Xochimilco. Mis caderas se movían solas, el placer subiendo como una ola del Popo, mis gemidos convirtiéndose en gritos ahogados.
—¡No pares, cabrón! ¡Así, justo ahí! —le rogaba, mis manos apretando mis propios senos.
Pero Diego, siempre el chulo dominante, se incorporó y me volteó boca abajo, levantándome las caderas. Sentí la punta de su verga rozando mi entrada, húmeda y ansiosa, y empujó despacio, centímetro a centímetro, llenándome hasta el fondo. El estiramiento delicioso me arrancó un alarido de placer, su cuerpo cubriendo el mío, piel contra piel sudada, el calor de su pecho en mi espalda. Empezó a bombear, lento al principio, cada embestida profunda rozando ese punto que me volvía loca, el sonido de carne contra carne mezclándose con nuestros jadeos y el zumbido del ventilador.
Leí en voz alta un pasaje del libro entre thrusts: Juárez y su pasión secreta con una mestiza en Oaxaca, follándola contra la pared de adobe mientras la sierra susurraba secretos. Diego aceleró, sus manos apretando mis caderas, el sudor goteando de su frente a mi espalda, oliendo a sexo puro y pasión histórica. Me volteó de nuevo, cara a cara, para mirarnos a los ojos mientras me penetraba con fuerza, mis piernas envolviéndolo, uñas arañando su espalda musculosa.
Soy la reina de esta historia, mi Malinche personal, y él mi Cortés indomable
La tensión creció, mis paredes contrayéndose alrededor de él, el orgasmo acechando como un volcán. —¡Córrete conmigo, Diego! ¡Lléname! —grité, y él rugió, embistiendo salvaje, su verga hinchándose dentro de mí. El clímax nos golpeó juntos, mi concha pulsando en espasmos interminables, chorros de placer mojando sus bolas, mientras él se vaciaba en mí, caliente y abundante, su semen mezclándose con mis jugos. Ondas de éxtasis nos recorrieron, cuerpos temblando, respiraciones entrecortadas, el aroma espeso de sexo y tequila envolviéndonos como niebla.
Caímos exhaustos, él aún dentro de mí, besándonos lento, lenguas perezosas saboreando el afterglow. Afuera, la ciudad seguía su ritmo, pero adentro, el mundo era nuestro. Saqué la laptop y cerramos el libro 99 pasiones de la historia de mexico pdf, riéndonos bajito.
—Ese pinche PDF nos prendió fuego, ¿verdad? —dijo él, acariciándome el pelo húmedo.
—Sí, carnal. Pero la verdadera pasión la hacemos nosotros —respondí, acurrucándome en su pecho, sintiendo su corazón latir al unísono con el mío.
Nos quedamos así hasta el amanecer, planeando leer más capítulos, inspirados en las 99 pasiones que despertaron las nuestras. México no solo tiene historia en libros, también en la piel que se toca, en los susurros de amantes que reviven el pasado con fuego del presente.