Pasión y Poder 1988 Capitulos Completos de Deseo Ardiente
Ana se recargó en la barra del bar del hotel en Polanco, con el humo del cigarro de algún cuate flotando en el aire cargado de jazmín y tequila reposado. Era 1988, y México City bullía con esa energía de los ochenta, luces neón parpadeando en Reforma como promesas de noches sin fin. Llevaba un vestido rojo ceñido que abrazaba sus curvas como un amante posesivo, el escote dejando ver justo lo suficiente para que los ojos de los hombres se detuvieran. Qué chido sentirse así de poderosa, pensó, sorbiendo su margarita con sal gruesa que picaba en la lengua.
Entonces lo vio. Rodrigo, el cabrón que dirigía la empresa rival, el que le había quitado el contrato millonario la semana pasada. Alto, moreno, con esa mandíbula cuadrada y ojos negros que prometían tormentas. Vestía un traje italiano impecable, corbata floja como si ya supiera que la noche iba a desmadrarse. Se acercó con esa sonrisa de tiburón, oliendo a colonia cara, madera y algo salvaje debajo.
—Ana, qué sorpresa verte aquí. ¿Buscando revancha o solo placer? —dijo él, su voz grave retumbando en el pecho de ella como un tambor.
Ella arqueó una ceja, el corazón latiéndole más rápido.
Este pendejo me trae loca desde la junta. Su poder me enciende, pero no se lo voy a dar tan fácil.—Pasión y poder, Rodrigo. Así es el negocio. Pero esta noche, ¿quién manda?
Él se rio bajito, un sonido que le erizó la piel. Pidió otro trago y chocaron copas, el cristal tintineando como un secreto compartido. Hablaron de deals, de traiciones en el mundo de los empresarios, pero el aire entre ellos se cargaba de electricidad. Sus rodillas se rozaron bajo la barra, un toque casual que mandó chispas por las piernas de Ana. Olía su calor masculino mezclándose con el limón de la bebida.
La tensión creció como una tormenta en el desierto. Cuando él le rozó la mano al pasarle el cigarro, ella sintió el pulso acelerado en su muñeca. No aguanto más este jueguito. —Vamos a tu suite —le susurró al oído, su aliento caliente contra la oreja de él.
La puerta se cerró con un clic suave, y el mundo afuera desapareció. La suite era puro lujo: sábanas de satén negro en la cama king size, vista al skyline de la ciudad con sus luces parpadeantes, y una botella de champagne enfriándose en hielo. Rodrigo la tomó por la cintura, sus manos grandes y firmes apretando la tela del vestido. Ana jadeó, sintiendo los músculos duros de su abdomen contra su vientre suave.
—Aquí mando yo —murmuró él, besándola con hambre. Sus labios eran firmes, sabían a tequila y deseo, la lengua invadiendo su boca como conquistando territorio. Ella respondió con fuego, mordiéndole el labio inferior, tirando de su corbata para acercarlo más. El beso era batalla y rendición, lenguas danzando, saliva mezclándose en un ritmo frenético.
Ana deslizó las manos por su pecho, desabotonando la camisa con dedos temblorosos de anticipación. La piel de Rodrigo era caliente, suave con vello oscuro que raspaba deliciosamente sus palmas. Olía a sudor fresco y loción, un aroma que le humedecía las bragas.
Qué rico se siente su poder sobre mí, pero yo lo voy a voltear como quiera.Lo empujó contra la pared, besando su cuello, lamiendo la sal de su piel mientras él gemía bajito, un sonido gutural que vibraba en su garganta.
—Quítate el vestido, nena —gruñó él, la voz ronca. Ana se alejó un paso, contoneando las caderas mientras la cremallera bajaba lenta, el sonido metálico amplificado en la habitación silenciosa. El vestido cayó en un charco rojo a sus pies, revelando lencería de encaje negro que apenas contenía sus pechos llenos y redondos. Rodrigo tragó saliva, sus ojos devorándola como si fuera el postre más chingón.
