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Pasión y Compromiso en el Trabajo

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Pasión y Compromiso en el Trabajo

En las alturas relucientes de un rascacielos en Polanco, Ciudad de México, Mariana ajustaba su blusa ceñida mientras el aire acondicionado susurraba promesas frescas contra su piel acalorada. Tenía veintiocho años, curvas que volvían locos a los vatos de la oficina y un puesto de ejecutiva en marketing que la ponía en el ojo del huracán corporativo. El lugar olía a cuero nuevo de los sillones ejecutivos, perfume caro y ese toque sutil de café de olla que alguien siempre traía del Starbucks de la esquina.

Javier, su supervisor directo, era el tipo de hombre que hacía que las rodillas temblaran. Treinta y cinco, moreno, con ojos cafés intensos que te desnudaban sin decir palabra, y un cuerpo forjado en el gym del edificio. Pasión y compromiso en el trabajo, ese era el lema grabado en la pared del lobby, y Javier lo vivía como si fuera su mantra personal. Cada reunión, su voz grave resonaba, motivando al equipo con esa energía que hacía que Mariana sintiera un cosquilleo traicionero entre las piernas.

Neta, ¿por qué cada vez que habla de metas y entrega total, yo solo pienso en cómo sería entregarme yo a él?

La mañana empezó con la junta semanal. Mariana se sentó frente a él, cruzando las piernas bajo la mesa de cristal. El roce de su falda contra los muslos la erizaba. Javier proyectaba slides, su camisa blanca tensándose sobre los hombros anchos. "Aquí en esta empresa, pasión y compromiso en el trabajo no son solo palabras. Son lo que nos hace líderes", dijo, clavando la mirada en ella un segundo de más. El pulso de Mariana se aceleró, como si el aire se hubiera espesado con electricidad estática.

Al final de la junta, mientras los demás salían charlando de lunch en el food court, Javier la retuvo. "Oye, Mari, quédate un ratito. Necesito platicar de tu proyecto del trimestre". Su aliento olía a menta fresca, y el calor de su cuerpo invadió el espacio entre ellos. Ella asintió, sintiendo el corazón golpearle las costillas. Órale, esto se va a poner interesante.

La oficina principal estaba vacía ya, solo el zumbido de las impresoras lejanas y el tráfico de Reforma filtrándose como un murmullo distante. Javier cerró la puerta de vidrio esmerilado con un clic suave. "Tu campaña está chida, pero le falta ese fuego extra. ¿Tú sientes esa pasión?" Su mano rozó accidentalmente la de ella al pasar un folder. Un chispazo recorrió el brazo de Mariana, directo al vientre.

"Claro que sí, jefe. Yo pongo todo mi compromiso", respondió ella, mordiéndose el labio inferior. Sus ojos se encontraron, y ahí estaba: esa tensión que habían ignorado por meses, en miradas robadas en el elevador, en roces fingidos al servir café. Javier se acercó más, su colonia amaderada envolviéndola como una caricia invisible.

El mediodía se estiró en horas de overtime. Fuera, el sol caía a plomo, pero adentro, el termostato no podía enfriar el calor que crecía. Trabajaron codo a codo en su escritorio, pantallas brillando con gráficos y datos. Cada vez que él se inclinaba para señalar algo, su muslo rozaba el de ella. Mariana sentía la tela de sus pantalones contra su piel desnuda bajo la falda, y un humedad traicionera empapaba sus bragas de encaje.

¡No mames, Mari, contrólate! Pero qué rico se siente su calor, tan cerca, tan hombre.

"¿Sabes qué? Eres la única que realmente entiende lo de pasión y compromiso en el trabajo", murmuró Javier, su aliento caliente en la oreja de ella. Giró la silla hacia él, y sus rodillas se tocaron. El tiempo se detuvo. Mariana alzó la vista, viendo el bulto creciente en sus pantalones. "¿Y si te muestro cuánto?", susurró ella, la voz ronca de deseo.

