Juan y Norma Pasión de Gavilanes
Yo soy Juan, el capataz de la hacienda Gavilanes, un ranchote en las afueras de Guadalajara donde el sol pega como plomo y el aire huele a tierra húmeda y a mezquite quemado. Cada amanecer, monto a mi yegua Estrella y recorro los potreros, sintiendo el viento caliente en la cara y el polvo que se levanta como niebla roja bajo los cascos. Pero nada me preparó para el día que llegó Norma.
Era una tarde de esas que el calor te hace sudar hasta el alma. La vi bajarse del camión de su familia, con un vestido floreado que se pegaba a sus curvas como segunda piel, el escote dejando ver el brillo de su piel morena bajo el sol. Norma, con su cabello negro largo hasta la cintura, ojos cafés que prometían travesuras y labios carnosos que invitaban a pecar. Venía de visita a la hacienda de su tía, la dueña, y desde el primer vistazo supe que esta era la mujer que me iba a volver loco.
¿Qué chingados tiene esta morra que no puedo quitarle los ojos de encima? –pensé, mientras ataba el lazo en el poste.
Me acerqué con mi sombrero en la mano, oliendo a sudor fresco y cuero. "Buenas tardes, señorita. Soy Juan, a sus órdenes", le dije, con voz grave que salió más ronca de lo planeado. Ella sonrió, una sonrisa que iluminó el patio como rayo de sol, y extendió su mano suave. "Norma, mucho gusto. Mi tía me dijo que tú eres el rey aquí". Su toque fue eléctrico, piel contra piel, cálida y suave como seda, y sentí un cosquilleo que me bajó directo al estómago.
Pasamos la tarde charlando en el porche, con el aroma de las buganvillas flotando y el zumbido de las chicharras de fondo. Hablamos de la vida en el rancho, de cómo el tequila sabe mejor con limón y sal, de sueños que se escapan como el humo de una fogata. Cada risa suya era un gancho en mi pecho, cada mirada un fuego que avivaba el deseo. Al atardecer, cuando el cielo se tiñó de naranja y púrpura, le propuse: "Órale, Norma, ¿te animas a un paseíto a caballo? Te muestro los mejores rincones de Gavilanes". Ella aceptó con un guiño, y ahí empezó todo.
La ayudé a subir a la yegua, mis manos en su cintura firme, sintiendo el calor de su cuerpo a través del vestido. Cabalgamos juntos, ella delante, yo detrás guiando, nuestros cuerpos rozándose con cada trote. El viento traía olor a hierba fresca y a su perfume, mezcla de jazmín y algo más salvaje, como mujer en celo. "¡Esto es chido, Juan!", gritó ella riendo, su voz vibrando contra mi pecho. Yo asentí, con el corazón latiendo como tambor, mi verga ya medio dura presionando contra los jeans.
Neta, esta chava me está poniendo como stallón en celo. Si no me controlo, la bajo del caballo y la beso aquí mismo.
Llegamos a un claro junto al arroyo, donde el agua corría cristalina sobre piedras lisas y los sauces colgaban como cortinas verdes. Desmontamos, y nos sentamos en la orilla, quitándonos las botas. Sus pies desnudos tocaron el agua fría, y soltó un gemido que me erizó la piel. "Ven, Juan, métete conmigo". Obedecí, el agua helada contrastando con el calor de nuestros cuerpos. Nos salpicamos como niños, riendo, pero pronto las risas se volvieron miradas intensas. Su mano rozó mi brazo, y el mundo se detuvo.
"Juan y Norma, pasión de Gavilanes", murmuró ella de repente, como si leyera mi mente. "¿Qué dijiste?", pregunté, acercándome. "Así les voy a llamar a estos momentos. Como los gavilanes que planean libres y fieros. Nuestra pasión, aquí en esta tierra". Sus palabras me prendieron fuego. La tomé por la nuca, suave pero firme, y la besé. Sus labios eran miel caliente, su lengua juguetona danzando con la mía, sabor a fruta madura y deseo puro. Gemí en su boca, mis manos bajando por su espalda, apretando sus nalgas redondas bajo el vestido empapado.
El beso se profundizó, nuestros cuerpos pegados, el agua chapoteando alrededor. La ayudé a quitarse el vestido, revelando pechos perfectos, pezones oscuros endurecidos por el aire fresco. "Estás riquísima, Norma", le susurré al oído, lamiendo su lóbulo, oliendo su piel salada. Ella jadeó, manos temblorosas desabrochando mi camisa, arañando mi pecho velludo. "Tú tampoco te quedas atrás, carnal. Quiero sentirte todo".
Nos tendimos en la manta que saqué de la alforja, el sol poniente tiñendo su cuerpo de oro. Mis labios bajaron por su cuello, mordisqueando suave, hasta capturar un pezón. Lo chupé con hambre, lengua girando, sintiendo su pulso acelerado bajo la piel. Ella arqueó la espalda, gimiendo "ay, Juan, sí", sus uñas clavándose en mis hombros. El olor a su excitación llenaba el aire, almizclado y dulce, haciendo que mi verga palpitara dolorida contra los pantalones.
No mames, esta mujer es un volcán. Cada roce es puro fuego.
Desabroché mi cinturón, liberando mi miembro erecto, grueso y venoso, goteando pre-semen. Norma lo miró con ojos hambrientos, mano envolviéndolo, masturbándome lento. "Qué vergón tan chulo tienes", dijo con voz ronca, lamiendo la punta, sabor salado en su lengua. Gemí fuerte, caderas empujando, mientras mis dedos exploraban su entrepierna. Estaba empapada, labios hinchados, clítoris duro como perla. La penetré con dos dedos, curvándolos, frotando ese punto que la hizo gritar. "¡Pinche Juan, me vas a matar de gusto!"
La tensión crecía como tormenta, respiraciones jadeantes, pieles sudadas resbalando. La puse de rodillas, ella arqueando la espalda como gata en celo. Entré en ella despacio, centímetro a centímetro, sintiendo su calor apretado envolviéndome, jugos calientes lubricando cada embestida. "¡Sí, cabrón, más profundo!", rogó, empujando contra mí. El sonido de carne contra carne, chapoteos húmedos, mezclados con nuestros gemidos y el correr del arroyo. Olía a sexo puro, sudor, tierra y flores silvestres.
Aceleré, manos en sus caderas, jalándola fuerte, mis bolas golpeando su clítoris. Ella se tocaba, círculos rápidos, cuerpo temblando. "Me vengo, Juan, ¡no pares!". Su orgasmo la sacudió como rayo, paredes contraídas ordeñándome, grito ahogado en el viento. Eso me llevó al borde. "Norma, mamacita, me corro contigo". Unas embestidas más, y exploté dentro, chorros calientes llenándola, placer cegador recorriendo mi espina.
Colapsamos jadeantes, cuerpos entrelazados, el sol ya oculto dejando estrellas parpadeantes. Su cabeza en mi pecho, escuchando mi corazón galopante calmarse. Besé su frente, oliendo su cabello mezclado con nuestro aroma. "Eso fue la pasión de Gavilanes, Juan y Norma para siempre", susurró ella, trazando círculos en mi piel. Yo sonreí, abrazándola fuerte. En ese rancho, bajo el cielo infinito, supimos que esto era solo el principio. El deseo no se apaga; se aviva como fogata en la noche mexicana.