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Pasión de Gavilanes Novela Completa en Carne y Fuego

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Pasión de Gavilanes Novela Completa en Carne y Fuego

En la hacienda Los Gavilanes, al sur de Jalisco, el sol del mediodía caía como un látigo de fuego sobre la tierra roja. Jimena Elizondo caminaba por el corral, su blusa de algodón pegada al cuerpo por el sudor, delineando las curvas generosas de sus senos y caderas. Llevaba años en esa tierra fértil, viuda joven después de un accidente que se llevó a su marido, pero su fuego interior nunca se apagó. Neta, esta vida de ranchera me tiene harta de tanta soledad, pensó, mientras el olor a heno fresco y tierra húmeda le llenaba las fosas nasales.

Entonces lo vio. Juan Reyes, el capataz nuevo, alto y moreno como un galán de telenovela, con los músculos de sus brazos brillando bajo el sol mientras ensillaba un caballo. Sus ojos negros, profundos como pozos de deseo, se clavaron en ella. Juan había llegado hace un mes de un pueblo vecino, con fama de macho recio que no se andaba con juegos. Jimena sintió un cosquilleo en el vientre, un calor que subía desde sus muslos hasta su pecho.

¿Qué wey es este que me hace sudar más que el sol?
se dijo, mordiéndose el labio.

Él se acercó, quitándose el sombrero charro con un movimiento lento, dejando ver su cabello negro revuelto. —Buenas tardes, jefa —dijo con voz grave, como ronroneo de jaguar, oliendo a cuero y hombre trabajado—. ¿Necesita ayuda con algo? —Sus ojos bajaron un segundo a su escote, y ella notó cómo su pecho subía y bajaba más rápido.

—Sí, Juan. Ayúdame a revisar las yeguas. Están inquietas hoy —respondió ella, su voz un poco ronca, sintiendo el roce de sus pantalones vaqueros contra las piernas al caminar a su lado. El aire estaba cargado de tensión, como antes de una tormenta, con el relincho de los caballos y el zumbido de las moscas como banda sonora de su deseo naciente.

En el establo, la penumbra los envolvió. El olor a estiércol mezclado con el almizcle de los animales hacía el ambiente espeso, íntimo. Juan se agachó para revisar una herradura, y Jimena no pudo evitar mirar el bulto firme de su trasero bajo los jeans. Carajo, qué rico se ve, pensó, su piel erizándose. Él se enderezó de golpe, quedando tan cerca que sus alientos se mezclaron: el suyo a menta y tabaco, el de ella a café dulce de la mañana.

—Jimena, no soy pendejo. Sé que me miras como si quisieras comerme vivo —murmuró él, su mano grande rozando accidentalmente su brazo. El toque fue eléctrico, como chispa en pólvora seca. Ella no se apartó.

Y tú, ¿qué? ¿Crees que no noto cómo se te para la verga cada vez que paso? —replicó ella, valiente, con ese acento mexicano juguetón que lo volvía loco. Sus ojos se encontraron, y el mundo se redujo a ese instante. Juan la tomó por la cintura, atrayéndola contra su pecho duro. Ella jadeó, sintiendo la erección presionando su vientre, dura como hierro forjado.

Acto primero cerrado, el beso llegó como avalancha. Sus labios se devoraron, lenguas danzando con sabor a sal y urgencia. Manos explorando: las de él amasando sus nalgas redondas, las de ella enredándose en su cabello, tirando suave. Esto es como la pasión de gavilanes novela completa, pero en mi propia piel, pensó Jimena, mientras él la levantaba contra la pared de madera áspera, que raspaba deliciosamente su espalda.

La tensión escaló en el segundo acto como río crecido. Salieron del establo a hurtadillas, hacia la casa principal, vacía porque los peones estaban en el campo. En su habitación, con cortinas de encaje ondeando por la brisa caliente, Juan la desvistió despacio. Primero la blusa, revelando senos plenos, pezones oscuros endurecidos como piedras preciosas. Él los lamió, succionando con hambre, haciendo que ella arqueara la espalda, gimiendo ¡ay, Juan, qué chingón!. El sabor de su piel era a miel y sudor ranchero, adictivo.

Jimena lo empujó a la cama de roble, quitándole la camisa para besar su torso velludo, bajando hasta el ombligo. Sus manos temblorosas desabrocharon el cinturón, liberando su verga gruesa, venosa, palpitante.

¡Madre santa, qué pedazo de carnoso!
pensó, mientras la tomaba en su boca, saboreando el precum salado, el olor almizclado de su excitación llenándole la nariz. Juan gruñó, sus caderas moviéndose instintivo, ¡órale, mami, así, chúpamela rico!.

Pero no era solo físico; en su mente, Jimena luchaba con recuerdos de su viudez. ¿Y si esto es solo un revolcón? No, este wey me mira como si fuera su reina. Él la volteó, besando su cuello, mordisqueando la oreja mientras sus dedos expertas separaban sus labios vaginales, húmedos y calientes. —Estás chorreando, Jimena. Tan mojada por mí —susurró, frotando su clítoris hinchado. Ella se retorció, el placer como olas, sonidos de succiones húmedas y gemidos bajos llenando la habitación. El aroma de su arousal, dulce y terroso, se mezclaba con el jazmín del jardín que entraba por la ventana.

La intensidad subió. Juan la penetró lento al principio, su verga abriéndose paso en su coño apretado, centímetro a centímetro. Ella gritó de placer, uñas clavadas en su espalda ancha, sintiendo cada vena rozando sus paredes internas. ¡Más profundo, cabrón, rómpeme! exigió, y él obedeció, embistiendo con ritmo de vaquero montando potro salvaje. Sudor goteaba de sus cuerpos, pieles chocando con palmadas sonoras, camas crujiendo como en tormenta.

Internamente, Juan confesaba en susurros: —Te deseo desde el primer día, Jimena. Eres fuego puro, no como esas pendejas de la ciudad. —Ella respondía con besos fieros, piernas envolviéndolo, controlando el vaivén. Pequeñas resoluciones: un alto para cambiar posición, ella encima, cabalgándolo como amazona, senos rebotando, cabello negro azotando su rostro. Él pellizcaba sus pezones, ella apretaba su verga con contracciones internas, llevándolos al borde una y otra vez, pero reteniendo, construyendo la psicología del deseo: no quiero que acabe nunca.

El clímax del acto tercero explotó como fuegos artificiales en feria. Jimena sintió el orgasmo subir desde su útero, un tsunami que la hizo convulsionar, gritando ¡me vengo, Juan, ay Dios!, chorros de jugos empapando las sábanas. Él la siguió segundos después, gruñendo como bestia, llenándola con semen caliente, pulsación tras pulsación. Colapsaron juntos, corazones galopando al unísono, pieles pegajosas de sudor y fluidos, respiraciones entrecortadas.

En el afterglow, yacían enredados, la brisa nocturna refrescando sus cuerpos exhaustos. Juan acariciaba su cabello, besando su frente. —Esto no es un rato, Jimena. Quiero más, como en esas novelas locas. —Ella sonrió, saboreando el beso perezoso, el olor a sexo persistente en el aire.

La pasión de gavilanes novela completa palidece ante lo nuestro, pensó, mientras el sol se ponía tiñendo el cielo de rojo pasión. Su mano bajó de nuevo, tentadora, prometiendo rondas infinitas en esa hacienda de placeres eternos. El deseo no había terminado; solo pausado, listo para renacer con la luna.

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