Él la levantó en brazos, fuerte y seguro, llevándola a la cama. Las sábanas frías contra su espalda ardiente la hicieron arquearse. Rodrigo se quitó la ropa rápido, su verga dura saltando libre, gruesa y venosa, palpitando con necesidad. Ana la miró, lamiéndose los labios. Está cañón, justo lo que necesito para romperme. Extendió la mano, acariciándola desde la base hasta la punta, sintiendo el calor y la dureza de terciopelo sobre acero. Él siseó, el pre-semen brillando en la cabeza.
Se besaron de nuevo, cuerpos frotándose. Sus pezones rozaban el pecho peludo de él, enviando descargas al clítoris hinchado. Rodrigo bajó la boca a sus senos, chupando un pezón duro mientras pellizcaba el otro. Ana gimió alto, arqueando la espalda, el placer punzante como rayos. —¡Sí, así, cabrón! —gritó, enredando los dedos en su pelo negro.
Él descendió más, besando el ombligo, lamiendo la piel suave del abdomen. Llegó a sus muslos, abriéndolos con manos firmes. El aroma de su excitación llenaba el aire, almizclado y dulce. Rodrigo inhaló profundo, mirándola con ojos lujuriosos. —Qué panochita tan rica tienes, Ana. Mojada para mí.
Su lengua la tocó primero suave, lamiendo los labios mayores, saboreando el néctar salado-dulce. Ana se retorció, las caderas levantándose.
Me va a volver loca este wey, su lengua es puro fuego.Él metió la lengua adentro, chupando el clítoris con succión perfecta, mientras dos dedos gruesos entraban en ella, curvándose para tocar ese punto que la hacía ver estrellas. Los sonidos eran obscenos: lamidas húmedas, succiones, sus gemidos ahogados contra su carne.
—¡No pares, Rodrigo! ¡Me vengo! —gritó ella, el orgasmo explotando como fuegos artificiales, jugos brotando en su boca. Él lamió todo, prolongando el placer hasta que ella tembló incontrolable.
Ana lo volteó, montándolo a horcajadas. Su verga apuntaba al cielo, lista. Se frotó contra ella, lubricándola con sus fluidos, torturándolo. —Ahora yo mando —dijo, bajando lento, centímetro a centímetro. La llenó por completo, estirándola deliciosamente. Ambos jadearon, el sonido de carne contra carne empezando.
Cabalgó fuerte, pechos rebotando, uñas clavándose en su pecho. Rodrigo la tomó por las nalgas, guiando el ritmo, embistiéndola desde abajo. Sudor corría por sus cuerpos, mezclándose, el slap-slap de piel resonando. Olía a sexo puro, almizcle y pasión. Su poder dentro de mí, mi poder sobre él, perfecto equilibrio.
—¡Más duro, Ana! ¡Qué chingón te sientes! —gruñó él, sentándose para besarla mientras follaban. Ella lo montó más rápido, el clítoris frotándose contra su pubis, otro orgasmo construyéndose.
Cambiaron posiciones: él encima, piernas de ella sobre sus hombros, penetrándola profundo. Cada embestida golpeaba su cervix, placer-dolor exquisito. —¡Córrete conmigo, mi reina! —dijo, y ella explotó de nuevo, paredes apretándolo. Rodrigo rugió, llenándola con chorros calientes, colapsando sobre ella.
Jadeantes, se abrazaron en el afterglow, piel pegajosa, corazones latiendo al unísono. El aire olía a semen y sudor satisfecho. Ana trazó círculos en su espalda, sonriendo.
Pasión y poder, como en esa telenovela que vimos de reojo en la tele del bar, Pasión y Poder 1988 capítulos completos. Pero esto es real, nuestro.
—Esto no termina aquí —susurró él, besándole la frente. Ella rio suave, sabiendo que el deseo ardía eterno, un lazo de poder compartido en la noche mexicana.