Él no esperó más. Sus labios capturaron los de ella en un beso feroz, lenguas danzando con sabor a café y anhelo reprimido. Manos grandes subieron por sus muslos, arrugando la falda hasta la cadera. Mariana gimió contra su boca, el sonido ahogado por el beso. Sus dedos desabotonaron la blusa de él, revelando un pecho velludo y duro, oliendo a sudor limpio y masculinidad pura.

La levantó en vilo, sentándola en el escritorio. Papeles cayeron al suelo con un susurro seco. Javier se arrodilló entre sus piernas abiertas, besando el interior de sus muslos. La piel de Mariana ardía, erizada por la barba incipiente raspando suave. "Qué chula estás, Mari. Me has vuelto loco desde el primer día", gruñó, mientras lamía la piel sensible hasta llegar a sus bragas húmedas.

Ella jadeó, arqueando la espalda. El aire olía a su excitación almizclada mezclada con el perfume de él. Javier deslizó las bragas a un lado, su lengua encontrando el clítoris hinchado. "¡Ay, Javier! ¡Sí, así!", exclamó ella, las uñas clavándose en su nuca. Él chupaba y lamía con maestría, saboreando su néctar salado-dulce, mientras dos dedos gruesos se hundían en su calor resbaladizo, curvándose para tocar ese punto que la hacía ver estrellas.

Mariana temblaba, las caderas moviéndose al ritmo de su boca. El sonido de succiones húmedas llenaba la oficina, mezclado con sus gemidos ahogados. Esto es puro fuego, neta nunca sentí algo tan intenso. El orgasmo la golpeó como un tren, olas de placer convulsionándola, jugos brotando sobre la lengua de él.

Pero no pararon. Javier se puso de pie, desabrochando su cinturón con urgencia. Su verga saltó libre, gruesa y venosa, la punta brillando de pre-semen. Mariana la tomó en mano, sintiendo el pulso acelerado bajo la piel aterciopelada. "Qué pinga tan rica, jefe. Te la quiero adentro ya", dijo con voz juguetona, lamiendo la cabeza para probar su sabor salado.

Él gruñó, levantándola para penetrarla de un solo empujón. Ambos jadearon al unísono. Su coño lo apretaba como guante caliente, húmedo y ansioso. Javier embestía profundo, el escritorio crujiendo bajo ellos. Piel contra piel, chapoteos obscenos, el olor a sexo crudo impregnando el aire. Mariana clavaba las uñas en su espalda, mordiendo su hombro para no gritar demasiado fuerte.

¡Qué chingón se siente! Llenándome toda, posesionándome con cada estocada. Esto es pasión de verdad.

Cambiaron posiciones: ella de espaldas contra la pared de vidrio, piernas enroscadas en su cintura. Él la follaba con fuerza controlada, besos en el cuello, mordidas suaves que dejaban marcas rojas. Sus pechos rebotaban libres, pezones duros rozando su pecho. "¡Más duro, Javier! ¡Dame todo tu compromiso!", rogaba ella, y él obedecía, acelerando hasta que sus bolas golpeaban su culazo firme.

El clímax los alcanzó juntos. Javier se hinchó dentro de ella, gruñendo su nombre mientras chorros calientes la inundaban. Mariana convulsionó, ordeñándolo con contracciones internas, el placer explotando en fuegos artificiales detrás de sus párpados. Colapsaron en el sofá de la oficina, sudorosos y jadeantes, el corazón latiendo al unísono.

Minutos después, envueltos en una manta de emergencia del botiquín, Javier la besó en la frente. "Eso fue más que trabajo, Mari. Tú y yo... esto podría ser algo grande". Ella sonrió, trazando círculos en su pecho. "Sí, con pasión y compromiso en el trabajo, ¿no? Pero también fuera de él".

La noche cayó sobre la ciudad, luces de neón parpadeando como testigos mudos. Mariana se arregló el cabello, sintiendo el semen de él aún goteando por sus muslos, un recordatorio delicioso. Salieron juntos del edificio, mano en mano, listos para explorar qué más podía nacer de esa entrega total. El futuro olía a promesas calientes, a más noches de fuego en la torre de Polanco.

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